Con la Mercè, las calles de Barcelona se preparan para volver a llenarse de cultura popular. Entre los protagonistas de estas fiestas se encuentran los gigantes, figuras que forman parte de la identidad de la ciudad y que, detrás de su imagen imponente, esconden un trabajo constante de collas y entidades de barrio. Abel Plana, presidente de la Coordinadora de Colles Geganteres de Barcelona, conoce de cerca esta realidad.
¿Cómo entró en el mundo geganter y qué le llevó a ser geganter?
Yo entré en el mundo geganter en el año 1994 y lo que me llevó a hacerme geganter fue, sobre todo, la identidad del lugar donde vivía. Estaba en el Casco Antiguo, concretamente en la Ribera. Los jóvenes nos animamos. Fue un movimiento vecinal y, sobre todo, una cuestión de pertenencia. Porque, supongo que en los años noventa, el Casco Antiguo, la Ribera, Santa Caterina y otras zonas de aquella parte de la ciudad tampoco tenían muy buena fama, por decirlo de alguna manera. Y esta actividad era también una manera de generar inclusión, de trabajar por la comunidad y de construir una identidad propia que hasta entonces no teníamos: los gigantes.
¿Cómo recuerda aquella primera vez que llevó un gigante?
Yo tengo como tres o cuatro fases, por decirlo de alguna manera. De pequeño hacíamos de capgrossos y, en el año 1996, la colla hizo el gegantó, el Tinet. Recuerdo especialmente la primera vez que lo llevé y aquel olor a la fibra de vidrio y a la cola. Ver los gigantes allí me hacía pensar: «Algún día los llevaré». Cuando tuve catorce años, hice una salida a Manresa con los gigantes de la Casa de Caridad, gestionados por la Federació de Colles Geganteres de Barcelona. Yo iba de acompañante y aquella fue la primera vez que llevé un gigante. Pesaba mucho y casi no pude hacer ni un baile, pero recuerdo perfectamente la sensación de sentirme un poco más mayor y reconocido como geganter.
¿Qué significa para usted ser geganter? ¿Qué significaba cuando era pequeño y qué significa ahora?
Cuando era pequeño, sobre todo era representar mi barrio, estar con los amigos y tener otra familia, por decirlo de alguna manera. Era estar en un momento un poco distendido, hacer cultura y, sobre todo, recorrer también el país. Porque, claro, cada fin de semana como mínimo teníamos una salida, y era ir a un pueblo o a otro. Durante el mes de junio, por ejemplo, también hacíamos salidas los fines de semana, y todo eso estaba muy bien. Y, sobre todo, estaba el tema de representar. Cuando te haces mayor y empiezas a tener más responsabilidades, al final es intentar que nuestra cultura, la cultura popular, no se pierda. Recuperar todo aquello que se había perdido, sobre todo toda la historia de los gigantes. Ya no solo los gigantes del barrio, sino que nosotros hemos recuperado, por ejemplo, los gigantes históricos de Santa Maria del Mar. Es trabajar, encontrar documentación y, sobre todo, conseguir que no se pierda.
Habla de preservar esta tradición, pero también de reivindicarla ante las administraciones. ¿Cómo es este trabajo?
Somos un poco correctos, pero también somos batalladores, sobre todo con las administraciones. No creo que quieran que desaparezcan los gigantes, pero sí que, a veces, hay esta cierta dejadez de «ya se cansarán de salir», «ya se cansarán de pedir» o «ya se cansarán de hacer lo que hacen». Para mí, los gigantes ahora mismo son responsabilidad, porque ocupamos cargos tanto en mi grupo como a nivel de ciudad. Pero, sobre todo, también representan la herencia que nos dejaron los primeros gigantes de los siglos XIV y XV. Es un peso importante en las espaldas, tanto física como históricamente.
Ahora que se acerca la Mercè, se reivindica mucho la cultura popular. ¿Cree que esta reivindicación se corresponde con el apoyo que recibís durante el resto del año?
Este año, por ejemplo, ya estuvimos hablando con el Ayuntamiento y le dijimos al político de turno, en este caso el concejal de Cultura, que teníamos que llegar a un acuerdo. El Ayuntamiento paga un dinero por la gestión y por intentar cubrir gastos.
Los gigantes que vienen de toda Barcelona tienen que cubrir, por ejemplo, un camión para llevarlos a la exposición y, cuando después vuelven a su barrio o distrito, tienen que cubrir otro transporte. Por lo tanto, ya son dos camiones. A esto hay que sumarle los gastos de los músicos y muchos otros que tenemos que asumir, y el presupuesto actual no llega para cubrirlos. Y, sobre todo, hay mucha diferencia —esto tampoco se habla mucho para no herir sensibilidades— entre los diferentes colectivos de cultura popular: bestiario, diablos, castellers, esbarts, gigantes... Hay diferencias importantes en cuanto al presupuesto. Y esto también hace que, si no te quejas o no reivindicas, dé la sensación de que, como no se quejan, se puede ir manteniendo el mismo presupuesto. Porque, para que se haga una idea, nosotros teníamos el presupuesto de la parte de gigantes de cultura popular de la Mercè congelado desde los años noventa. Es inasumible a día de hoy. Sí que ha habido un pequeño incremento, muy poco, pero con el compromiso de continuar trabajando. Porque, claro, para la Mercè todo el mundo dice: «Oh, una Mercè sin gigantes, sin castellers, sin diablos... no sería la Mercè». Pero esto tiene que vivir todo el año. Y nosotros no vivimos ni para la Mercè ni durante el resto del año, y este es
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