Este año, cuando se cumplen 15 años del 15-M, una de las figuras académicas y políticas que mejor interpretó y vivió aquel momento, Raimundo Viejo (1969), hace balance desde la distancia crítica. Considerado uno de los actores y analistas destacados de aquel ciclo de movilización, revisa cómo aquel acontecimiento alteró las coordenadas de la política española y abrió un proceso de transformación aún hoy en curso.
¿Qué papel ocupa el 15-M en su trayectoria personal y en la evolución reciente de la política española?
El 15-M representa, sin duda, un antes y un después, tanto en mi trayectoria personal como en la comprensión global de la política contemporánea en España. A menudo, el relato público sitúa el origen del cambio en la aparición de nuevas formaciones como Podemos o en experiencias municipales como las lideradas por Ada Colau, pero eso es solo la superficie. Las raíces profundas, estructurales, del cambio político hay que situarlas en el 15-M. Si observamos los datos con detenimiento, ya en aquel momento se detecta una caída clara del bipartidismo. Las encuestas del 15-M anticipaban el desgaste del PSOE y del PP. La emergencia posterior de nuevas fuerzas políticas no hizo más que materializar una transformación que ya estaba en marcha. A partir de aquel momento, la política española dejó de ser la que había sido durante décadas. Hasta entonces, distinguíamos con claridad entre una política institucional, centrada en los partidos, y otra vinculada a los movimientos sociales, considerada subsidiaria. El 15-M rompe este esquema: los movimientos pasan a ocupar un lugar central en la configuración del debate público y en la generación de nuevas formas de acción política. Ahora bien, este proceso también estuvo marcado por ciertas simplificaciones.
¿Qué limitaciones se evidenciaron en la relación entre los movimientos sociales y la política institucional después del 15-M, y por qué considera que hoy es necesaria una revisión profunda del sistema democrático?
Algunos activistas interpretaron que la lógica de los movimientos se podía trasladar directamente a la política institucional, mientras que desde los partidos se infravaloró la capacidad transformadora de estos nuevos actores. Con el tiempo, se ha demostrado que ambas visiones eran parciales. Desde una perspectiva actual, creo que nos encontramos en un momento que exige una revisión profunda. Hay que repensar el sistema político en clave más democrática, con mecanismos de participación más amplios y con una nueva generación de dirigentes. La democracia del 78 fue un avance importante, pero se quedó a medio camino y hoy muestra signos evidentes de agotamiento.
¿Cómo se gestaron los inicios del 15-M y qué papel jugaron las redes sociales y las nuevas tecnologías?
El 15-M puede considerarse el primer gran movimiento político plenamente inserto en la lógica de la web 2.0. Había antecedentes, como el 11-M, donde ya se utilizaron herramientas digitales como los SMS o los primeros formatos de comunicación en línea. Sin embargo, el salto cualitativo se produce con la generalización de los móviles y la expansión de las redes sociales. Estas tecnologías permitieron una capacidad de movilización y coordinación sin precedentes. Las asambleas no solo eran espacios físicos, sino también digitales, con retransmisiones en directo, uso intensivo de hashtags y una circulación constante de información. Desde una perspectiva biográfica, yo he tenido la oportunidad de vivir todas las etapas de la comunicación política: desde las convocatorias telefónicas y el fax, pasando por la llegada de internet y las listas de correo, hasta el ecosistema actual de redes sociales. El 15-M es un punto de inflexión en esta evolución. Con todo, también hay que señalar los límites de estas herramientas. Ya entonces yo era relativamente escéptico respecto al tecnooptimismo dominante. Con el tiempo, se ha evidenciado que los algoritmos pueden distorsionar el debate público y favorecer dinámicas que debilitan la calidad democrática, incluso facilitando el auge de discursos autoritarios.
¿Cómo ha evolucionado el contexto político y social desde el 15-M hasta la actualidad?
