En el Quiosco César, situado en la calle de Joan Güell, 73, conversamos con su responsable, César Arrillaga Camilo, que lleva más de una década regentando este establecimiento de barrio. En este espacio, convertido con el tiempo en mucho más que un punto de venta de prensa y revistas, se respira cotidianidad, proximidad y vida de barrio. Entre periódicos, cromos, conversaciones y el paso constante de clientes de todas las edades, el quiosco se ha consolidado como un punto de encuentro esencial en la zona de Sants. Hablamos con él sobre su trayectoria, la evolución del sector y los retos de un oficio que, a pesar de los cambios sociales, continúa manteniendo una fuerte conexión humana con el vecindario.
Hace más de 20 minutos que lo paran para saludarlo. Parece usted famoso. ¿Cuánto tiempo hace que regenta este quiosco?
Hace aproximadamente catorce años que estoy al frente. Todo empezó porque mi hermano tenía un quiosco en las Cotxeres de Sants —que ya no conserva, ya que lo traspasó—, y yo lo ayudaba los fines de semana. Con el tiempo, me fui implicando cada vez más, hasta que surgió la oportunidad de hacerme cargo de este espacio y decidí dar el paso.
¿Qué recuerdos tiene de los inicios? ¿Fueron complicados?
Los inicios fueron bastante complicados y delicados. Hay que tener en cuenta que este quiosco llevaba dos años cerrado, y eso no siempre significa que antes funcionara mal, pero sí que implica que la gente había dejado de pasar por allí. Por lo tanto, el primer reto fue volver a generar confianza y visibilidad. Poco a poco, la gente vio que volvía a abrir, que había continuidad, y fueron recuperando el hábito de venir. Fue un proceso lento, pero progresivo.
Destaca por su trato cercano con la clientela.
Forma parte de mi manera de ser. Creo que en gran parte lo he heredado de mi madre, que era pescadera en la Barceloneta. Este tipo de trato, de proximidad y de carisma, no se enseña en ninguna escuela; sale de manera natural. Es una manera de entender la relación con la gente, de hacerla sentir cómoda y bien atendida. Y, evidentemente, agradezco que se valore.
Le comentaba a un cliente que a menudo ve situaciones que considera poco respetuosas con su trabajo.
Sí, es una realidad que se repite a menudo. Hay gente que viene a pedir periódicos que supuestamente nos sobran para hacer, por ejemplo, una calçotada. Esto me parece una falta de respeto importante. Nadie va a un bar a pedir si le sobran cervezas o comida para llevarse gratis. En cambio, con los periódicos —que son un producto cultural— parece que sí que se permite. Además, a menudo quien lo pide no ha comprado nunca nada aquí. Es una situación difícil, porque implica tener que gestionar el respeto hacia el propio trabajo en un contexto en el que, socialmente, parece que no siempre se valora.
¿Considera que ha cambiado el respeto y la convivencia en el barrio con el paso de los años?
Sí, el cambio es muy evidente. La convivencia ha variado mucho, y en algunos momentos se puede percibir una cierta desorganización o falta de respeto. El barrio ha crecido, ha recibido mucha gente nueva, cosa que es normal en una ciudad como Barcelona, pero esto también comporta nuevos retos. Desde mi punto de vista, hay situaciones que hacen difícil la convivencia diaria, y también cuestiones relacionadas con el uso del espacio público o la movilidad que generan debate. La ciudad evoluciona, pero no siempre todo el mundo lo vive de la misma manera.
¿Cuál es su opinión sobre “abrimos calles” y las actividades comerciales o festivas que se organizan en ellas?
Depende mucho del contexto. Entiendo que haya actividades puntuales, como carreras o eventos, pero cuando esto afecta de manera continuada al día a día de los comercios, puede ser problemático. En mi caso, he vivido situaciones en las que no he podido acceder con facilidad a mi propio establecimiento por restricciones de paso o por montajes que han ocupado el espacio durante días. Además, a menudo se habla de “comercio de barrio”, pero la realidad es que muchos de los participantes en estas actividades no son del barrio. No estoy en contra de estas iniciativas, pero creo que habría que replantear cómo se hacen y a quién benefician realmente, porque los comerciantes que estamos cada día también salimos afectados.
Hablando de cambios, le acaban de comprar dos paquetes de cromos. ¿Considera que han sido olvidados o que simplemente han evolucionado?
No, en ningún caso han sido olvidados. Lo que ha pasado es que ha habido un cambio generacional muy claro. Por ejemplo, hace unos años una caja de cromos de fútbol duraba bastante tiempo, mientras que colecciones como las de Pokémon se agotaban en menos de 48 horas. Ahora, en cambio, parece que vuelve una generación más vinculada al fútbol, y también influye mucho el impacto del fútbol femenino, especialmente con el éxito del Barça femenino, que ha generado interés entre los chicos y las chicas.
Lo que sí que ha cambiado mucho es la variedad. Cuando yo era pequeño, había dos grandes colecciones: la de fútbol y la de dibujos animados que veías los sábados —como Heidi, David el Gnomo u otras series de la época. Hoy en día, en cambio, hay una oferta inmensamente diversa: colecciones del Mundial, de princesas, K-pop, Hello Kitty, series como Stranger Things... y todavía me dejo muchas. El mercado se ha multiplicado enormemente.
