Hace quince días el programa El món a RAC1 hacía público el caso de Maria, una mujer de 39 años que sufre encefalomielitis miálgica —síndrome de fatiga crónica— derivada de una covid persistente y en un grado muy grave. Su estado de salud le impide, incluso, sentarse erguida en una silla al cabo de poco rato sin desmayarse, y casi no puede levantarse de la cama. A pesar de esto, el ICAM ha decidido darle el alta médica al considerar que ya puede volver a trabajar.
Ahora, el programa ha dado a conocer un nuevo caso que vuelve a poner el foco en los criterios del ICAM. Se trata de Pepe, un hombre de 54 años, vecino de Barcelona, con un cáncer de próstata en estadio 4, con metástasis en los huesos y en los pulmones. El diagnóstico le llegó el año 2020 y, en una primera fase, recibió radioterapia. «Hubo un momento que no podía mover las piernas», explica.
Desde hace cinco años, Pepe participa en un ensayo clínico con tratamiento hormonal, que de momento está dando buenos resultados en cuanto a la evolución del cáncer. Con todo, los efectos secundarios son severos: deterioro óseo, artrosis en las manos, dolor en los pezones, caída total del pelo, cansancio extremo y un fuerte impacto emocional. El objetivo del tratamiento es cronificar la enfermedad, no curarla
Después de dos años y medio de baja, en noviembre de 2025 pasó por el tribunal médico del ICAM. Contra todo pronóstico, le denegaron la incapacidad laboral. «Todo el mundo me decía que me la concederían; el informe clínico dice claramente que no estoy en condiciones de trabajar», relata.
El proceso, asegura, fue duro y desproporcionado. «En veinte minutos de tribunal médico han tenido más peso que cinco años de tratamiento continuado», denuncia. Su oncóloga, jefa de servicio del Hospital Clínico de Barcelona, le reconoció que en 35 años de carrera no había visto nunca un caso así
El Pepe ya ha iniciado los trámites legales con el apoyo del colectivo Ronda. Tiene 30 días para presentar recurso, aunque admite que a menudo es un trámite estéril, antes de tener que ir a juicio. «Es una paradoja que un proceso que puede durar dos años se acabe resolviendo en una vista de 20 minutos», concluye.