Lo que hemos vivido desde 2011 hasta hoy es una transformación de una magnitud extraordinaria. De hecho, si comparamos los cuarenta años previos al 15-M con el período posterior, el ritmo y la profundidad de los cambios recientes son claramente superiores. La política se ha ido haciendo compleja de manera progresiva. Hoy nos encontramos en un escenario donde los actores son múltiples, cambiantes y a menudo difusos, y donde los marcos tradicionales de análisis ya no son suficientes para explicar lo que pasa. Nuestras “gramáticas políticas” —las maneras habituales de interpretar la realidad— han cambiado, y esto genera una sensación creciente de desorientación colectiva. En este contexto, es importante precisar una cosa: el 15-M no es, estrictamente, un movimiento. Es un acontecimiento, una irrupción, una condición de posibilidad que hace emerger una nueva política de movimientos. Reducirlo a la categoría de “movimiento” es simplificarlo y, en parte, malentenderlo. Por eso, más que un objeto político cerrado, hay que entenderlo como un proceso abierto que ha alterado las coordenadas desde las que pensamos la política hoy.
¿Hoy día, le genera preocupación las posibles derivas autoritarias?
Sí, y de manera clara. Yo tengo memoria de la muerte de Franco, y recuerdo perfectamente aquel clima de incertidumbre. Hoy no se trata de un retorno literal al pasado, pero sí de un nuevo tipo de autoritarismo mucho más complejo. No solo afecta a las instituciones, sino que pone en cuestión la vida misma: el cambio climático, las migraciones, las condiciones materiales de existencia. Además, los actores ya no son solo individuos concretos, sino entramados tecnológicos, económicos y políticos que hacen mucho más difícil intervenir en ellos.
¿Cómo interpreta, en este contexto, la situación política actual en Cataluña?
El caso catalán refleja bien esta desconexión. Se ha vivido una movilización sostenida durante años, pero a menudo con categorías propias de otras épocas. Es una política del siglo XXI que mira al siglo XX con relatos del XIX. El resultado es que no se han alcanzado objetivos y, además, han emergido nuevas fuerzas reaccionarias. Hay una debilidad estructural clara y una falta de proyecto político con perspectiva de futuro.
¿A pesar de este escenario, ve elementos de esperanza o de progreso?
Sí, los hay. A pesar de las dificultades, se han producido formas de progreso. No lineales ni iguales para todos, pero reales. Hay que evitar visiones simplistas. Ahora bien, esto no quiere decir ignorar los riesgos. Hay una deriva autoritaria evidente en algunos contextos, y hay que analizarla con rigor y sin exageraciones retóricas.
¿Por qué cree que, a pesar de la precariedad actual, no se ha producido un nuevo 15-M?
Esta es la gran incógnita. El contexto actual es fruto de décadas de planificación política y económica, especialmente desde los años ochenta con Reagan y Thatcher. La precariedad es hoy más intensa, especialmente entre los jóvenes, pero las formas de movilización han cambiado. Además, el capitalismo ha sabido gestionar y anticipar muchos de los conflictos, dificultando la aparición de movimientos masivos como el 15-M.
En un contexto en el que las encuestas, la polarización mediática y el debate sobre la corrupción condicionan la percepción pública, ¿cómo interpreta usted la relación entre opinión pública, movilización política y los diferentes tipos de corrupción en el sistema político actual?
Las encuestas incorporan a menudo un cálculo implícito que parte de la idea de que la crispación generada por los medios tiene un efecto político directo y eficiente. Es decir, se presupone que este nivel de tensión comunicativa se traducirá automáticamente en resultados electorales o en cambios de comportamiento político. Sin embargo, esta hipótesis no siempre se confirma empíricamente. De hecho, lo que observamos es que, aunque en determinados momentos la izquierda puede aparecer menos movilizada que la derecha —entre otras cosas porque acostumbra a ser un electorado más exigente en términos intelectuales y de validación política— esto no implica necesariamente una traducción directa de la crispación mediática en resultados políticos.
¿Cómo se debería interpretar hoy el fenómeno de la corrupción en política: como una suma de casos individuales o como una expresión de dinámicas estructurales más profundas dentro de las democracias contemporáneas?
