OPINIÓN | La cooperación al desarrollo: una inversión en dignidad, paz y futuro

Artículo de opinión de Alberto Bondesio, diputado del PSC por Tarragona

Alberto Bondesio
24 de agosto de 2026 a las 10:56h
Actualizado: 24 de agosto de 2026 a las 10:59h

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En un mundo donde las crisis humanitarias, los conflictos armados, el cambio climático y las desigualdades se retroalimentan, la cooperación internacional ha dejado de ser una cuestión de solidaridad voluntaria para convertirse en una necesidad estratégica. Cataluña, a través de la Generalitat, ha sido históricamente un actor comprometido con esta responsabilidad global. Mantener y reforzar este compromiso no solo responde a un imperativo ético, sino también a una visión inteligente de nuestro futuro compartido.

La misma Carta de las Naciones Unidas recuerda que la paz duradera solo es posible si va acompañada de justicia social, desarrollo y respeto por los derechos humanos. La Declaración Universal de los Derechos Humanos reafirma que toda persona, por el simple hecho de nacer, tiene derecho a una vida digna, a la alimentación, a la salud, a la educación y a la libertad. La cooperación al desarrollo es, precisamente, una herramienta para que estos derechos dejen de ser una declaración de intenciones y se conviertan en una realidad que interpela a todas las administraciones públicas, incluida la Generalitat de Cataluña.

Este mensaje también ha sido reforzado por el papa León XIV, que ha situado la dignidad humana, la fraternidad entre pueblos, la cultura de la paz y la responsabilidad compartida ante las desigualdades globales entre los ejes centrales de su pontificado. En un tiempo marcado por la polarización, su discurso recuerda que la indiferencia no construye sociedades más seguras, mientras que la cooperación genera esperanza, estabilidad y confianza entre las naciones.

Cataluña dispone hoy de una política pública de cooperación consolidada. El presupuesto destinado a cooperación internacional y acción humanitaria supera los 80 millones de euros anuales, una cifra que representa una pequeña parte del presupuesto global de la Generalitat —menos del 0,3%— pero que tiene una capacidad transformadora extraordinaria. Cada euro invertido contribuye a financiar programas de acceso a agua potable, salud maternoinfantil, educación, agricultura sostenible, protección de personas refugiadas, defensa de los derechos humanos y fortalecimiento institucional en decenas de países.

Los recursos destinados a cooperación no son un gasto inútil. Son una inversión. Una inversión en justicia global, en fomento de la paz y para mejorar la vida de las personas en todo el mundo.

Ustedes no creen en la justicia social global, de acuerdo. Pero miren: incluso desde un punto de vista egoísta, la cooperación al desarrollo beneficia a todo el mundo: porque cuando ayudamos a mejorar la vida en los lugares donde cooperamos, invertimos en su estabilidad y también en la nuestra.

El impacto de la cooperación es inmenso. Según las Naciones Unidas, más de 700 millones de personas continúan viviendo en situación de pobreza extrema; cerca de 120 millones han sido desplazadas forzosamente por guerras o persecuciones; y más de 300 millones necesitan asistencia humanitaria urgente. Ante estas magnitudes, las aportaciones de gobiernos como el catalán, sumadas a las de muchas otras administraciones y organizaciones, permiten salvar millones de vidas cada año, prevenir conflictos, reducir migraciones forzadas y generar oportunidades económicas locales.

La cooperación no es caridad. Es prevención de conflictos, es estabilidad internacional, es defensa de los derechos humanos y también es una inversión en nuestra propia seguridad colectiva. En un mundo globalizado, las crisis no conocen fronteras: las pandemias, la emergencia climática o los desplazamientos masivos afectan a todo el mundo. Invertir en desarrollo es actuar sobre las causas profundas de los problemas antes de que lleguen con un coste mucho más elevado.

Cataluña aporta al diálogo, la solidaridad y al compromiso con los derechos humanos. Preservar y ampliar esta apuesta significa ser coherentes con los valores que proclaman las Naciones Unidas, los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la tradición humanista europea. La cooperación al desarrollo no es un gasto prescindible en tiempos difíciles: es una de las inversiones más rentables en términos de dignidad humana, paz y futuro compartido. Una sociedad que ayuda a construir esperanza más allá de sus fronteras es también una sociedad más fuerte, más segura y más fiel a sus principios.

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