La visita del Papa a Barcelona ha sacudido de manera inesperada a la Iglesia catalana. Lo que iba a ser una preparación institucional y discreta para la bendición de la Torre de Jesucristo de la Sagrada Familia se convirtió, en pocas horas, en una crisis interna por la presencia del catalán en el ceremonial.
La polémica estalló cuando se supo que el texto aprobado por la Santa Sede reservaba al catalán un papel secundario y que el momento central del acto, la bendición de la torre, se haría solo en castellano. La noticia causó malestar entre diversos obispos catalanes, que no conocían los detalles del misal y recibieron con sorpresa la poca presencia de la lengua propia en un acto de esta magnitud.
Tarragona toma la iniciativa
En este escenario, el papel del arzobispo de Tarragona, Joan Planellas, habría sido decisivo. Como presidente de la Conferencia Episcopal Tarraconense, Planellas era el único prelado con suficiente autoridad interna para presionar al arzobispado de Barcelona, responsable directo de la organización del viaje papal.
Según diversas fuentes citadas por 'Nació', el martes fue una jornada intensa de llamadas y gestiones. En el Palau Episcopal de Tarragona se valoró cómo revertir una situación que podía convertir la visita del Papa en un problema político, social y eclesial. Planellas, de perfil catalanista y con buena relación con el cardenal Juan José Omella, optó por mover hilos sin hacer declaraciones públicas.
Su interlocutor principal fue el obispo auxiliar de Barcelona, David Abadías, encargado de coordinar buena parte del viaje con Roma. El objetivo era claro: hacer llegar a Omella la necesidad urgente de corregir el desequilibrio lingüístico antes de que la crisis fuera a más.
Girona y Lleida también alzan la voz
La presión de Planellas no llegó sola. Otros obispos catalanes también mostraron su malestar, especialmente el obispo de Girona, Octavi Vilà, y el de Lleida, Daniel Palau, que resumió la incomodidad con una frase directa: “Hablar catalán no es pecado”.
Estas voces reforzaron la estrategia para reclamar un cambio en el Vaticano. Hasta entonces, el arzobispado de Barcelona parecía haber aceptado un papel testimonial del catalán, pero la reacción interna y externa obligó a replantear la situación.
El Govern también interviene
El Gobierno de Salvador Illa también jugó un papel relevante. La Generalitat, implicada política y económicamente en la visita, quería evitar que la lengua se convirtiera en un elemento de tensión en un acto de gran proyección internacional.
Illa habló con Omella en uno de los momentos clave de la crisis, mientras el consejero Ramon Espadaler, responsable de las relaciones con la Iglesia, también intervino para que el escenario se reconsiderara. La buena sintonía entre Planellas y el Gobierno ayudó a hacer llegar un mensaje compartido: había que garantizar una presencia digna del catalán en el acto central.
Barcelona pedirá el cambio a Roma
Aunque inicialmente desde el arzobispado de Barcelona se hicieron llamadas para desmentir que hubiera alguna modificación en marcha, finalmente se habría optado por enviar a la Santa Sede una propuesta de cambio para que el Papa utilice el catalán en la bendición de la torre.
Fuentes eclesiales consideran improbable que el Vaticano ponga impedimentos, ya que no se trataría de modificar el contenido litúrgico, sino solo la lengua en que se pronuncia una parte de la ceremonia.
La polémica ha dejado al descubierto tensiones poco habituales dentro de la Iglesia catalana, pero también ha reforzado el papel de Joan Planellas como presidente de la Tarraconense. Sin buscar protagonismo público, el arzobispo de Tarragona habría ejercido como figura de referencia para defender el peso del catalán en un acto que se celebrará en una basílica concebida por Antoni Gaudí como una obra profundamente arraigada al país.
Al mismo tiempo, nadie quiere situar Omella en una posición incómoda. Diversas voces reconocen su papel en la culminación de la visita papal y defienden que, una vez expuesto el problema, el arzobispo de Barcelona escuchó y actuó.
El resultado es que una controversia que podía enturbiar la visita del Papa podría acabar resolviéndose con un gesto simbólico pero cargado de significado: que el catalán esté presente en el momento más importante del acto en la Sagrada Familia.