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Cuando hablamos de la comunidad gitana de Tarragona, la Parte Alta es uno de los primeros lugares que nos viene a la cabeza y los gigantes son probablemente una de las señas de identidad del colectivo dentro de la cultura popular de la ciudad. Este vínculo con el Seguici ha construido una tradición casi bicentenaria y ha convertido el caso tarraconense en una realidad prácticamente única en el país.
Hace justo 175 años, Tarragona estrenaba su nueva pareja de Gegants Moros, que saldrían por primera vez durante el Corpus de 1851. Las dos piezas fueron obra de Bernat Verderol y los gitanos estuvieron ligados a ellas desde su nacimiento. “Los gitanos ya éramos portadores de los Gegants Vells, hasta que se cedieron al barrio. En 1851 hicieron otra pareja de gigantes y el Ayuntamiento quería que los portadores continuaran siendo gitanitos”, explica Miquel Ximenis, actual jefe de colla.
En este sentido, Miquel subraya que el colectivo gitano estaba predestinado a hacer bailar los Gegants Moros: “Siempre han ido de verde y azul (colores de la bandera gitana). Estos gigantes estaban hechos para que los portara la comunidad gitana”. La tradición se fue consolidando, haciendo de esta cuestión un rasgo diferencial de nuestra fiesta y una muestra del mestizaje de Tarragona. “Los gitanos de Tarragona y los payos hemos convivido toda la vida juntos y nos hemos ayudado los unos a los otros. Estamos muy bien integrados tanto en el seguici como en la cultura y la ciudad. Siempre nos han dicho que, si los gigantes no los llevaran los gitanos, no sería lo mismo”, reflexiona Miquel.
Poco después también se añadiría la pareja de Gegantons Negritos. Él se estrenó en 1856 y ella en 1859. Ambos estuvieron vinculados a la comunidad desde sus inicios.
¿Quiénes eran los gigantes?
Aunque el origen de muchas piezas centenarias de la cultura popular es confuso, Miquel asegura que ambas figuras estarían basadas en personas reales de la época. A pesar de que corren diversas versiones, Miquel explica que él está inspirado en el Valatxo, un gitano de Barcelona que tenía familia tarraconense. “Hicieron un casting y el que más gustaba era el Valatxo, que tenía rasgos árabes”, afirma. En cambio, ella -la Maria- era una gitana que había participado en diversos certámenes de belleza y estaba casada con un médico que no formaba parte de la comunidad.
Gigantes familiares
De hecho, esta y otras historias se transmiten de generación en generación, como también lo ha hecho la responsabilidad de llevar las piezas. Sin ir más lejos, Miquel proviene de una estirpe de portadores y jefes de grupo que se remonta hasta su bisabuelo. Miquel empezó portando la Negrita en 1996 porque era la pieza que bailaba su padre y en 2012 pasó a llevar el Gigante Moro también por el vínculo familiar. “Lo llevaba un primo sin descendientes y entonces me lo pasó”.
Con todo, hay tradiciones que han ido cambiando. Por ejemplo, antes de 2019 quien era jefe de grupo no llevaba ninguna de los cuatro gigantes, hasta que Miquel lo modificó: “todos somos grandes y maduros y no hace falta tener una persona siempre controlando”. Además, también instauró la existencia de portadores suplentes para cada una de las cuatro piezas. “Cuando una persona no tiene descendientes, uno de los suplentes puede coger la pieza”, remarca.
Esta voluntad de adaptar algunas de las dinámicas del grupo también ha permitido romper, puntualmente, otra de sus tradiciones. A pesar de que históricamente han sido los gitanos los encargados de hacer bailar los Gigantes Moros, ha habido algunas excepciones. Una es la de Xavier Ortiz, actual suplente del Gigante Moro y vinculado desde hace muchos años al mundo gigantesco. "Ya es uno más de nosotros", asegura Miquel. El otro precedente es el de Antonio Segura, otro tipo que también fue portador de los gigantes y que en 2001 llegó a ser nombrado Perpetuador de las Fiestas.
