Hace 20 años, un grupo de jóvenes catllarenses tomó una decisión que transformaría la cultura popular del pueblo y su Fiesta Mayor. A principios de siglo, el binomio formado por la actuación de castellers y el correfoc era una de las citas marcadas en rojo del mes de agosto y el ambiente era inmejorable. Aun así, a la cita festiva le faltaba algo. “Antes solo había collas de diablos invitadas. Después de una Fiesta Mayor, un grupo de jóvenes del pueblo que siempre nos metíamos en el correfoc dijimos que teníamos que hacer una colla del Catllar”, explica Lluís Joan, uno de los impulsores de aquella iniciativa.
Con el visto bueno de un buen puñado de amigos, se pusieron manos a la obra. “El Ayuntamiento nos dijo que querían un mínimo de gente para sacarlo adelante. Si no, no le darían apoyo. Teníamos que presentar una propuesta firme”, recuerda. Para intentar reclutar el máximo de gente, repartieron por el pueblo unas papeletas con una encuesta que preguntaba a los vecinos si querían formar parte de la nueva colla de diablos del Catllar, qué colores debía lucir la entidad e incluso cómo debía ser su logotipo.
La propuesta fue todo un éxito y unas setenta personas se subieron al barco. “Surgió del grupo de Lluís, pero rápidamente se abrió al resto del pueblo. No teníamos mucha relación, pero la colla agrupó muchas generaciones”, apunta Lídia Càceres, que se unió a esta primera hornada.
Aparte del apoyo institucional, aquellos primeros pasos estuvieron marcados también por la ayuda de algunas collas hermanas. Los Diables de Voramar -colla serrallenca que entonces participaba habitualmente en el correfoc del pueblo- les acompañaron en todo este proceso y acabaron convirtiéndose en sus padrinos.
Además, la nueva colla de los Diables del Catllar nacía de la mano de su sección infantil, un movimiento poco habitual. “Los Diables de Tarragona también nos ayudaron con la infantil y los timbaleros. Muchas collas primero hacen la colla adulta y después la infantil, pero aquí lo hicimos todo de golpe. Tuvo mucho éxito”, señala Lídia.
El 11 de septiembre de 2006 el Catllar pudo empezar a decir que tenía sus propios diablos. Pocas semanas después de estrenarse, ya hicieron su primera salida fuera de Cataluña, a Toledo. Allí toda la colla decidió subir al trenecito turístico de la ciudad, dejando el vehículo parado por exceso de peso y protagonizando una de las primeras anécdotas todavía recordadas por los miembros de la entidad.
Una fiera feroz
La contribución de los Diables del Catllar al panorama festivo del pueblo no acabaría aquí. Cuando ya hacía unos cinco años que quemaban, el debate sobre la incorporación de una bestia que los acompañara cogió impulso. Un dragón que echara fuego por los dientes, una víbria con la mirada penetrante o un depredador que impusiera respeto por donde fuera. Las opciones habituales de la imaginería festiva eran diversas, pero la elección final fue hacia otra dirección.
“El Ayuntamiento nos dijo: ‘oye, ¿qué os parece una langosta? Por la plaga de 1687’. Lo expusimos a la junta y dijeron que sí”, explica Lluís. Con la idea sobre la mesa, encargaron a Àngels Cantos -escultora de piezas como el Drac de Sant Roc de Tarragona- la tarea de darle forma. En la mente de Lluís y de muchos otros miembros de la colla, su langosta iba a tener un aspecto feroz, parecido a los insectos que imponen su ley en la película de Bichos. Aun así, la propuesta de Àngels no siguió este camino: “Nuestra idea era que fuera agresiva, pero ella la hizo diferente. Es muy solemne y, cuando la ves, impacta mucho”. El nombre elegido fue el de ‘Nicaseta’, en honor a Sant Nicasi, protector del pueblo durante aquella plaga. Su estreno llegó en 2017.
Más que fuego
A pesar de que en un primer momento la Nicaseta también salía con los diablos el día del correfoc, más adelante decidieron separarla de este acto y dedicarle un día especial con el encuentro de bestias de fuego que protagoniza cada año. Además, la Nicaseta también cuenta con una noche en la que aparca la pirotecnia para ponerse un sombrero y dar una vuelta por el pueblo. “La idea de la Nicanit salió de la Baixada de l’Àliga. Hay muchos niños que tienen miedo al fuego, pero les gusta la Nicaseta. Era una oportunidad para que pudieran disfrutarla”, subraya Lluís, que actualmente es el jefe de colla.
