Pedir un café con leche, ver una película en el cine o en Netflix o algo tan simple como la atención médica. El catalán está retrocediendo en la vida cotidiana y cada vez es más complicado -por no decir imposible- hacer vida plenamente en esta lengua. Los datos son complejos y no acaban de dibujar una fotografía real de la sociedad. Según la encuesta de usos lingüísticos de la población 2023, un 81,4% de los ciudadanos del Camp de Tarragona saben hablar catalán y el 92,7% lo entienden. Unas cifras similares al conjunto del país.
Ahora bien, donde la veguería está ligeramente por encima de toda Cataluña es en el porcentaje del catalán como lengua inicial en casa. De hecho, se trata del único territorio donde esta cifra se mantiene respecto a 2018, sobre todo porque parte de los hijos y nietos de las migraciones del siglo XX son de lengua inicial catalana o catalana y castellana. Si bajamos al detalle, en el Camp de Tarragona el 35,1% tiene como lengua inicial el catalán, el 42,5% el castellano y el 5,5% los dos idiomas a la vez. En cuanto a la lengua habitual, los resultados se mantienen con un 37,9% de catalán, un 41% de castellano y un 10% de las dos lenguas.
A pesar de todo, la encuesta también ofrece malas noticias. El catalán pierde peso entre los usos habituales, sobre todo porque la población nacida en el extranjero opta mayoritariamente por el castellano u otras lenguas. Además, se incrementa la tendencia de combinar catalán y castellano entre catalanohablantes iniciales jóvenes. En paralelo, el porcentaje de conocedores baja, pero el número total crece. Es decir, hay más personas que entienden el catalán, pero no crecen al ritmo del aumento demográfico.
Ante este panorama, el Departamento de Política Lingüística ha hecho un llamamiento al mundo local para convertirse en la primera trinchera del catalán. “La política lingüística municipal es fundamental para responder a los retos de la lengua. Los ayuntamientos son la administración más cercana a la ciudadanía y tienen una capacidad de incidencia enorme. Por eso, ponemos a su disposición herramientas concretas y les pedimos que las hagan suyas”, explicó el consejero de Política Lingüística, F. Xavier Vila en una visita a Constantí.
Tarragona, en crecimiento
Uno de los ejemplos de esta política lingüística activa en el Camp de Tarragona es la Oficina de Promoción del Catalán de Tarragona (Oficat). Un proyecto reactivado este mandato gracias a un acuerdo político entre Junts y el PSC que ha cogido impulso.
A pesar de contar con diversas iniciativas, una de las más relevantes es la de ofrecer cursos básicos de catalán para personas recién llegadas o que directamente no lo hablan. La demanda no ha parado de crecer y los cursos se han consolidado como una puerta de entrada a la lengua. Entre los cursos que hacen en las escuelas y centros cívicos de la ciudad con el Consorci de Normalització Lingüística y los que hacen conjuntamente con la Unitat Tècnica d'Immigració i Ciutadania (UTIC), en 2025 acogieron a 394 alumnos. Para este año, la previsión es llegar hasta los 576 participantes.
Bartomeu Navarro, coordinador de l’Oficat, pone en valor este fuerte crecimiento de la oficina en casi dos años, aunque subraya que faltan “muchos más recursos” para poder atender a la población recién llegada. También pide una mirada larga a la hora de interpretar los datos: “El aprendizaje de catalán por una persona recién llegada no es rápido ni inmediato. Depende de su nivel educativo o del tiempo que puedan dedicar a hacer cursos, estudiar o hacer deberes. Necesita tranquilamente un par de años para empezar a desenvolverse en situaciones habituales. No es hacer un curso de 40 horas y ya está”.
Un curso desde dentro
Muchos desconocemos cómo son estos cursos y exactamente qué se hace en ellos. El perfil del alumnado varía según el barrio, el centro e incluso el horario. Por ejemplo, los cursos que se hacen en las escuelas de Ponent durante la mañana suelen estar copados de madres que quieren aprender catalán para ayudar a sus hijos con los deberes o únicamente para tener nociones. En cambio, en otros espacios del centro de la ciudad también participan perfiles como los estudiantes universitarios, mientras que los hombres suelen concentrarse en las clases de tarde.
Para conocerlo de primera mano, La Ciutat se trasladó hasta la Escola la Floresta un miércoles a las 9.15 de la mañana. Allí el perfil mayoritario es el que hemos comentado: madres que quieren dar un paso más en la integración en Cataluña. Una de las alumnas es Jennifer, que vino de Colombia hace cinco años y tiene una hija de cuatro que habla perfectamente el idioma. “Me gusta el catalán, es una lengua muy bonita. Mi hija pequeña tiene cuatro años y en la escuela lo ha aprendido. Es importante que vea que su madre también lo habla. Es tener respeto a las personas de Cataluña”, expone. En este sentido, remarca que quiere criar a su hija reuniendo las tradiciones catalanas y las colombianas.
