Durante décadas, Andorra ha vivido con la sensación de ser una excepción. Un pequeño país donde determinados fenómenos sociales parecían quedar siempre al otro lado de la frontera. Mientras lapoblación crece a un ritmo sostenido y ya se acerca a los 90.000 habitantes, la realidad andorrana también se transforma. Llega gente nueva, con "costumbres" diferentes, con otra manera de entender la convivencia y la discreción que tradicionalmente había caracterizado al Principado.
Uno de los ejemplos más evidentes de este cambio es la prostitución. Aquello que durante años se movía entre eltabú y las escapadas a La Seu d'Urgell para visitar locales conocidos donde esta actividad es legal, parece que ahora empieza a instalarse dentro de las fronteras andorranas con una visibilidad creciente. A nadie se le escapa que en Andorra siempre ha habido prostitución, muchas veces ligada al lujo con viajes en taxi de señoritas que subían a hacer un trabajo al país y se marchaban al poco tiempo. Pero ahora esta discreción está desapareciendo.
El último caso lo ha destapado el digital Altaveu. Según publicó este medio, la policía intervino hace pocos días en un inmueble de la avenida Doctor Mitjavila de Andorra la Vella tras las reiteradas quejas de una vecina cansada del constante trasiego de personas en el edificio. Durante el control se identificaron una docena de mujeres alojadas en el mismo domicilio y se levantó un acta administrativa por incumplimientos relacionados con el registro obligatorio de ocupantes de los alojamientos turísticos, pero no se pudo demostrar que se ejerciera la prostitución. Eran simplemente un puñado de mujeres todas de la misma nacionalidad ocupando un piso turístico.
Más allá de las posibles infracciones administrativas o penales, el caso pone sobre la mesa una realidad que incomoda. Porque el problema ya no es solo la existencia o no de la prostitución en el país. El problema es que esta actividad deja de ser invisible y afecta directamente la vida cotidiana de los residentes.
Vecinos que habían comprado un piso en una escalera tranquila ven cómo, de repente, el rellano se convierte en un ir y venir constante de desconocidos. Comunidades de propietarios que se encuentran obligadas a gestionar conflictos que hasta hace pocos años parecían impensables en Andorra. Y autoridades que observan cómo una realidad que tradicionalmente se asociaba a las grandes ciudades o a zonas fronterizas emerge cada vez con más frecuencia en el país.
El marzo pasado la policía ya desmanteló un piso en Encamp donde se ofrecían servicios sexuales. En aquella intervención se localizaron drogas y dinero en efectivo, un hecho que refuerza las preocupaciones de los cuerpos de seguridad sobre la posible vinculación entre prostitución, explotación y otras actividades delictivas.