Por su parte, Lídia explica el motivo de esta peculiar indumentaria: “El estreno del sombrero que hacemos cada año es en la Nicanit. Siempre es negro y solo cambia el color de la cinta, a excepción de algunas excepciones. Cada año viene más gente”.
Correfoc con acento catllarenc
Aun así, si los Diables del Catllar son peculiares y bastante únicos en la demarcación no es solo por tener una langosta como bestia de fuego, sino sobre todo por su correfoc, que no deja indiferente a nadie. Debido al elevado número de socios y al acotado volumen de trajes, el sábado de fiestas muchos de los diablos debían quedarse sin quemar. Normalmente cedían los trajes a los miembros menos habituales, que solo estaban en el Catllar por Fiesta Mayor, y disfrutaban del correfoc desde fuera.
“Los que no tenían traje se ponían bajo el fuego y ‘daban juego’. De aquí surgió el correfoc alternativo”, apunta Lluís. “Dijeron: nosotros nos meteremos, pero os tenemos preparada una sorpresa. Decidieron hacernos frente”, recuerda. Enfudados en camisetas que los identifican como miembros del “Correfoc Alternatiu” y equipados con una indumentaria para protegerse de las quemaduras, este grupo de diablos se dedica a molestar al resto de sus compañeros durante el correfoc. Barricadas, carretillas dirigidas hacia los pies, levantar por los aires a los otros diablos o crear cortinas de fuego son algunas de las trabas que preparan a lo largo del recorrido.
De hecho, esta práctica se ha hecho famosa entre otras collas de diablos y, cuando vienen a quemar al Catllar, habitualmente quieren formar parte de ella. "Siempre preguntamos antes si quieren participar. Al acabar, normalmente nos dicen: ‘Nos lo hemos pasado de puta madre’", explican. Además, Lídia subraya que varios miembros de la junta conocen previamente todas las acciones que se llevarán a cabo y que en todo momento se garantiza la seguridad de todos los participantes.
La popularidad de este Correfoc Alternatiu ha crecido tanto que incluso ha provocado que los Diables de la Sagrada Família hagan una salida extraordinaria para participar en él. A pesar de no acostumbrar a hacer salidas durante el mes de agosto, este año harán una excepción para vivir de primera mano qué es un correfoc en el Catllar.
Las collas de fuera, sin embargo, no son las únicas atraídas por esta manera de entender el correfoc. La sección infantil de los Diables del Catllar también ha querido tener su propio correfoc alternativo y la colla ha preparado una versión más suave y adaptada a los más pequeños. "Los cogen y les hacen algunas barricadas. Si alguien no quiere que le hagan nada, lo marcamos. Le ponemos en la cuerna una cinta de color para que sepan que no lo tienen que tocar", destaca Lídia, que también es jefa de colla de los infantiles.
20 años de fuego
De cara a la celebración del aniversario, uno de los momentos más esperados llegará al correfoc del 22 de agosto. De momento, es un acto que se guarda con cierto secretismo incluso dentro de la colla. Únicamente sabemos que es algo que “no se ha hecho nunca en El Catllar”, que pasará justo antes del correfoc y que durante unos días antes darán algunas pistas a través de sus redes sociales.
Aparte de otros actos internos, el 11 de septiembre también harán una carretillada inédita en el pueblo. Los más pequeños empezarán a quemar desde el Castillo y traspasarán el relevo de fuego a la plaza del Ayuntamiento, donde se encenderá la carretillada conmemorativa de los veinte años de la colla.
Dos décadas después de aquella primera encuesta repartida por el pueblo, los Diables del Catllar se han convertido en mucho más que una colla de fuego. Son una parte inseparable de la Festa Major y de la identidad catllarenca, capaces de reunir generaciones diferentes alrededor de la pólvora, la música y la fiesta. Lo demuestra cada correfoc, cuando incluso aquellos que prefieren contemplar las chispas desde la distancia esperan en el rellano de la iglesia para verlos pasar.
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