Lo que está haciendo el gobierno socialista de la Paeria con Balàfia no es política social: es arrogancia institucional. Es gobernar de espaldas a los vecinos, es imponer un proyecto sin consenso y es utilizar la bandera de la vulnerabilidad para tapar una gestión negligente, opaca y profundamente irresponsable.
Balàfia no es un tablero de ensayo ni un barrio de segunda. Y sus vecinos no son figurantes en un relato prefabricado.
El concejal Enjuanes pretende dar lecciones de ética mientras ignora deliberadamente lo más básico en democracia: escuchar. La reunión del 18 de diciembre en el Centro Cívico de Balàfia fue una auténtica tomadura de pelo. Lejos de informar y dialogar, el concejal actuó con soberbia, como si el proyecto fuera intocable y las preocupaciones del barrio, una molestia. Habló mucho, escuchó nada y salió dejando el barrio aún más encendido, más dividido y con más dudas que antes. Este es su concepto de participación.
Nos acusan de generar miedo. Falso. El miedo lo genera un gobierno que no explica, que no pacta y que no garantiza nada. El miedo lo genera un proyecto que cambia de nombre para maquillar la realidad. Y el miedo lo genera, sobre todo, que cuando los vecinos alzan la voz, se les criminalice y se les tilde de insolidarios.
Que no nos engañen con juegos semánticos. Llámese "hub", "dispositivo" o como quieran: en Balàfia se quiere instalar un albergue. Y eso tiene impacto. Negarlo es mentir. Esconderlo detrás de porcentajes y powerpoints es tratar a los vecinos como a ingenuos. La convivencia no se improvisa ni se decreta; se construye con planificación, recursos y acuerdo. Y aquí no ha habido nada de eso.
Este gobierno ha decidido primero y ha querido convencer después. Mal y tarde. Sin estudios claros de impacto real en el barrio. Sin responder a las preguntas de los vecinos. Sin decir quién asumirá las consecuencias si el proyecto fracasa. Y, sobre todo, sin preguntar a los vecinos si estaban de acuerdo. Esto no es valentía política; es cobardía disfrazada de buenismo.
Lo más grave es el menosprecio. El menosprecio hacia un barrio que ya soporta bastante presión urbana. El menosprecio hacia familias, gente mayor, comerciantes y entidades que solo piden ser escuchados. El menosprecio hacia una Lleida que quiere políticas sociales eficientes, no gestos ideológicos para salir en la foto. Y el menosprecio hacia la verdad, cuando se prefiere atacar a la oposición antes que asumir errores propios.
Por eso, ante esta deriva autoritaria, el grupo municipal popular registró el 31 de diciembre una moción para llevar al pleno del 30 de enero la paralización inmediata del proyecto. No para bloquear, sino para hacer lo que el gobierno no ha querido hacer: dar la voz a la ciudadanía. Abrir un proceso real, transparente y vinculante. Explorar alternativas. Replantear el modelo. Y garantizar que ningún barrio sea impuesto como solución fácil para tapar la falta de planificación global de la ciudad.
Que nadie se confunda: defender Balàfia no es atacar a las personas sin hogar. Es defender que las políticas sociales se deben hacer bien, con cabeza y con corazón, pero también con responsabilidad. Es defender que la solidaridad no puede ser una excusa para vulnerar la convivencia. Y es defender que los barrios no pueden pagar el precio de la incompetencia de un gobierno que ha perdido el rumbo.
El gobierno de la Paeria ha fallado en lo más importante: generar confianza. Y cuando un gobierno pierde la confianza de sus vecinos, el problema ya no es el proyecto, es la manera de gobernar. Balàfia no quiere imposiciones, quiere respeto. No quiere sermones, quiere garantías. No quiere ser señalada, quiere ser escuchada.
Como jefe de la oposición, pero sobre todo como leridano, continuaré al lado de los vecinos de Balàfia y de toda Lérida. Con firmeza. Sin complejos. Y sin aceptar lecciones de aquellos que han convertido el diálogo en propaganda y la política social en una cortina de humo. Balàfia no se toca. Y la voz de los vecinos, tampoco.