Es evidente que casos como los de Cerdán o Ábalos son reprobables y deben ser juzgados con toda la contundencia democrática e institucional. Ahora bien, si se hace un análisis comparativo, se puede argumentar que se trata de una corrupción relativamente menor si se pone al lado de otros casos estructurales del sistema político español. Por ejemplo, los casos vinculados a la etapa de Mariano Rajoy o el caso Montoro apuntan a dinámicas más profundas. En este sentido, el caso Montoro, a menudo poco debatido en el espacio público, se ha interpretado como una posible mutación del régimen, en la medida en que ya no se trata solo de corrupción puntual vinculada a individuos, sino de formas más estructurales de influencia sobre las políticas públicas. Esta lectura conecta con algunas de las intuiciones que ya aparecen en el contexto del 15-M, cuando se popularizó la idea de la cleptocracia como una evolución posible del régimen del 78: no solo la corrupción como desviación individual, sino como forma sistémica de interacción entre poder político, económico e institucional. Desde esta perspectiva, el problema no es únicamente la corrupción clásica, sino la posibilidad de que las políticas públicas acaben condicionadas por intereses muy concretos, a menudo vinculados a grandes actores económicos. Esto es lo que genera una sensación creciente de desconfianza, porque la frontera entre decisión política y beneficio privado se vuelve cada vez más difusa. Este fenómeno no es exclusivo de un país. Se puede observar, con diferentes intensidades, en contextos como los Estados Unidos o la Argentina, donde la conexión entre decisión política e impacto económico directo de los actores implicados es especialmente visible.
¿Qué lectura hace de los casos de polarización política y violencia institucional en contextos como los Estados Unidos o la Argentina, y hasta qué punto estos fenómenos reflejan transformaciones más profundas de la política global?
La Argentina es, en este sentido, un caso especialmente problemático. Lo que está intentando hacer Milei, con una mezcla de política económica radical y exposición directa a los mercados, abre interrogantes muy serios sobre hasta qué punto la política puede acabar completamente subordinada a dinámicas financieras. Habrá que ver cómo evoluciona, pero en todo caso es un laboratorio extremo de lo que pueden llegar a ser estas nuevas formas de gobernanza. En el caso de los Estados Unidos, el problema es diferente pero igualmente preocupante. Trump representa una figura que encarna una polarización extrema del sistema político. Yo tengo la sensación —y esto es una lectura personal— de que él mismo es consciente del momento vital y político en el que se encuentra, como si actuara ya en una lógica de “morir matando” políticamente, tensando al máximo el sistema hasta el final de su ciclo. Cuando se producen episodios como intentos de atentado, el debate público a menudo tiende a simplificarse, pero lo que deberíamos hacer es una reflexión mucho más profunda: ¿qué está pasando en esta sociedad, por qué la división política ha llegado a estos niveles y cómo se ha generado esta escalada de tensión.
En este sentido, las comparaciones con figuras como Kennedy son reveladoras pero también engañosas. En el caso de Kennedy, nos encontrábamos ante un asesinato vinculado a intereses muy concretos e identificables, con posibles conexiones con la mafia o grupos de poder económico muy definidos. En cambio, en el caso de figuras como Trump, lo que aparece es un fenómeno mucho más difuso: una especie de violencia dispersa, menos organizada, más caótica, que responde a una sociedad profundamente fragmentada. Lo que sorprende es hasta qué punto estas situaciones pueden producirse en contextos que formalmente son democracias consolidadas. Cuando ves a un individuo que, en solitario, es capaz de llegar a intentar un ataque de este tipo, lo que aparece es una pregunta de fondo sobre la salud del sistema político y social. Y aquí es donde la cuestión se vuelve realmente inquietante: no se trata solo de episodios puntuales de violencia, sino de síntomas de una transformación más profunda de la política contemporánea, donde la polarización, la desafección y la fragmentación social se retroalimentan constantemente.
¿Cuál es su valoración sobre la situación actual de los estudiantes universitarios y, en particular, de los futuros politólogos?
Uf… Primero de todo, destaco que las generaciones del 15-M habían crecido en un contexto relativamente estable y con expectativas de mejora. En cambio, las generaciones actuales solo han vivido crisis. Esto condiciona profundamente su manera de entender el mundo y la política, y las hace más vulnerables a determinados discursos. Pero, sinceramente, la situación es preocupante. El confinamiento tuvo un impacto muy profundo que no se ha analizado lo suficiente. Ha afectado tanto las trayectorias personales como las dinámicas de aprendizaje. Actualmente, hay una menor asistencia a clase y una actitud más instrumental: muchos estudiantes solo buscan aprobar. Esto es especialmente grave en una disciplina como la ciencia política, que requiere debate, expresión oral y pensamiento crítico. Se está produciendo una transformación de la universidad hacia un modelo más cercano a una certificación que no a un espacio de formación real.
Para terminar, ¿qué mensaje dirigiría a las nuevas generaciones ante los retos políticos actuales?
La política requiere implicación real, esfuerzo intelectual y compromiso colectivo. Sin estos elementos, es muy difícil afrontar los retos del presente y del futuro con garantías.