¿Esta ampliación de la oferta ha beneficiado a su sector o, por el contrario, ha generado más competencia?
Desgraciadamente, ha generado más competencia, y en muchos casos desleal. Antes, los cromos eran prácticamente exclusivos de los quioscos. Ahora, en cambio, se pueden encontrar en cualquier lugar: bazares, tiendas de alimentación o establecimientos que no tienen la misma estructura ni obligaciones que nosotros. Esto rompe el equilibrio, porque nosotros trabajamos con distribuidoras que tienen el monopolio de cada publicación y tenemos que pagar depósitos para disponer del producto. No hay competencia real entre distribuidores, pero sí una competencia externa muy fuerte con otros comercios que venden el mismo producto sin las mismas condiciones. (Se detiene a saludar a una señora mayor que compra un periódico)
Esta señora ha regalado una bolsa de plástico.
(Ríe) Yo tengo una clientela muy fiel, mayoritariamente gente mayor, de entre 60 y 95 años. A estas personas, si van cargadas, les doy una bolsa sin cobrársela. Me parece una cuestión de sentido común y de humanidad. Hay normativas que dicen que se deben cobrar las bolsas por el tema medioambiental, y lo entiendo, pero entonces lo que se debería hacer es prohibirlas directamente, no cobrarlas. No me parece justo que una persona mayor tenga que pagar cinco céntimos por una bolsa. Quizás esto me pueda acarrear alguna sanción, pero prefiero actuar según mi criterio.
He observat que tiene un espacio en el quiosco con fotografías de personas. ¿Qué significado tiene?
Es un pequeño homenaje personal. Muchas de estas personas eran clientes habituales del quiosco, gente con la que había creado una relación a lo largo de los años. También está mi madre, que murió el julio pasado y que venía cada día a ayudarme. Es mi manera de recordarlos y mantenerlos presentes. Este quiosco no es solo un negocio, también es un espacio de vida, de relaciones y de memoria compartida con mucha gente del barrio.
¿Cómo es una jornada habitual para usted?
Depende mucho del día, pero hago una media de entre ocho y diez horas diarias, sin excepción. Si lo multiplica por toda la semana, hablamos de más de cincuenta horas semanales. Antes abría a las seis de la mañana, pero hoy en día ya no compensa porque los hábitos han cambiado mucho con internet. Ahora suelo abrir hacia las ocho o las ocho y media. Hay días flojos en que puedo cerrar a primera hora de la tarde, y otros en que estoy hasta las ocho de la noche, sobre todo cuando hace buen tiempo y hay más movimiento en el parque que tengo delante. Esta ubicación es privilegiada y ayuda a alargar la actividad.
Al quiosco no solo se viene a comprar, sino también a hablar. ¿Esto lo vive a menudo?
Sí, mucha gente viene no solo a comprar, sino a charlar un rato. A veces tienes que hacer un poco de equilibrio, porque se pueden juntar personas con opiniones muy diferentes. Por ejemplo, alguien que está hablando del Barça y otro que es del Madrid, o gente con ideas políticas opuestas. Intentas gestionarlo como puedes, evitando conflictos. Pero también hay mucha gente mayor que viene simplemente a hablar, a sentir compañía. Quizás viven solos o solas, y aquel momento de conversación es importante para ellos.
¿Esto implica que usted siempre tiene que estar con buena cara, aunque no tenga un buen día?
Sí, y eso cuesta. No soy una máquina. Pero no siempre tengo una sonrisa… Hay gente que te pide cosas como si fueran una obligación. Como por ejemplo cuando te dicen: “guárdame los diarios durante tres semanas”, o casos de personas que compran revistas y te lo hacen gestionar como si fuera tu responsabilidad absoluta. En realidad, yo intento ayudar, sobre todo con la gente mayor, pero hay límites respecto a las formas con las que me hablan algunas personas.
¿Cómo ve el futuro del sector de aquí a diez años?
Sinceramente, es difícil de imaginar. El negocio del quiosco, solo con la venta de periódicos y revistas, prácticamente no es sostenible hoy en día. Si no fuera por los ingresos extras —como los puntos de recogida, publicidad u otros servicios—, muchos quioscos ya habrían desaparecido. Ahora mismo, por ejemplo, las pantallas publicitarias ayudan a mantener el negocio. Sin eso, sería imposible. La sensación es que el sector se está reconvirtiendo completamente. Quizás incluso llegaremos a un punto donde el quiosco sea más un espacio de servicios que de prensa. Es un cambio muy grande.
¿La presión económica y fiscal del sector son un problema importante?
Sí. Un quiosco puede llegar a pagar unos 150 euros mensuales de IBI, unos 2.000 euros anuales. Si tienes en cuenta que el margen por diario es de unos 20 céntimos, tienes que vender una cantidad enorme solo para cubrir gastos. Cuando cierran quioscos emblemáticos, todo el mundo dice que es una lástima, pero la realidad es que nadie ha facilitado lo suficiente su supervivencia. Los ayuntamientos van pasando, pero las condiciones no mejoran. Y así es muy complicado mantener este oficio vivo.
