El Comú d’Escaldes-Engordany ha puesto en marcha un concurso de ideas culturales dirigido a la ciudadanía con el objetivo de recoger propuestas para dinamizar la zona histórica de la parroquia. La iniciativa está abierta a mayores de 18 años residentes en Escaldes e invita a presentar ideas de actividades o eventos culturales: conciertos, espectáculos infantiles, exposiciones, charlas, festivales o cualquier otra propuesta que contribuya a reforzar la vida cultural y social de la parte alta.
Hasta aquí, nada que no se haya visto antes. No es ni la primera vez ni la primera administración que, por falta de imaginación, de proyecto cultural propio o de capacidad de planificación, opta por externalizar el trabajo de pensar una programación cultural a la ciudadanía a través de un concurso de ideas. Y de hecho, se ha evidenciado desde hace años que se necesitan expertos para dinamizar culturalmente la parte alta de la parroquia, porque aunque haya el CAEE, el Archivo, el Espacio Caldes con sus grifos y bañeras o el Museo Carmen Thyssen, no se ha conseguido dinamizar la zona. Pero el problema del concurso no es el mecanismo sino el mensaje implícito que lo acompaña.
Según el mismo Comú, las propuestas mejor valoradas serán premiadas con una entrada para la exposición Van Gogh Alive. Es decir: se pide a la gente que piense, diseñe y formule propuestas culturales para el espacio público —una tarea que, en cualquier contexto mínimamente serio, haría un profesional o una empresa cultural— y, a cambio, se ofrece una entrada a una exposición. Una. Ni siquiera el ganador puede ir acompañado.
La iniciativa acaba sonando más a “tú regálanos ideas que nosotros no tenemos, que ya elegiremos una y te daremos las gracias” que no a una apuesta real por la participación cultural o por la dignificación de la zona alta de la parroquia. El mensaje es claro: la creatividad, el tiempo y el conocimiento de quien hace cultura tienen un valor simbólico… pero no económico.
El Comú defiende que el concurso quiere fomentar la participación ciudadana y recoger ideas para revitalizar la zona histórica. Pero cuesta no ver, también, una manera barata de suplir la falta de una estrategia cultural clara y de un presupuesto coherente con las ambiciones que se dicen tener para la parroquia y que al menos culturalmente, han ido en declive los últimos años.
Porque si la cultura es realmente una prioridad —y no solo un eslogan—, quizás hay que empezar por una idea muy simple: las ideas, como el trabajo, se respetan. Y el respeto, en política cultural, también se demuestra con recursos.
