Escribo estas líneas como alguien que ya ha dejado atrás la treintena, pero que mira con una mezcla de perplejidad y tristeza la realidad que hoy afrontan aquellos que apenas entran en esta etapa vital. A menudo se ha dicho que los treinta son "los nuevos veinte", una frase hecha que esconde una verdad mucho más cruda: la de una generación que, a pesar de estar en su teórica plenitud, se encuentra atrapada en una telaraña de precariedad y soledad.
En mi época, llegar a los treinta solía ir ligado a una cierta consolidación, a la creación de unos cimientos que permitían proyectar un futuro. Hoy, sin embargo, observo cómo muchos jóvenes tienen que dedicar toda su energía vital simplemente a mantenerse a flote. Lo que me preocupa no es solo la precariedad de sus nóminas o la imposibilidad de acceder a una vivienda digna, sino cómo estas carencias están erosionando de manera silenciosa su salud social.
La soledad que sufren muchos treintañeros actuales no es fruto de una falta de carácter o de un exceso de pantallas. Es la consecuencia lógica de un modelo de vida que prioriza la disponibilidad laboral absoluta por encima de los vínculos humanos. Cuando vives encadenando trabajos inestables, cuando te tienes que mudar cada pocos años porque no puedes pagar el alquiler o cuando la jornada laboral se alarga hasta el agotamiento, lo primero que se pierde es el derecho a la comunidad.
Es espeluznante ver cómo hemos normalizado que la gente joven esté "demasiado cansada para vivir". Hemos creado una sociedad donde el tiempo de ocio y el encuentro con el otro se han convertido en un lujo que muchos no se pueden permitir, no por falta de dinero, sino por falta de energía y de estabilidad. La soledad se ha convertido en el efecto secundario de una precariedad que aísla: si no sabes dónde estarás el año que viene, ¿cómo puedes construir una red de amigos o una vida de barrio?
Como sociedad, no podemos dar la espalda a esta realidad. No es un "problema de jóvenes", es una herida colectiva. Si permitimos que la precariedad continúe destrozando los espacios de socialización de aquellos que deberían estar construyendo su futuro, estamos condenando a toda la comunidad a un aislamiento crónico. Necesitamos políticas que devuelvan el tiempo y la seguridad a las personas, porque ¿de qué sirve el progreso económico si nos acaba dejando solos en medio de una multitud conectada pero vacía?
Hay que reivindicar el derecho a estar juntos, a tener vidas que no sean solo productivas, sino también compartidas. Porque una generación que no puede cultivar sus vínculos es una generación que camina hacia un abismo emocional que nos acabará afectando a todos.