La mirada del Camp de Tarragona: el vínculo invisible entre Josep Maria Jujol y Antoni Gaudí

La entrada de Josep Maria Jujol al taller alejó Gaudí de la sobriedad para abrazar el trencadís y la luz

10 de febrero de 2026 a las 09:02h

En el imaginario colectivo, el perfil urbano de Barcelona y la identidad del Modernismo catalán parecen convergir en prácticamente un nombre Antoni Gaudí. Pero, si Gaudí fue el arquitecto que buscó la estructura a través de la razón y la naturaleza, Josep Maria Jujol fue quien vertió en ella la libertad y el color.

Gaudí y Jujol no solo fueron maestro y discípulo, formaron una entidad creativa donde, como señala el profesor de la Escuela Superior de Arquitectura de la URV, Roger Miralles, a menudo resulta imposible -y quizás innecesario- discernir dónde acaba la mano de uno y comienza la del otro. Sin embargo, sus trayectorias vitales y metodológicas fueron opuestas y es precisamente en esta dispersión donde nació su mejor obra.

El profesor Roger Miralles explicando la construcción de la iglesia de Vistabella.

Una simbiosis perfecta

Antoni Gaudí (nacido en 1852) pertenecía a una generación anterior a la de Jujol (1879), con una diferencia de veintisiete años. Antes de su encuentro, la arquitectura de Gaudí se caracterizaba por una mentalidad reflexiva y sistemática, a menudo apoyada en la geometría y las leyes de la mecánica. En obras previas como el Palau Güell, Gaudí utilizaba la repetición de elementos modulares, una práctica habitual y de moda en el contexto europeo del momento

La entrada de Jujol al taller de Gaudí, hacia 1905 o 1906, marcó un punto de inflexión radical. A partir de ese momento se introduce la diversidad absoluta. Gaudí, que hasta entonces había mantenido una cierta sobriedad cromática -próxima a un cierto "victorianismo" o a la estética de William Morris-, vio cómo sus obras se encendían. El color, que antes era secundario, deviene protagonista gracias a la intervención de Jujol.

Esta transformación es visible en la piel de la Casa Batlló, en la forja de la Casa Milà y, sobre todo, en el banco de trencadís del Parque Güell. En estos espacios, Jujol no actuó como un decorador, sino como un creador con libertad total otorgada por el maestro, aplicando el color y la textura como una parte indivisible de la arquitectura.

La mirada del Campo de Tarragona: Naturaleza y Tradición

El entendimiento entre Gaudí y Jujol iba más allá del plano profesional, compartían un origen geográfico común: el Camp de Tarragona. Para ambos, esta procedencia era determinante. Ràfols recordaba que Jujol decía a sus alumnos: "Los naturales del Camp de Tarragona perciben la belleza con más claridad que el resto".

Esta frase no era una simple muestra de orgullo local, sino una teoría pedagógica. Jujol creía que la educación visual en contacto directo con la naturaleza de aquel paisaje específico formaba una mirada más apta para la práctica de la arquitectura. No se trataba de una naturaleza idealizada y floral, sino de una naturaleza más compleja. Viñas, insectos y pájaros, que Jujol interiorizaba y traducía en formas arquitectónicas mediante un "dibujo automático" y gestual

Jujol no se entendía a sí mismo como un creador aislado, sino como parte de una tradición. Quiso transformar la tradición viva transmitida por sus maestros, como Gallissà, Font y Gumà y el mismo Gaudí. Entendía la arquitectura como un oficio. Esta visión le permitía adaptarse al contexto como pocos otros arquitectos. Sabía que trabajar en Barcelona, con acceso a los materiales más modernos y a operarios especializados, era muy diferente de trabajar en Els Pallaresos o en Vistabella. En el ámbito rural, donde las limitaciones técnicas y materiales eran manifiestas, Jujol no imponía una estética “disruptiva”, sino que continuaba el mundo que había heredado, transformándolo desde el afecto y el uso inteligente de los recursos disponibles.

Dos ambiciones, dos destinos

A pesar de su conexión creativa, se estima que las aspiraciones vitales de Gaudí y Jujol eran opuestas. Gaudí, consciente de su genio, buscó activamente el éxito social y profesional. Aspiraba a ser el arquitecto de la burguesía catalana, trabajando para clientes poderosos como los Güell, con presupuestos que le permitían construir edificios completos y monumentales

Jujol, en cambio, es conocido que vivió alejado de las pretensiones de grandeza. Su clientela estaba formada mayoritariamente por gente modesta: agricultores, curas de pueblo y pequeñas entidades. Esta diferencia condicionó su obra independiente, que a menudo consistía en reformas parciales o intervenciones en edificios existentes, en lugar de grandes construcciones. Además de su labor como arquitecto, Jujol ejerció de profesor: era catedrático de dibujo en la Escuela de Arquitectura y profesor de escultura en la Escuela del Trabajo, disciplinas que le permitían desarrollar su pasión por el trabajo manual.

Los detalles que marcaban las obras de Jujol

Es una paradoja que, a pesar de haber hecho 63 obras en el Camp de Tarragona, la gran mayoría sean desconocidas por el público general, que suele identificar Jujol solo con cuatro o cinco edificios en Barcelona y Sant Joan Despí. Es en estas obras "invisibles" del territorio donde Jujol despliega su creatividad.

La escasez de recursos lo obligó a ser mejor arquitecto, dando lugar a soluciones que anticipaban corrientes de vanguardia o el reciclaje arquitectónico. Un ejemplo de esto es la Iglesia de Vistabella (1918). Con un presupuesto mínimo, Jujol levantó un edificio de una lógica estructural impecable. Utilizó una planta cuadrada sencilla y un sistema de arcos parabólicos que hacían innecesarios los contrafuertes. Como él mismo describió, la cubierta estaba diseñada para resistir los rigores del clima. En el interior, la decoración se resolvía con materiales humildes: maderas de cajas de embalaje y elementos reciclados, demostrando que la belleza no depende de la riqueza del material

En la Casa Bofarull (1914), en los Pallaresos, Jujol transformó una antigua masía añadiéndole una escalera que es pura dinámica vertical y color. Incorporó elementos de la vida rural, como herramientas del campo o porrones, integrándolos en la arquitectura con una naturalidad sorprendente. Estas estrategias de proyecto demuestran que Jujol no aplicaba una fórmula, sino que descifraba el lugar para ofrecer una respuesta específica

Mientras tanto, en Barcelona, obras como la Tienda Mañach (1911) mostraban otro registro. Aquí, libre de las limitaciones rurales, pero con la misma audacia, Jujol creó un espacio con formas puntiagudas y lucernarios que parecían escafandras, anticipando una estética casi de ciencia ficción, muy alejada del floralismo modernista