Estas excepciones, sin embargo, todavía no han llegado a todos los ámbitos. La presencia de mujeres entre los portadores continúa siendo inexistente y, a pesar de que Miquel asegura que "ojalá" puedan tener cabida en un futuro, reconoce que hoy en día parece difícil romper con una tradición que durante generaciones ha sido exclusivamente masculina.
Una manera de bailar propia
Realmente, la particularidad tanto de los Gigantes Moros como de los Gigantones Negritos no se centra solo en sus portadores, sino también en la manera que tienen de darles vida. El caso del Negrito es quizás el más evidente, ya que tiene las piernas al descubierto y su particular baile luce al máximo. Con todo, esta manera tan particular de moverse por la plaza es compartida por las cuatro piezas. “Todo el mundo quiere bailar la Amparito Roca como lo hacen los gigantes de Tarragona, pero es imposible. Los gitanos de Tarragona desprendemos arte, nos sale de dentro”, explica Miquel.
De hecho, su manera de bailar mantiene todavía un fuerte arraigo y un importante componente de espontaneidad. “En 175 años no hemos ensayado nunca. Cuando somos pequeños vamos con nuestros padres, después llevamos la toalla y cuando tenemos unos 12-13 años empezamos a llevar gigantes por las calles llanas. Sentimos la música y los pies se mueven solos”, apunta.
Aun así, siempre ha habido oportunidades para incorporar novedades en sus pasos. Uno de los más aplaudidos es el cambio de parejas del 23 de septiembre por la tarde, cuando el Negrito baja las escaleras para bailar con la Geganta y la Negrita hace lo mismo con el otro miembro de la pareja. “La idea surgió de mi primo Juanito, que es muy rumbero. Ahora hay muchas poblaciones que nos lo han copiado”, señala. Durante esta peculiar danza, uno de los pasos más aclamados lo protagoniza la Geganta, que mueve los pechos y arranca los gritos de todo el público de la plaza.
Las dos piezas originales
Como sucede con otros elementos del séquito, los dos gigantes que actualmente bailan por la calle no son los originales. La pareja a la que dio vida Bernat Verderol en 1851 formó parte del séquito hasta 1985, cuando Magí Barenys hizo unas réplicas con fibra de vidrio más ligeras y se renovó toda la vestimenta y la joyería.
De las piezas originales, Miquel recuerda una anécdota que protagonizó su abuelo. Precisamente, fue él quien decidió que en su paso por la Baixada de Misericòrdia la Geganta descendiera dando vueltas. En una ocasión, sin embargo, las cosas no salieron como era habitual. La Geganta se desequilibró y bajó toda la calle como si fuera un patinete hasta quedar incrustada en el local donde actualmente están los Turrones Vicens. “Por eso, la geganta antigua tiene un ojo más pequeño que el otro. No se pudo restaurar al 100%”, menciona.
Más allá de este hecho puntual, los gigantes han sufrido ligeros cambios a lo largo del tiempo. Seguramente, uno de los más claros es el ramo de flores de la Geganta. A pesar de que en sus inicios siempre había llevado un espejo, a principios del siglo pasado se cambió por un ramo. La variación se mantendría hasta 2015, cuando Àngels Cantos hizo una restauración integral y el espejo volvió a la mano de Maria.
Al fin y al cabo, los Gigantes Moros han cambiado de trajes, de materiales e incluso de algunas de sus dinámicas, pero hay dos cosas que se han mantenido intactas durante estos 175 años. El aprecio de Tarragona y el vínculo con la comunidad gitana. Es difícil imaginarlos sin esa manera tan propia de moverse, sin esa transmisión familiar y sin un colectivo que les ha dado una personalidad que va mucho más allá de las mismas figuras. Aunque no entenderíamos los Gigantes Moros sin los gitanos de Tarragona, Miquel recalca que la pareja “no es nuestra, es de toda la ciudad”.
Tarragona les ofrecerá su particular homenaje este martes 15 de septiembre, cuando sus portadores serán nombrados Perpetuadores de Santa Tecla 2026.