Cuando cae la noche y la temperatura baja, el frío deja de ser solo un inconveniente y se convierte en una amenaza directa para las casi dos mil personas que pasan las noches en la calle en Barcelona. José, de 58 años, ha aprendido a moverse para evitar perder sensibilidad en los pies y en las manos. “En invierno el cuerpo no descansa nunca”, explica con voz baja. “Hay noches que el dolor es tan intenso que prefiero caminar sin rumbo antes que quedarme tirado en el suelo”.
Sants-Montjuïc, epicentro del sinhogarismo
Por primera vez, el distrito de Sants-Montjuïc lidera las cifras de personas durmiendo en la calle con 489 casos detectados, casi el doble que hace solo dos años. Zonas como Montjuïc, la Marina y el entorno de la Zona Franca se han convertido en refugios para aquellos que buscan esconderse del frío.
Fátima, de 46 años, ha encontrado refugio en un antiguo espacio industrial de la Zona Franca. “Aquí no llega casi nadie”, explica. “Y esto tiene su doble cara: menos conflictos, pero si te pasa algo, no hay nadie que pueda ayudarte. Cuando sientes que te estás muriendo o no puedes respirar bien, nadie lo sabe”. Para ella, lo peor no es solo el frío: es la sensación de soledad absoluta. “Te sientes completamente invisible”.
Según Rosario Montes, trabajadora social con más de quince años de experiencia en Barcelona, esta dispersión tiene una causa directa: los desalojos en el centro de la ciudad. “Muchas personas que antes dormían en Ciutat Vella o en puntos céntricos han tenido que trasladarse a otras zonas de la ciudad. Esto complica mucho el seguimiento y el acompañamiento, y hace que la vulnerabilidad sea aún mayor”.
El frío agrava la vulnerabilidad
Las noches de invierno exponen aún más las fragilidades de un colectivo extremadamente vulnerable. En Manuel, de 63 años, explica que a menudo se despierta con las manos rígidas y que hay mañanas en las que le cuesta levantarse porque el cuerpo no responde. “El peor momento es justo antes del amanecer, cuando el frío es más intenso y estás agotado”, dice con un hilo de voz. “Hay noches que piensas que quizás no saldrás de esta”.
Las entidades sociales alertan de que pasar el invierno en la calle incrementa de manera notable los riesgos de salud. La hipotermia, las infecciones respiratorias y las complicaciones derivadas de enfermedades crónicas son solo algunas de las consecuencias inmediatas. La falta de descanso constante y el estrés añaden un peligro invisible: el deterioro físico y mental que a menudo pasa desapercibido para la mayoría de la sociedad.
Un fenómeno que se desplaza y se esconde
La realidad del sinhogarismo en Barcelona ya no se limita a las calles céntricas. La dispersión de los últimos años ha hecho que muchas personas duerman en espacios menos visibles, más periféricos y con menos apoyo, como las zonas industriales, las zonas verdes marginales y los bajos abandonados. Este cambio comporta una dificultad añadida para las entidades sociales que intentan ofrecer ayuda: el acceso a recursos básicos como comida caliente, duchas o atención médica se complica cuando las personas son más invisibles.
En José resume la cotidianidad de esta situación: “Lo que más necesito no son grandes planes ni promesas. Solo poder dormir caliente, no tener miedo por la noche y sentir que alguien sabe que existo. Con este frío, cada noche es una lucha”. Cada mañana se despierta, ajusta las mantas, se apoya sobre las paredes de los porches y se prepara para volver a enfrentarse a la ciudad que parece no verlo.
La mirada de las entidades
Hira Whalid, de 28 años, es otro ejemplo de la realidad que viven muchas personas. Duerme en diferentes bancos de la Plaça de Sants y destaca que no solo tiene que luchar contra el frío. “Cuando llueve, es una tortura constante”, explica. “Tengo unas mantas, pero no sirven para la lluvia; se empapan y el agua te cala hasta los huesos. Hay noches que paso todo el rato moviéndome para intentar no mojarme, y cuando me despierto, tengo todo el cuerpo mojado y dolorido”. Whalid asegura que la lluvia multiplica la sensación de soledad y vulnerabilidad. “Te sientes completamente expuesto e invisible, como si la ciudad, o la vida, no existiera para ti”.
El frío y la ciudad
Los expertos recuerdan que las condiciones meteorológicas extremadamente bajas son solo una parte del problema. La falta de recursos, la presión de la gentrificación y los desalojos continuados generan un círculo vicioso: la pobreza, la precariedad y la invisibilidad social se refuerzan entre ellas, y cada invierno se convierte en una prueba de resistencia.
“Dormir en la calle es vivir con el cuerpo al límite cada día”, resume Whalid. “La ciudad tiene que entender que el sinhogarismo no es un problema solo de los más visibles, sino de toda la red urbana y social. Cada persona que duerme en la calle tiene una historia y una necesidad”, apunta.
Noche tras noche, una realidad que persiste
Las historias de José, Fátima, Hira y Manuel muestran que la vulnerabilidad no es abstracta ni estadística: es palpable, constante y profundamente arraigada al día a día del distrito de Sants-Montjuïc. Esta área, que concentra actualmente el número más elevado de personas durmiendo en la calle en Barcelona, se ha convertido en un escenario donde el frío, la lluvia y la dispersión geográfica se combinan para hacer aún más precaria la vida en la calle.
El distrito no es homogéneo: zonas como Montjuïc, la Marina, la Plaza de Sants, el polígono industrial de la Zona Franca y los entornos menos transitados se han convertido en refugios improvisados. En estos espacios, la invisibilidad es tanto una protección como un riesgo: protege de conflictos, pero deja a las personas completamente solas ante cualquier emergencia.
El frío y la humedad de este invierno ponen en evidencia que el sinhogarismo en el distrito no es solo una cuestión estadística, sino una experiencia concreta, intensa y a menudo invisible. Los datos oficiales solo reflejan una parte de la realidad: detrás de cada número hay personas con historias de vida, con necesidades inmediatas de calor, comida, seguridad y atención médica.
Las entidades sociales y los servicios municipales trabajan para ofrecer respuestas, pero la dispersión geográfica y la complejidad del sinhogarismo hacen que la intervención sea un reto constante. La noche en Sants-Montjuïc es una realidad que persiste sin descanso: personas que se despiertan con el cuerpo fatigado, pero con la determinación de continuar, conscientes de que cada día es una nueva batalla contra el frío, la lluvia y la invisibilidad.
Una “prioridad reforzada”
Después de las dos muertes del mes de enero, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, reclamó al Govern y a los municipios metropolitanos que el sinhogarismo sea una "prioridad reforzada". Collboni insistió en que el sinhogarismo "no es un problema que pueda afrontar solo el Ayuntamiento de Barcelona" y por eso pidió que fuera una "prioridad" de la Generalitat y de los municipios metropolitanos.
El alcalde ha remarcado que el consistorio barcelonés tiene 2.900 plazas para personas en situación de emergencia habitacional, a las cuales destina 51 millones de euros, y que se han aumentado en 200 por el frío. "La ciudad de Barcelona invierte en proteger a las personas que no tienen hogar o están en situación de emergencia habitacional casi un millón de euros a la semana", insistió.