José Manuel López, padre de Kira: “Mi hija no quería morir; quería dejar de sufrir”

Entrevista a José Manuel López, padre de Kira López, para hablar sobre el acoso escolar

18 de junio de 2026 a las 07:00h
Actualizado: 18 de junio de 2026 a las 09:50h

José Manuel López, padre de Kira López, explica cómo la muerte de su hija lo transformó para siempre y lo ha llevado a convertirse en una de las voces más activas en la lucha contra el acoso escolar. Cinco años después de la tragedia, continúa denunciando las carencias del sistema educativo y ofreciendo apoyo a familias que pasan por situaciones similares.

 

¿Cómo era su hija?
Uf, esa pregunta… Ahora ya no me duele tanto hablar de ella, pero al principio era muy difícil. Durante medio año no pude entrar en su habitación ni mirar fotografías suyas. Con el tiempo he aprendido a recordarla con orgullo. Kira era una persona con muchos valores, una niña extraordinaria. Era incapaz de hacer daño a nadie. Eso es muy positivo porque demuestra que era una buena persona, pero también la hacía más vulnerable. Le costaba defenderse ante determinadas situaciones. Ella misma me decía que no entendía cómo había niños que disfrutaban haciendo sufrir a los demás. Es una reflexión que todavía hoy me golpea. Cuando llevas a tus hijos a la escuela das por hecho que compartirán espacios con otros niños que han recibido una educación basada en el respeto, pero la realidad no siempre es esta.

Cuando pienso en ella, pienso en una niña alegre y sensible. Con nosotros era feliz. Tenía proyectos, inquietudes y ganas de vivir. Por eso es tan difícil entender lo que acabó pasando.

 

¿Cuándo empezó a detectar que su hija sufría acoso escolar?
Los primeros indicios aparecieron muy pronto. Ella era pequeña y tuvo que dejar atrás a los amigos de la guardería. Con los años supimos que había episodios que nosotros desconocíamos. Pero el punto de inflexión llegó hacia los 14 años, cuando sufrió un ataque de ansiedad después de un castigo que posteriormente se demostró injusto. Después de aquel episodio, Kira cambió profundamente. Fue como si una parte de ella desapareciera. Pocos meses después se quitó la vida.

 

¿Qué cambios observaron en ella a partir de ese momento?
Dejó de ser la misma persona. Cuando miro fotografías suyas de aquella etapa anterior, siempre sale sonriendo. Con nosotros era una niña feliz. El problema aparecía cuando llegaba de la escuela llorando. Después de aquel incidente empezó a controlar mucho todo lo que decía y hacía. Lo medía absolutamente todo. Y eso no es normal en un adolescente. Los jóvenes tienen que poder ser espontáneos y naturales. Ella vivía con la sensación de que cualquier error podría tener consecuencias muy graves. Tenía miedo de equivocarse. Tenía miedo de destacar. Tenía miedo de decir algo que pudiera provocar una nueva humillación. Cuando un niño llega a este punto, ya no está viviendo una adolescencia normal. Está sobreviviendo.

 

Usted ha explicado que hubo un episodio concreto que marcó especialmente la situación. ¿Qué pasó?
Todo empezó con una situación que, vista desde fuera, podría parecer una simple broma entre adolescentes. La Kira y una amiga se enviaban mensajes de broma, algo habitual entre ellas. Cuando un profesor las descubrió, la otra chica culpó exclusivamente a mi hija. A pesar de que otras compañeras explicaron que se trataba de una broma consentida entre las dos, el castigo solo recayó sobre la Kira. La obligaron a pasar cuatro tardes sola haciendo un trabajo de reflexión. En aquel escrito, mi hija explicaba que era víctima de acoso escolar y reconocía que no volvería a hacer aquella broma porque nunca había querido hacer daño a nadie. Lo más significativo es que nadie podía hablar mal de ella. No había testimonios que la describieran como una persona conflictiva. Todo lo contrario. Cuando después de su muerte empezamos a hablar con otros alumnos y familias, todo el mundo coincidía en la misma idea: la Kira era una buena persona.

 

¿Después de su muerte descubrieron aspectos que desconocían?
Sí. Durante la investigación penal se supo que, durante los tres últimos años de su vida, Kira había vivido con miedo a que sus acosadores volvieran a actuar contra ella. Nosotros no lo sabíamos. Conocíamos algunos episodios de acoso, pero pensábamos que la situación había mejorado cuando llegó a la adolescencia. La realidad era muy diferente. Ella había dejado de explicar muchas cosas porque sentía que nada cambiaría. Pensaba que, si lo explicaba, sus padres sufriríamos y todo continuaría igual. Esto es lo que hacen muchos adolescentes: se lo guardan para ellos mismos. Pero no tienen las herramientas emocionales para gestionarlo. Algunos desarrollan trastornos alimentarios, otros caen en depresiones profundas o se autolesionan. Algunos, desgraciadamente, acaban quitándose la vida. Mi hija nos protegía a nosotros. Ahora lo entiendo. Pensaba que explicarnos más cosas solo nos haría sufrir.

