Cuando el Gobierno anunció la remodelación de la calle de la Unión, el mensaje era inequívoco. Se trataba de una actuación destinada a transformar uno de los principales cuellos de botella de la red viaria del país. La receta pasaba por eliminar giros a la izquierda, suprimir zonas de carga y descarga y reorganizar completamente la circulación para conseguir una vía más fluida y segura.
La presentación fue solemne. Se anunciaron mejoras significativas en la capacidad del vial y se defendió que las molestias de las obras quedarían compensadas por los beneficios que obtendrían conductores, comercios y vecinos. La realidad, sin embargo, ha ido tomando otro camino.
Con el paso de las semanas, varios de los giros a la izquierda que habían desaparecido han vuelto a estar operativos. También se han recuperado zonas de carga y descarga que el proyecto original había eliminado. Es decir, algunos de los elementos que el mismo Gobierno consideraba incompatibles con la mejora de la circulación han acabado reintroduciéndose.
El anuncio del proyecto fue acompañado de fotografías, ruedas de prensa y declaraciones institucionales. En cambio, las rectificaciones posteriores han pasado prácticamente desapercibidas, sin una explicación pública con la misma visibilidad. Los cambios se han ido incorporando sobre el terreno sin el despliegue comunicativo que tuvo su eliminación.
Mientras tanto, las quejas de los vecinos continúan. Muchos ya advertían antes del inicio de las obras que el proyecto generaba dudas y que la reforma podía no resolver los problemas estructurales de movilidad de la zona. Hoy, viendo cómo se han ido recuperando algunos de los elementos eliminados, consideran que aquellas advertencias no iban descaminadas.
