El proyecto “Calles Vivas” impulsado por el comú de Andorra la Vella quería simbolizar una nueva manera de entender la ciudad: más amable, más pensada para el peatón y más atractiva comercialmente. Pero tras el relato institucional optimista, la realidad que dejó la prueba piloto es bastante menos entusiasta.
Lejos de convertirse en el gran éxito ciudadano que se quiso vender desde el común, la iniciativa puso en evidencia una problemática mucho más profunda: la desconexión comercial y urbanística que sufre desde hace años la parte alta de la avenida Meritxell.
Pasear por los tramos afectados durante los domingos de “Carrers Vius” no transmitía precisamente la imagen de una zona vibrante. La mayoría de tiendas estaban cerradas y una parte importante de los establecimientos ni siquiera parecían tener un interés real en la iniciativa. Y esto es revelador. Cuando los mismos actores que deberían beneficiarse de un proyecto no lo perciben como una oportunidad, probablemente el problema no es solo de comunicación.
Porque el gran error del común es pensar que el problema de Meritxell se resuelve cortando el tráfico unos cuantos domingos y colocando elementos decorativos en la calle. La realidad es bastante más compleja.
La parte alta de la avenida sufre desde hace tiempo una falta absoluta de coherencia comercial. En pocos metros conviven tiendas de souvenirs de baja calidad, establecimientos de alcohol, comercios de maletas, bazares de productos importados y negocios orientados a un consumo muy económico al lado de marcas de lujo y joyerías de alto standing. El resultado es una calle sin identidad clara y con una segmentación del público completamente contradictoria.
Es difícil construir una experiencia comercial atractiva cuando la misma calle envía mensajes opuestos al visitante. El turista que busca lujo probablemente no se identifica con determinados establecimientos del tramo, y el consumidor más popular tampoco entra en las tiendas de alta gama. El problema no es solo urbanístico: es de modelo comercial.
A pesar de esto, el común continúa apostando por actuaciones superficiales. Este año se ha hecho una nueva inversión en estructuras decorativas que generan sombra y que, según la idea del proyecto, deberían ayudar a "encaminar" la gente avenida arriba. Pero cuesta creer que unas estructuras visuales solucionen un problema estructural que afecta la misma naturaleza comercial de la zona.
La prueba piloto del año pasado ya evidenció esta falta de visión. Las famosas “Calles Vivas” (que de hecho era solo un trozo de una sola calle) acabaron resumidas en parches de césped artificial, cuatro sillas de plástico y espacios improvisados en medio de la calle, con una estética fría y poco atractiva para un visitante que espera una experiencia diferencial en uno de los principales ejes comerciales del país.
De hecho, el momento de máxima afluencia fue precisamente el día de la inauguración, coincidiendo con actividades infantiles y animación específica. Una vez desaparecidos los juegos y el efecto novedad, la realidad volvió rápidamente: cero actividad, poca permanencia y una sensación general de improvisación.
Y aquí aparece probablemente la crítica más importante. El común parece actuar constantemente con una lógica de ensayo-error, sin una estrategia global clara sobre qué quiere que sea realmente la parte alta de Meritxell. Las iniciativas aparecen a menudo más vinculadas a la necesidad de generar relato político e imagen que a una planificación comercial y urbanística coherente a largo plazo.
Además, existe una cierta sensación entre algunos comerciantes y restauradores de que la administración confunde “informar” con “hacer participar”. Explicar decisiones ya tomadas no es construir consenso. Y escuchar los problemas reales del sector implica, muchas veces, aceptar críticas que desde el común a menudo parece que se quieran minimizar o ignorar.