 

¿Cree que su hija tomó una decisión consciente de poner fin a su vida?
No. Discrepo profundamente de esa interpretación. Un adolescente no toma decisiones como las toma un adulto. Un niño o una niña actúa desde la emoción y el impulso. Mi hija no quería morir; quería dejar de sufrir. Sufrió una subida extrema de ansiedad y actuó desesperadamente. Los adultos tampoco soportamos determinadas formas de violencia psicológica. Existen casos de suicidio derivados del acoso laboral y, precisamente por eso, estas conductas están tipificadas como delito.

Cuando esta misma violencia afecta a un menor, el impacto es aún más devastador. Además, hoy los jóvenes no tienen descanso ni cuando llegan a casa porque el acoso continúa a través de las redes sociales. Creo que los adultos cometemos el error de analizar estas situaciones desde nuestra perspectiva. Pero los adolescentes no tienen los mismos recursos emocionales. Cuando llegan a un nivel extremo de desesperación, pueden actuar impulsivamente.

 

¿Kira también sufrió ciberacoso?
Sí, aunque sus redes sociales estaban supervisadas. En un momento determinado algunos alumnos empezaron a atacarla a través de internet. Su madre intervino directamente y advirtió a los responsables de que, si continuaban, hablaríamos con sus familias. Aquella situación se detuvo. Pero lo más doloroso llegó después de su muerte. Ocho días después de morir, Kira recibió un correo en su cuenta escolar que decía: “Muérete”. Inicialmente pensamos que solo podía haber salido del entorno escolar porque muy poca gente conocía aquel correo electrónico. El centro nos acusó de difamarles e incluso nos presentó una demanda. Posteriormente, sin embargo, los Mossos d’Esquadra identificaron al autor del mensaje: era uno de los chicos implicados en los episodios de acoso. Aquel episodio fue especialmente doloroso porque demostraba que ni siquiera después de su muerte se había entendido la gravedad de lo que había pasado.

 

¿Cómo recuerda el día que su hija se quitó la vida?
Es un recuerdo muy duro. Aquellos primeros días prácticamente no los recuerdo con claridad. Me medicaron y quedé completamente bloqueado. Fui yo quien intentó auxiliarla. Son imágenes que no desaparecen nunca. Aquel día me cambió para siempre. Yo ya no soy la misma persona que era antes. Cuando alguien vive una experiencia así, hay un antes y un después. La vida continúa, pero tú ya no eres el mismo.

 

¿Qué respuesta recibieron por parte del centro educativo después de la muerte de su hija?
La respuesta nos sorprendió profundamente. Estamos hablando de la muerte de una alumna del centro y, sin embargo, la sensación fue que la vida continuaba con absoluta normalidad. Incluso la inspección educativa preguntó a los alumnos si querían mantener una excursión prevista para el día siguiente a su muerte. Los chicos que habían participado en el acoso dijeron que sí, mientras que muchas de las amigas de Kira no entendían cómo se podía actuar como si no hubiera pasado nada. Su mejor amiga llegó a decir: “¿Cómo es posible que sigamos haciendo vida normal? Se ha muerto mi mejor amiga”. Aquella reacción reflejaba el sentimiento de muchos compañeros que sí eran conscientes de la gravedad de lo que había pasado. La percepción que tuvimos es que el sistema estaba más preocupado por recuperar la normalidad que por entender qué había sucedido.

 

Usted también ha criticado la falta de sensibilidad institucional tras la tragedia.
Sí. Hubo situaciones muy dolorosas. Por ejemplo, cuando fui a dar de baja a mi hija del gimnasio me exigieron el certificado de defunción. Una situación que me pareció innecesaria, especialmente teniendo en cuenta que el caso había tenido una gran repercusión mediática. También viví momentos muy difíciles relacionados con el lugar donde murió mi hija. Creo que las administraciones deberían disponer de protocolos específicos para actuar en estos casos y evitar que sean las familias quienes tengan que afrontar determinadas situaciones traumáticas. Cuando pasas por una tragedia así te encuentras completamente desorientado y, demasiado a menudo, te sientes solo.

