Hay una pregunta que me ronda la cabeza desde hace tiempo: ¿estamos cuidando suficiente Lleida? Cuando hablamos del futuro de la ciudad, a menudo lo hacemos a partir de los grandes proyectos, de las inversiones millonarias o de los anuncios que ocupan titulares. Y es evidente que las grandes transformaciones son importantes. Pero creo que nos equivocaríamos si pensáramos que el futuro de una ciudad depende solo de eso.
Las ciudades no se construyen únicamente a base de grandes proyectos. Las ciudades se construyen cada día. O, dicho de otra manera, las ciudades se cuidan cada día. Y tengo la sensación de que, poco a poco, Lleida se está dejando ir.
No es una cuestión de dramatizar ni de dibujar una ciudad que no existe. Lleida sigue siendo una ciudad extraordinaria. Tiene talento, capacidad, una situación geográfica privilegiada, una Horta única y una ciudadanía comprometida. Precisamente porque es una ciudad extraordinaria, deberíamos permitirnos ser mucho más exigentes con nosotros mismos. Porque las ciudades no se dejan ir de un día para otro. Se dejan de cuidar poco a poco.
Empieza cuando una calle está sucia y nadie actúa. Cuando los chicles pegados al pavimento ya parecen formar parte del paisaje. Cuando los restos de bebidas en el suelo nos obligan a mirar dónde ponemos los pies. Cuando las persianas bajadas acumulan suciedad detrás de las rejas, las puertas aparecen pintadas o los cables cuelgan de las fachadas sin que nadie intervenga. Podría parecer una cuestión menor, pero no lo es. Las ciudades también se explican a través de los detalles. Y son estos pequeños detalles los que acaban transmitiendo una sensación de dejadez.
Por eso hay una palabra que me gusta especialmente: ordenada. Yo quiero una Lleida ordenada. Y cuando digo ordenada no hablo solo de limpieza. Hablo de una ciudad que se conoce, que se gestiona y que se puede mejorar. Porque el desorden acaba llevando al caos. Y una ciudad no se construye desde el caos. Se construye desde el orden, la planificación y el cuidado de los detalles. Pero una ciudad que se cuida no es solo una ciudad ordenada. Es también una ciudad que genera oportunidades.
No me conformo con pensar que el futuro de nuestros jóvenes está fuera de Lleida. Tenemos universidad, tenemos talento y tenemos capacidad empresarial. Pero todavía no somos capaces de convertir todo este potencial en una ciudad donde los jóvenes puedan desarrollar su proyecto de vida.
Necesitamos diversificar nuestro tejido productivo, apostar por una industria de calidad y generar empleo cualificado. Y esto también pasa por la vivienda. Porque la vivienda no es solo una política pública; es la diferencia entre quedarse en Lleida o tener que marcharse.
También debemos cuidar nuestra identidad. Una ciudad no es solo un lugar donde vivir, es un lugar donde reconocernos. Y cuando dejamos perder aquello que nos hace singulares, también perdemos una parte de lo que somos. Lo hemos visto recientemente con la Batalla de Flores. Pero podría poner muchos otros ejemplos. Cuando la cultura popular deja de ser una prioridad o cuando las entidades tienen que luchar solas para mantener viva la actividad de la ciudad, no solo perdemos actos. Perdemos cohesión y perdemos orgullo de ciudad.
Y lo mismo pasa con el comercio de proximidad. Cuando un comercio cierra, no solo desaparece una actividad económica. Perdemos vida en las calles, relaciones humanas e identidad.
También debemos ser exigentes con la convivencia. Una ciudad es una comunidad y las comunidades necesitan derechos, pero también deberes. Integrar no es ignorar los problemas; es afrontarlos con responsabilidad y con respeto por las normas que nos hemos dado entre todos.
Y, sobre todo, debemos saber priorizar. Porque no necesitamos una ciudad que viva permanentemente pendiente de los grandes anuncios. Necesitamos una ciudad que funcione. Una ciudad con refugios climáticos, árboles adaptados a nuestra climatología y espacios seguros para que los niños puedan jugar y las personas mayores pasear con tranquilidad. Una ciudad con un transporte público eficiente, sin barrios de primera y barrios de segunda, y con equipamientos que se mantengan antes de que se deterioren.
Porque, al final, no son los grandes proyectos los que hacen grande una ciudad. Son los pequeños proyectos cotidianos los que hacen la ciudad grande.
No aspiro a una ciudad perfecta. Aspiro a una ciudad que se cuide. Porque una ciudad también es una manera de amar aquello que es de todos. Y estoy convencida de que Lleida merece que la cuidemos mucho más.