La tecnología que ha permitido transmitir datos a 112 Gbps sin cables

28 de mayo de 2026 a las 11:00h
Actualizado: 28 de mayo de 2026 a las 11:10h

Transmitir datos sin cables a 112 Gbps ya no es un sueño. Un equipo japonés ha demostrado una comunicación inalámbrica de un solo canal en la banda de 560 GHz, frecuencias muy altas que empiezan a perfilarse como base técnica del 6G. El secreto está en una pieza diminuta: un microcomb de solitones capaz de generar señales más estables y menos ruidosas que las soluciones electrónicas tradicionales.

Un salto inalámbrico en una zona difícil del espectro

El avance ha sido presentado por investigadores de la Universidad de Tokushima, Japón, con participación de la Universidad de Gifu y publicado en Communications Engineering, de Nature. La cifra que llama más la atención es evidente: esos 112 Gbps sin cables. Sin embargo, el detalle está en la frecuencia empleada. La transmisión se ha hecho a 560 GHz, por encima de los 420 GHz, donde hasta ahora resultaba casi imposible sostener comunicaciones inalámbricas de clase 100 Gbps.

Las comunicaciones móviles actuales se apoyan en bandas mucho más bajas, pero el crecimiento del tráfico de datos obliga a mirar hacia regiones menos saturadas del espectro, donde jugar al sugar rush sin depender de una red Wi-Fi pueda ser mucho más estable. Ahí aparecen las ondas de terahercios, situadas por encima de los 300 GHz, que ofrecen mucho ancho de banda, aunque también plantean problemas serios: menor alcance, sensibilidad a obstáculos y dificultades para generar señales limpias.

El reto principal estaba en el ruido de fase y en la pérdida de potencia cuando se intenta trabajar por encima de 350 GHz. En términos sencillos, cuanto más alta es la frecuencia, más difícil resulta mantener una portadora estable. Por eso este experimento no consiste en “ir más rápido”, solo en demostrar que es posible controlar una señal de 560 GHz con precisión suficiente.

El microcomb, la pieza diminuta que puede ayudar al 6G

La clave está en un microcomb de solitones de nitruro de silicio acoplado a fibra. Un microcomb funciona como una especie de peine óptico en miniatura: genera muchas líneas de frecuencia muy estables y espaciadas de forma regular. En este caso, los investigadores usaron esa referencia óptica para bloquear dos láseres y combinarlos mediante fotomezcla, creando una onda de terahercios con baja fluctuación.

Esa estabilidad permitió usar formatos de modulación avanzados. En las pruebas se alcanzaron 84 Gbps con QPSK y 112 Gbps con 16QAM, dos técnicas que codifican información manipulando la fase y la amplitud de la señal. Aquí no se trataba únicamente de emitir una onda a una frecuencia altísima, más bien de transportar muchos bits de forma recuperable.

Aun así, este avance no significa que tu próximo smartphone vaya a conectarse directamente a una frecuencia tan alta. Las ondas de terahercios tienen limitaciones físicas importantes y su aplicación más realista está en enlaces de corto alcance, muy direccionales y de altísima capacidad. Por ejemplo, para el backhaul móvil: conexiones entre antenas, estaciones base o nodos de red.

El valor del experimento está en abrir una vía técnica para redes 6G más densas, rápidas, ideales para jugar a juegos de casino por internet y combinadas con tecnologías fotónicas. Todavía quedan barreras por resolver, como aumentar la distancia de transmisión, mejorar la potencia de salida y optimizar las antenas, pero ya se ha dado un salto, descubrir que una tecnología diminuta puede ser decisiva para que las redes inalámbricas del futuro se acerquen a velocidades de fibra.

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