 

¿Cómo es su día a día actual?
Actualmente estoy acabando la carrera de Derecho, mi segunda carrera universitaria. También me dedico a elaborar informes periciales sobre acoso escolar, realizando análisis jurídicos que después se presentan a los tribunales para ayudar a familias y víctimas. Además, presido una asociación dedicada a esta causa. Mi vida gira en torno a mantenerme ocupado. El dolor no desaparece después de cinco años. Continuará siempre. Pero trabajar y ayudar a otras personas me ayuda a convivir con esta realidad. No quiero olvidar a mi hija. Al contrario. Prefiero haber compartido quince años de mi vida con ella que no haberla tenido nunca. Continúa siendo el motor de todo lo que hago. Ahora lo es a través de su memoria y de su legado. Estudio muchas horas cada día. No es fácil empezar una carrera universitaria a los 59 años, pero lo hago porque quiero disponer de más herramientas para defender a las víctimas y a sus familias.

 

¿Cómo se encuentra su mujer?
También lo está pasando muy mal. De hecho, diría que todavía más que yo. A menudo se dice que el tiempo lo cura todo, pero eso no es cierto cuando hablamos de una muerte inesperada. Este tipo de pérdidas te transforman completamente. Yo soy una persona diferente de la que era antes. Mi manera de ver el mundo ha cambiado por completo. El dolor no desaparece. Aprendes a convivir con él, pero siempre está ahí.



 

A pesar del dolor, ha convertido su experiencia en una herramienta para ayudar a otras familias. ¿De dónde saca esta fuerza?

Muchas personas me dicen que soy fuerte, pero yo no elegí esta situación. No quería tener que hacer esto. El acoso escolar es una forma de violencia silenciosa. Cuando una tragedia llega, todo el mundo se pregunta cómo ha podido pasar, pero a menudo las señales ya estaban ahí. Si dispusiéramos de estadísticas reales y completas sobre las consecuencias del acoso escolar, probablemente quedaríamos horrorizados. Por eso no pienso detenerme. Continuaré denunciando lo que considero que funciona mal y ayudando a todas las familias que pueda. Mi hija ya no está, pero puedo intentar que otras familias no tengan que pasar por lo mismo.

Con la experiencia acumulada estos años, ¿cuál es la principal carencia del sistema?

El problema principal no es detectar el acoso ni prevenirlo. El problema es qué pasa después. Recibimos cada día varias consultas de familias a través de la asociación y el patrón se repite constantemente. Cuando una situación se denuncia, muchas veces la víctima acaba siendo quien tiene que marcharse del centro. Demasiado a menudo las familias perciben que ni la dirección de los centros ni la inspección educativa actúan con la contundencia necesaria. Este es el gran problema estructural. Necesitamos una legislación moderna, un protocolo único a escala estatal y una protección real de los menores.

¿Qué mensaje enviaría a los niños y adolescentes que sufren acoso escolar y tienen miedo de explicarlo?

Lo más importante es que lo expliquen. Tienen que hablar con sus padres y hacerles entender la gravedad de lo que están viviendo. No pueden guardarse este dolor para ellos mismos. También tienen que saber una cosa fundamental: no tienen ninguna culpa. No hay nada en ellos que justifique el acoso que están sufriendo. Son víctimas y merecen ser protegidos. Los adultos tenemos la responsabilidad de crear entornos seguros. El problema no es de los niños. Es de los adultos que no actuamos con la rapidez y la firmeza necesarias.

¿Considera que cambiar de centro educativo es una solución?

Siempre debería ser la última opción. Pero cuando el acoso está muy avanzado y la víctima ha quedado completamente aislada dentro del grupo, muchas veces es la única alternativa viable. Hablo desde la experiencia personal y profesional. Cuando una situación llega a determinados niveles, lo más importante es proteger al menor. Nos jugamos su salud mental y, en algunos casos, incluso su vida.

 

Actualmente continúa haciendo tareas de sensibilización por todo el Estado. ¿Qué proyectos tiene a corto plazo?

El próximo 2 de julio participaré en Requena en una jornada sobre acoso escolar y suicidio organizada conjuntamente con otras familias afectadas y entidades sociales. El objetivo es continuar dando visibilidad a una realidad que demasiadas veces solo se convierte en noticia cuando ya es demasiado tarde. Todavía hoy hay familias que se enfrentan a situaciones muy parecidas a la que vivió mi hija. Mientras haya familias que necesiten ayuda y casos que continúen produciéndose, continuaré trabajando para que esta problemática ocupe el espacio público que merece. No escogí este camino. Pero ahora que estoy aquí, no pienso pararme.