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Hay tradiciones que no solo explican nuestro pasado, sino también nuestro futuro. La Romería de los Fanalets de Sant Jaume es una de ellas. Año tras año, cuando las calles se llenan de la luz de los farolillos, Lleida recuerda quién es, de dónde viene y cuáles son los valores que han forjado su identidad a lo largo de los siglos.
La leyenda es bastante conocida. Explica que el apóstol Sant Jaume, en su peregrinaje evangelizador, llegó a nuestras tierras en una noche oscura. Al pisar una zarza, una espina se le clavó en el pie y le impidió continuar el camino. Sus lamentos fueron escuchados por los ángeles, que bajaron con farolillos para iluminarle el camino y permitirle extraer la espina. Aquella luz no solo alivió su sufrimiento; también simbolizaba la esperanza, la fe y la fuerza para continuar avanzando.
Según la tradición, aquel milagro tuvo lugar donde hoy se alza la capilla del Peu del Romeu, construida en el año 1399 en el cruce de las calles Major y Cavallers. Desde entonces, este lugar se ha convertido en uno de los símbolos más queridos de la ciudad y en el origen de una fiesta que ha sabido atravesar los siglos hasta ser reconocida como Fiesta Patrimonial de Interés Nacional.
No es un reconocimiento cualquiera. Es la constatación de que los Fanalets de Sant Jaume forman parte del patrimonio vivo de Cataluña y, sobre todo, del alma de Lleida.
Cada víspera de Sant Jaume, cientos de familias salen a la calle con sus farolillos encendidos, cantando: “Sant Jaume ve de Galícia, Sant Jaume ve d’Aragó, i a Lleida va deixar estesa la fe de Nostre Senyor”. En aquel instante no solo se recuerda una leyenda; se transmite una manera de entender la ciudad, y el valor de nuestras raíces.
Siempre he defendido que una ciudad que conserva sus tradiciones es una ciudad que conserva su identidad. Las fiestas populares no son una mirada nostálgica al pasado, sino una inversión en el futuro.
Estos valores forman parte de nuestra historia. Las raíces occidentales y cristianas han contribuido decisivamente a construir nuestra manera de entender la dignidad de la persona. Preservar este legado no significa vivir anclados en el pasado, sino tener conciencia del camino recorrido para afrontar con más solidez los retos del futuro.
Por eso quiero agradecer la dedicación de la Agrupación Ilerdenca de Pessebristes, de las entidades, de los voluntarios y de todas las personas que hacen posible esta celebración. Los talleres de farolillos, las ofrendas florales, las actuaciones musicales, la poesía, los grallers, las visitas guiadas, la representación de Sant Jaume ve de Galícia y la misa de los Fanalets convierten estos días en una gran fiesta de ciudad. Una fiesta abierta a todo el mundo, participativa y capaz de proyectar Lleida como una capital cultural y también como un referente del turismo patrimonial y religioso.
La luz de los Fanalets también nos ofrece una metáfora del momento que vive Lleida. Una ciudad necesita luz en sus calles, pero sobre todo necesita luz en sus proyectos, en su gestión y en su capacidad de generar ilusión. Cuando falta esta luz, aparecen el desánimo, la resignación y la sensación de que las oportunidades se apagan. Y Lleida no se puede permitir resignarse.
Estoy convencido de que nuestra ciudad tiene un potencial extraordinario. Y así lo creemos y defendemos desde el PP Lleida.
Los Fanalets nos recuerdan que incluso en la noche más oscura una pequeña luz es capaz de abrir el camino. Ésta es la Lleida en la que creo: una Lleida implicada, orgullosa de su leridano, de nuestras tradiciones, valores y costumbres. Porque cuando una ciudad sabe preservar su memoria y su identidad, es también una ciudad que sabe construir su futuro.