Añadir La Ciutat como fuente preferida de Google de forma gratuita
Mantente informado con las últimas noticias de actualidad
¡Volvamos a empezar!
¿Por qué siempre se utiliza el odio a Cataluña y al catalán para conseguir votos en España? ¿Por qué no dejan en paz la cultura, la lengua y nuestra identidad y concentran sus esfuerzos en mejorar la vida de los ciudadanos?
Cataluña es una Nación milenaria, con una cultura y una lengua propias. Y esta riqueza, que debería ser un patrimonio a preservar por todos, se utiliza recurrentemente para debilitar nuestra identidad y, sobre todo, para conseguir votos fuera de nuestro país.
Alberto Núñez Feijóo presenta su plan de gobierno y vuelve a poner el catalán en el centro de la confrontación política. No para mejorar el conocimiento de las lenguas. No para facilitar que los niños y niñas aprendan mejor. No para reforzar la convivencia... sino para conseguir votos del españolismo más rancio.
El catalán no es un problema. El catalán es una lengua, es nuestra lengua. Es la lengua de nuestros abuelos, de nuestros padres, de nuestros hijos. Es la lengua de la cultura, de la literatura, de nuestras calles, de nuestros comercios y de nuestra vida cotidiana.
Y también es una herramienta de cohesión. De los que llegaron hace 50 años y de los que acaban de llegar. Porque una lengua debe servir para unir y no para separar. Por eso me preocupa que, una y otra vez, se quiera convertir el catalán en un arma política.
Porque sabemos a dónde lleva esto. Lo hemos visto demasiadas veces. Cuando se habla del catalán como si fuera una imposición, cuando se presenta nuestra lengua como una amenaza o cuando se cuestiona que en Cataluña queramos garantizar que los niños y niñas conozcan y utilicen la lengua propia del país, no se está haciendo solo un debate educativo. Se está alimentando una determinada idea de Cataluña. Una Cataluña que molesta. Una Cataluña que siempre tiene que dar explicaciones. Una Cataluña que algunos necesitan presentar como el problema para construir su propio discurso.
Y esto es atizar el anticatalanismo.
Y me da pena. Me da pena porque Cataluña no necesita más confrontación. Necesita que seamos capaces de defender el catalán con normalidad.
Sin pedir perdón, ni permiso. Sin gritar. Sin excluir a nadie y con la fortaleza de utilizar el catalán siempre, con todo el mundo y en todas partes, especialmente los políticos.
Cuando una persona habla catalán en Cataluña, no está atacando a nadie. Cuando una escuela enseña en catalán, no está atacando al castellano. Cuando una familia decide transmitir el catalán a sus hijos, no está excluyendo a nadie. Está manteniendo viva una lengua.
Yo querría que el catalán fuera una lengua de incorporación para cualquier persona que llega a Lleida, que la quisiera aprender porque es la lengua del lugar donde vive, porque le abre puertas y porque le permite participar plenamente de la sociedad. El catalán debe ser una oportunidad, no una barrera. Y esto también es responsabilidad nuestra.
Pero mientras nosotros intentamos construir una lengua de cohesión, hay quien vuelve a necesitar convertirla en una trinchera. Quizás porque electoralmente da rédito. Quizás porque hablar de Cataluña siempre ha sido una manera fácil de unir España contra alguien.
El catalán no necesita enemigos, necesita hablantes. Necesita escuelas. Necesita inmersión lingüística. Necesita familias que lo transmitan. Necesita comercios que lo utilicen. Necesita que lo podamos hablar con normalidad por la calle.
Y necesita, sobre todo, que dejemos de convertirlo en una batalla electoral.
Porque cuando se utiliza una lengua para dividir, para confrontar y para despertar sentimientos contra un territorio, no se está defendiendo ninguna lengua.
Se está haciendo política de confrontación con los sentimientos de la gente. Con los sentimientos de los no catalanes, claro.