Aunque es el primer curso que hace, Jennifer es una de las alumnas más aventajadas y ya se puede defender a la hora de construir una conversación en catalán. “Había oído que el Ayuntamiento hacía clases gratuitas y, como tengo muchas ganas de aprenderlo, lo busqué por internet”, explica. Además, convenció a su compañera de trabajo Karen para apuntarse juntas y juntas intentan practicar la lengua de vez en cuando. Según Jennifer, las clases de Cristina (su profesora) son muy útiles, pero no se quiere quedar aquí: “Quiero hacer cursos hasta que lo domine. Quiero tener una conversación en catalán fluida”.
Otros ejemplos del aula son los de Hakima, de Marruecos, que también quiere encadenar cursos hasta tener un buen nivel o el de Andrea, de Cádiz, que lo considera útil para su trabajo y cree que es importante hablarlo si vives en Catalunya.
Aunque los casos de extranjeros que quieren aprender catalán son cada vez más habituales, Jennifer advierte que cuesta hacer entender que es una herramienta clave de integración. “Desgraciadamente, la frase común que te encuentras es: ‘no hablo catalán y no pasa nada. En el trabajo no lo necesito’. No le han dado el valor a la lengua. Por respeto al lugar donde estoy, lo mínimo que tengo que hacer es darle el valor que sé que tiene para los catalanes”.
“El curso es útil para vivir y tener conversaciones cotidianas básicas, pero a la gente a la que le exigen el catalán para el trabajo, no les es muy útil”, avisa Cristina, profesora aquel día. También apunta que uno de los principales retos es la alfabetización de algunos alumnos o el hecho de que provengan de otros sistemas de escritura. En estos casos, el aprendizaje es un poco más lento.
Cambiar el idioma
Con todo, el peor enemigo de alguien que está aprendiendo el catalán no son los pronombres débiles o los castellanismos, sino los mismos catalanohablantes. El cambio automático al castellano sigue siendo un freno importante para quien quiere practicar la lengua. “Cuando vemos a una persona que parece que sea recién llegada, automáticamente nos pasamos al castellano. ¡Es fatal! Mucha gente está haciendo el esfuerzo de aprender catalán en los cursos y se nos quejan de que no les hablan en catalán. ¿Cómo queremos que lo practiquen? Es un falso prejuicio”, señala Bartomeu Navarro.
Jennifer y sus compañeras corroboran estas situaciones, que complican que se acaben soltando. “Intento hablarlo fuera. Con las maestras de mi hija, en el trabajo… Pero muchas veces me cambian al castellano”, lamenta. En esta línea, el consejero Vila apela a la responsabilidad colectiva para revertir esta dinámica: “Cuanta más gente te interpel·la en esta lengua, más necesidades sientes de aprenderla. Es como ir en bicicleta, te tienes que lanzar. Necesitas que la sociedad receptora te acompañe”.
“¡Un café con leche!”
Uno de los espacios públicos donde la lengua debe ser un pilar son los establecimientos comerciales. Según el estudio OFERCAT de 2024 sobre el uso del catalán en los comercios, de cada 100 establecimientos en Tarragona, 48 tienen la rotulación informativa en catalán, 57 el horario, 32 utilizan el catalán como primera lengua con los clientes y 64 se adaptan si el cliente la utiliza. Además, por sectores, los establecimientos de hostelería son los que registran los niveles más bajos de uso.
Para cambiar esta situación, el Oficat y el Consorci han puesto en marcha la campaña Comercios aprendices, hablémonos en catalán. De los 119 establecimientos donde detectaron carencias en el idioma, 56 aceptaron participar en el programa que les ofrecía cursos gratuitos con sesiones de 15 minutos que incorporaban vocabulario del sector.
Aparte, la consejera de Cultura de Tarragona, Sandra Ramos, ha explicado que “dentro del programa Comercios Aprendices, también se han ofrecido otros recursos con el apoyo del OFICAT, como el servicio de traducción y corrección de cartas y menús, por el cual 79 establecimientos han mostrado interés”.
Iniciativas que son un buen ejemplo de que el futuro del catalán en el Camp de Tarragona no se decidirá solo en las aulas o desde las administraciones, sino también en los pequeños gestos del día a día: mantener la lengua, no cambiarla automáticamente o facilitar que quien la quiere aprender la pueda practicar. Porque, al fin y al cabo, la normalidad de un “café con leche” en catalán depende menos de los datos y más de la voluntad colectiva.