Barcelona, la ciudad que decidió cuidar a los animales

Con una inversión de 3,2 millones de euros renovarán 12 áreas de esparcimiento para perros

19 de junio de 2026 a las 07:00h

Más de dos millones de personas viven en Barcelona. Y cerca de 120.000 perros. La convivencia, en una metrópoli tan densa, no es cosa fácil. Pero la ciudad lleva décadas construyendo una respuesta con fundamento a este reto, y ahora, con una inversión de 3,2 millones de euros para renovar 12 áreas de recreo, ha dado un importante paso adelante.

Treinta años construyendo una ciudad amiga de los animales

No pasó de golpe. Fue un trabajo lento, de muchos años, construido a base de decisiones pequeñas que con el tiempo han acabado sumando un modelo de referencia. Barcelona puso la primera piedra de esta política en 1996, cuando creó el Consejo de Convivencia, Protección y Defensa de los Animales. Dos años más tarde, en 1998, el Ayuntamiento aprobaba la Declaración municipal para la convivencia y los derechos de los animales. Eran gestos simbólicos, pero con un mensaje claro: los animales de compañía no eran un problema de limpieza pública, sino una realidad a gestionar con criterio y respeto.

En 2002 llegó el cambio que mucha gente recuerda: Barcelona se convirtió en la primera ciudad catalana de sacrificio cero en la perrera municipal. Seis años antes de que el Parlament de Catalunya lo convirtiera en ley, la ciudad condal ya había decidido que ningún animal sano sería sacrificado por falta de espacio, de tiempo o de falta de cuidado. Fue una decisión valiente, sin duda. Poco después, fue también la primera en prohibir la exhibición de animales salvajes en los circos y las corridas de toros.

En 2003 entró en vigor la Ordenanza municipal sobre protección, tenencia y venta de animales, renovada en 2014. En 2008 nació la Oficina de Protección de los Animales de Barcelona. En 2014, los perros pudieron acceder al metro por primera vez. En 2016, al tranvía. Y aquel mismo año, Barcelona estrenó su primera playa de perros, en Llevant, donde los propietarios pueden bañarse con sus animales durante la temporada de verano.

Capa a capa, decisión a decisión, la ciudad ha ido construyendo algo que hoy parece natural, pero que hace treinta años era impensable: un ecosistema urbano donde tener un perro no significa renunciar a la vida de ciudad.

 

232 espacios y una renovación en marcha

Hoy, Barcelona cuenta con 232 espacios destinados a los perros, que suman más de 875.000 metros cuadrados. No todos son iguales. Los hay de tres tipos: las áreas para perros —las AG, de menos de 400 metros cuadrados—, las áreas de recreo para perros —las AEG, de más de 400 metros cuadrados—, y las zonas de usos compartidos donde los perros pueden ir sueltos en determinadas franjas horarias. En concreto, la ciudad dispone de 52 AG, 64 AEG y 116 de estas zonas compartidas. Una red extensa, distribuida por todos los distritos, que permite que prácticamente ningún barcelonés tenga que caminar mucho para encontrar un espacio adecuado.

Pero mantener 232 espacios en buen estado no es sencillo. Durante el 2025, el Ayuntamiento llevó a cabo cerca de 1.400 actuaciones preventivas y 1.200 correctivas en los espacios de perros de la ciudad, aparte de las revisiones periódicas de rutina. Un trabajo constante y poco visible que garantiza que estos espacios sean seguros y funcionales.

Y ahora se añade una actuación de alcance mucho más ambicioso. En el marco del Pla Endreça, el Ayuntamiento ha puesto en marcha la renovación integral de 12 áreas de recreo repartidas por siete distritos: cuatro en Sant Martí, dos en el Eixample, dos en Sants-Montjuïc, y una cada una en Gràcia, Sant Andreu, Les Corts y Sarrià-Sant Gervasi. La inversión total es de más de 3,2 millones de euros y los trabajos se extenderán entre 2025 y 2027.

La reforma es integral, en el sentido estricto del término. No se trata de unas cuantas reparaciones puntuales, sino de una transformación completa de cada espacio: nuevo pavimento de arena, creación de recorridos accesibles de hormigón, construcción de nuevas vallas perimetrales con doble puerta —un detalle importante para evitar fugas y accidentes—, renovación de la red de riego y del sistema de drenaje, e instalación de nuevo mobiliario urbano: bancos, papeleras, fuentes diseñadas para que los perros puedan beber cómodamente, elementos de protección de árboles y farolas. Cuando las obras acaben, cada una de estas áreas habrá quedado prácticamente nueva.

 

Una normativa que también exige a los propietarios

El compromiso de la ciudad con el bienestar animal tiene una contrapartida: las obligaciones de los propietarios. Barcelona ha ido endureciendo progresivamente la normativa de convivencia para garantizar que los espacios públicos sean agradables para todos, tanto para quien tiene perro como para quien no tiene.

La actualización más reciente de la Ordenanza de Convivencia ha puesto sobre la mesa una medida que ha generado debate: la obligación de llevar una botella de agua para diluir los orines de los perros en la vía pública. Quien no lo haga se expone a multas de hasta 300 euros. No es una excentricidad: es una respuesta a una queja real y persistente de muchos vecinos, especialmente en los barrios más densamente poblados, donde las aceras de piedra clara acumulan rastros de orines que en pleno verano resultan especialmente molestos. La medida es discutida, pero la intención es clara: la convivencia es una responsabilidad compartida.

Los propietarios de perros en Barcelona han aprendido a moverse con unas reglas del juego concretas. En el metro y el tranvía, los animales deben viajar atados con correa corta, con bozal, y sin ocupar asiento. En la mayoría de playas, el acceso está prohibido durante la temporada de baño, excepto en la zona habilitada de Llevant. En los espacios públicos generales, la correa es obligatoria excepto en las zonas señalizadas. Normas que, una vez interiorizadas, permiten que perros y personas compartan la misma ciudad sin muchas fricciones.

El resultado de todo ello es una Barcelona que se ha ganado una reputación internacional en política de bienestar animal. No por casualidad, sino por la suma de treinta años de decisiones coherentes, de infraestructura y de normas que han ido modelando una manera de entender la convivencia urbana. Las 12 áreas que ahora se renuevan son la continuación natural. Una inversión que no hace titulares grandes, pero que mejorará el día a día de miles de barceloneses —y de sus perros— durante muchos años.