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Ir a comprar, llevar a los niños a la escuela, ir a la playa o simplemente pasear por el barrio son actividades que, para muchos residentes del Gòtic, la Barceloneta y la Sagrada Família, ya no siempre se pueden hacer de manera espontánea. Un estudio de la Universitat Rovira i Virgili (URV) concluye que el sobreturismo está modificando los hábitos de movilidad de los vecinos de estas tres zonas de Barcelona.
La investigación, publicada en la revista Tourism Planning & Development y desarrollada en el marco del proyecto VISITMOB, analiza cómo la concentración de visitantes afecta los desplazamientos del día a día. El estudio está encabezado por Willian Cerino y Aaron Gutiérrez, del Departament de Geografia de la URV, con la participación de Marta Benages-Albert, de la Universitat Internacional de Catalunya.
Los investigadores señalan que los efectos del turismo van más allá de la vivienda, el comercio o la actividad económica. La presión turística también modifica la manera como los residentes utilizan y atraviesan su propio entorno.
44 entrevistas a pie de calle con vecinos
Para analizar esta realidad, el equipo realizó 44 entrevistas a residentes de los tres barrios mediante la metodología conocida como walk-along. Los investigadores acompañaban a las personas participantes mientras hacían recorridos habituales, como ir al supermercado, acceder a servicios, llevar a los hijos a la escuela o a actividades extraescolares o acompañar a personas mayores.
Esta técnica permitía observar directamente cómo la presencia de turistas interfiere en los itinerarios habituales y cómo los vecinos adaptan su comportamiento ante la masificación.
Cambiar de ruta o de hora para evitar los turistas
Una de las principales conclusiones es que muchos residentes han incorporado estrategias para esquivar las calles y espacios más congestionados. Algunos cambian de trayecto para evitar determinadas plazas o vías especialmente saturadas, mientras que otros modifican los horarios para ir a comprar, pasear o ir a la playa cuando hay menos visitantes.
Estas decisiones acaban formando parte de la rutina cotidiana. Los residentes buscan itinerarios alternativos, espacios más tranquilos o momentos del día con menos afluencia para poder hacer actividades tan básicas como desplazarse por su propio barrio.
Según Aaron Gutiérrez, esta transformación revela un cambio en la relación entre los vecinos y el espacio que habitan. Algunos lugares que antes funcionaban como espacios de vida comunitaria pasan a ser percibidos como "territorio turístico", más orientado al consumo de los visitantes que a las necesidades cotidianas de la población local.
Esto, según el investigador, puede generar una sensación de pérdida de espacio propio y de desplazamiento de la población residente.
La presión turística no es igual en los tres barrios
El estudio también detecta diferencias en la manera en que se concentra el turismo.
En la Sagrada Familia, la presión se focaliza especialmente alrededor de la basílica y en las calles más cercanas. En la Barceloneta, los flujos de visitantes se concentran sobre todo en las zonas cercanas al frente marítimo y en las calles que conectan con él.
En el Gótico, en cambio, la presencia turística está más extendida por todo el barrio. La trama de calles estrechas, el patrimonio y el elevado grado de peatonalización facilitan una distribución más amplia de los visitantes.
Personas mayores y familias con niños, entre los más afectados
Las dificultades tampoco son las mismas para todos los residentes. Las personas mayores, los vecinos que hace más tiempo que viven en el barrio y las personas con responsabilidades de cuidado, especialmente las que se desplazan con niños, describen más problemas en sus trayectos habituales.
La necesidad de esquivar grupos de turistas, bicicletas de alquiler o patinetes incrementa, en estos casos, la sensación de incomodidad e inseguridad.
Las entrevistas también muestran que los grupos numerosos pueden dificultar caminar por las aceras, cruzar calles o utilizar los carriles bici. Los residentes tienen que negociar constantemente su paso con otros usuarios del espacio público.
El problema, según la investigación, no es solo el número de visitantes, sino también cómo se mueven por el barrio: en grupos numerosos, con trayectorias poco predecibles y ocupando una parte considerable de los espacios de paso.
Plazas y calles que dejan de ser espacios vecinales
La masificación también afecta al uso cotidiano de plazas, parques y calles principales. Algunos residentes explican que determinados espacios han dejado de funcionar como puntos de encuentro del vecindario y se han convertido sobre todo en zonas de tránsito turístico.
Esta transformación alimenta una percepción de pérdida de calidad de vida y de cambio en la identidad de los barrios.
Las entrevistas también recogen una sensación de inseguridad asociada a la concentración de visitantes. El estudio no describe una situación de violencia estructural, pero sí que algunos participantes relacionan las zonas con más afluencia turística con una mayor presencia percibida de hurtos o pequeños delitos.
Esta percepción puede acabar influyendo también en los itinerarios de los residentes, que optan por evitar algunos espacios en determinadas franjas del día.
El recuerdo de la pandemia como alternativa al modelo actual
La pandemia de la COVID-19 aparece con fuerza en los testimonios recogidos. La drástica reducción de la actividad turística permitió a muchos vecinos redescubrir sus barrios con más tranquilidad y recuperar una percepción más comunitaria del espacio público.
Algunos participantes recuerdan aquel período como una etapa excepcional en la que podían desplazarse con más calma y reconocer mejor a las personas que vivían a su alrededor.
La recuperación del turismo masivo volvió a activar las preocupaciones anteriores. En algunos casos, los residentes expresan la sensación de que aquel momento de menor presión turística había sido una oportunidad para replantear el modelo de ciudad y de turismo que finalmente no se aprovechó.