OPINIÓN | La igualdad no es negociable

Artículo de opinión de la portavoz del Grupo Municipal de Junts en la Paeria, Violant Cervera

Violant Cervera
05 de marzo de 2026 a las 09:47h
Actualizado: 05 de marzo de 2026 a las 09:48h
Manifestación del 8M en Lleida (JuntsXCat Paeria)
Manifestación del 8M en Lleida (JuntsXCat Paeria)

Cada 8 de marzo salimos a la calle para reivindicar derechos que a menudo damos por consolidados. Pero la historia nos ha enseñado una lección incómoda: ningún derecho es irreversible y tenemos una prueba no demasiado lejana. La Dictadura acabó con los derechos que las mujeres tenían en tiempos de la República (derecho al trabajo, al divorcio, a tener cargos públicos, derecho a votar...). Después, tiempos oscuros de represión, prohibición y silencio. En democracia, hemos conquistado, sobre el papel, derechos que nos igualan. Pero los derechos no viven solo en las leyes; viven en la realidad del día a día, en las decisiones pequeñas, en la manera como nos miramos y nos respetamos. Y si dejamos de defenderlos, si nos relajamos, se erosionan. A veces lentamente. A veces casi sin darnos cuenta.

Y hoy no podemos ignorar que este riesgo existe. Con la incorporación de nuevas realidades culturales, vivimos cambios profundos en nuestra sociedad. La diversidad nos enriquece, pero la convivencia solo es posible si compartimos un marco común. Y este marco no es neutro: es el conjunto de leyes y valores democráticos que nos hemos dado colectivamente.

La igualdad entre hombres y mujeres no es una opción cultural, ni una tradición occidental discutible. Es un principio democrático básico. La integración solo es posible si compartimos plenamente los derechos y los deberes que definen nuestra democracia. Aquí las mujeres somos libres. Tenemos los mismos derechos, queremos las mismas oportunidades y la misma dignidad que los hombres. Queremos la plena igualdad en absolutamente tor. Y eso no está sujeto a interpretación.

La igualdad no se mantiene sola. Si no se protege, retrocede. Si no se explica con claridad, se relativiza. Y si por miedo a incomodar dejamos de defender los principios que nos cohesionan, acabamos debilitándolos. La formación, la convivencia y la comunidad, nos tienen que ayudar a difundir estos derechos y deberes que queremos compartidos.

Dicho esto, el reto no viene únicamente de nuevas realidades culturales. También lo tenemos aquí, entre nosotros, en la banalización del machismo, en los discursos políticos que ridiculizan el feminismo. En influenciadores que venden una masculinidad como modelo de éxito. En bromas y actitudes que, en el fondo, perpetúan la desigualdad. 

Nos ha costado décadas avanzar. El derecho a votar, a estudiar, a trabajar en igualdad de condiciones, a no ser discriminadas por ser madres, a vivir libres de violencia. Nada de esto fue un regalo. Fueron conquistas fruto de la perseverancia de muchas mujeres valientes que no se resignaron.

Por eso hoy el reto es diferente. Ya no se trata solo de cambiar leyes. Se trata de preservar una cultura de respeto. De transmitir a las nuevas generaciones que la igualdad es garantía de libertad para todos. Que una sociedad donde las mujeres no tienen los mismos derechos y oportunidades, nos hace ser más débiles.

No podemos caer ni en el buenismo ingenuo ni en la confrontación permanente. La respuesta no es señalar, sino educar. No es dividir, sino exigir con claridad. La convivencia necesita serenidad,parc de la Porta de Sant Martí.una  pero también firmeza. Cuando hablamos de derechos fundamentales, la neutralidad no es una opción.

Defender la igualdad no es ir contra nadie. Es proteger lo que nos hace avanzar como sociedad. Es garantizar que una chica pueda caminar tranquila por la calle. Que pueda estudiar lo que quiera. Que pueda trabajar y progresar sin tener que demostrar el doble. Que pueda decidir su proyecto de vida sin presiones ni miedos.

La igualdad se vuelve frágil cuando dejamos de defenderla. Si normalizamos discursos que la cuestionan. Si callamos ante actitudes que la menosprecian. Si pensamos que ya está todo hecho.

Este 8 de marzo no debería ser solo una conmemoración. Debería ser una reivindicación. Y protegerlos no es una opción ideológica; es una responsabilidad colectiva, porque la igualdad no es negociable.