La Costa Dorada lleva años hablando de desestacionalización y, en los últimos tiempos, ha comenzado a dar pasos que hace unos años parecían difíciles de imaginar. Hay establecimientos que abren antes, otros que alargan la actividad hasta finales de otoño y una programación cada vez más amplia de eventos deportivos, congresos y encuentros profesionales fuera de los meses centrales del verano.
El avance es evidente. Pero también conviene preguntarnos si estamos midiendo bien el éxito.
Abrir un hotel en febrero es una decisión empresarial importante, pero no es suficiente para afirmar que un destino se ha desestacionalizado. La apertura tiene sentido cuando hay suficiente demanda para sostenerla y cuando, más allá del alojamiento, el visitante encuentra actividad, servicios y motivos para desplazarse.
Aquí radica, probablemente, una de las cuestiones que aún debemos resolver.
Durante mucho tiempo hemos hecho recaer buena parte del peso de la desestacionalización sobre las empresas turísticas. Se pide a los hoteles, restaurantes y otros establecimientos que amplíen calendarios, mantengan equipos y asuman el riesgo de operar durante más meses. Es lógico que el sector deba hacer su parte. Pero esta exigencia debe ir acompañada de una estrategia de destino capaz de generar demanda real fuera del verano.
En el Grup Blaumar hemos decidido avanzar en esta dirección. Este año, el Hotel Blaumar ha adelantado la apertura al 17 de febrero y mantendrá la actividad hasta el 30 de noviembre, mientras que Magnolia Hotel y Port Plaza Apartments funcionan durante todo el año. Esta ampliación permite trabajar con mercados y perfiles diferentes de los del verano, pero también pone de manifiesto hasta qué punto la viabilidad de estos meses depende de lo que sucede en el conjunto del territorio.
Fuera de la temporada alta cambia el visitante y también cambia el motivo del viaje. Ganan peso los clientes vinculados al deporte, a los eventos, a los congresos, al segmento corporativo o a determinados mercados internacionales con más capacidad para viajar fuera de las vacaciones escolares. Para todos ellos, el alojamiento es importante, pero no es el único factor que determina la decisión.
Una competición deportiva, un congreso, una agenda cultural atractiva, una propuesta gastronómica, el golf, una feria profesional o una buena conexión con los principales mercados emisores pueden ser motivos suficientes para escoger la Costa Dorada en febrero, marzo, octubre o noviembre.
Y es precisamente aquí donde la desestacionalización deja de ser una cuestión exclusivamente hotelera.
Un establecimiento puede decidir cuándo abre, qué producto ofrece o a qué mercado se quiere dirigir. Lo que no puede hacer por sí solo es crear una programación deportiva, garantizar conexiones, mantener activa una ciudad o asegurar que el visitante encuentre restauración, comercio, movilidad y ocio durante su estancia.
Por eso, la desestacionalización se ha de entender como un proyecto de territorio.
La Costa Daurada dispone de muchos de los activos necesarios para avanzar: clima, instalaciones deportivas, campos de golf, espacios para congresos, gastronomía, patrimonio, ocio y una planta hotelera consolidada. También cuenta con experiencia, conocimiento del sector y una marca turística reconocida. El reto es conseguir que estos elementos funcionen de manera más
coordinada y que generen una propuesta lo suficientemente atractiva durante más meses del año. Esto no implica reproducir el verano en febrero.
De hecho, hacerlo sería un error. Cada temporada tiene sus públicos, sus necesidades y sus oportunidades. El visitante que llega en noviembre no busca necesariamente lo mismo que una familia que pasa una semana en Salou en agosto. La clave es construir propuestas adaptadas a cada momento y asumir que la Costa Daurada puede ser competitiva por motivos diferentes a lo largo del año.
Para conseguirlo, hará falta una mayor coordinación entre empresas, administraciones, organismos de promoción y todo el tejido económico vinculado directa o indirectamente al turismo. La apertura de los establecimientos es una parte del proceso, pero la consolidación de una temporada más larga dependerá de que el territorio acompañe esta apuesta.
La Costa Daurada ha demostrado sobradamente su capacidad para competir durante el verano. El siguiente paso será demostrar que también puede generar actividad y valor cuando este se acaba.
Porque la desestacionalización no se mide únicamente por el número de días que un hotel permanece abierto, sino por la capacidad de un destino de continuar siendo atractivo cuando cambia la estación.
Y esta responsabilidad es compartida.
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