“Poder escribir en mi propia lengua fue definitivo”, decía Jesús Moncada. Para él era la única manera de explicar el mundo del río, las minas, las conversaciones de café -de la Granota- y la memoria de un pueblo que las aguas borraron del mapa, pero no de la literatura.
El Pleno de la Paeria ha aprobado por una amplia mayoría la moción de Esquerra Republicana para reforzar el catalán en la Franja de Ponent y defender los derechos lingüísticos en el conjunto de los Països Catalans. Es una buena noticia. No porque una moción resuelva, por sí sola, décadas de desatención, sino porque Lleida ha afirmado una evidencia: la Franja no es una periferia ni una realidad lejana. Es parte de nuestra identidad y de nuestra comunidad: humana, cultural y lingüística.
Para mucha gente de Fraga, Mequinenza, Tamarit, Saidí, Benavarri o el Pont de Montanyana, Lleida es ciudad de estudios, de hospitales, de compras, de trabajo y de familia. Y para Lleida, la Franja forma parte de la vida cotidiana: compartimos comercio, agricultura, carreteras, amistades, medios de comunicación y una lengua que nos une. A pesar de que algunos se empeñan en levantar fronteras –administrativas-, la Franja es territorio de bisagra: un espacio de contacto, de intercambio y de relación entre comunidades que no viven de espaldas las unas a las otras, sino que se reconocen, se complementan y se necesitan. Nuestra lengua, nuestras relaciones económicas y nuestros vínculos personales cosen complicidades, construyen puentes y conectan comunidades que comparten mucho más que una línea sobre un mapa. Por eso, la Franja y Lleida no se explican desde la lógica de la separación, sino desde la realidad compartida.
Pero el catalán en la Franja vive una fragilidad que no podemos endulzar. No es lengua oficial en Aragón. Esto limita el derecho de aprenderla y usarla con plena normalidad ante la administración, en la escuela y en los medios. Y todavía es más grave cuando desde las instituciones se presenta el catalán como una lengua impuesta o extraña. Es una falsedad que ofende a la historia y a los hablantes.
El catalán no ha llegado de fuera a la Franja. Ha nacido allí, ha crecido y se ha transmitido durante generaciones. Defender sus variedades dialectales y su riqueza es, precisamente, defender la unidad de la lengua. En cambio, negarle el nombre, reducirlo a un conjunto de hablas locales o eliminar su reconocimiento institucional no protege ninguna singularidad: debilita la lengua, limita los derechos de sus hablantes y erosiona el prestigio necesario para que continúe siendo una lengua viva.
La moción aprobada pide al Gobierno y a las Cortes de Aragón que reconozcan el catalán por su nombre, que garanticen una protección legal efectiva y que recuperen y refuercen programas como el Jesús Moncada. También reclama apoyo para las entidades, las publicaciones, los centros de estudios y los creadores que, a menudo con recursos precarios, sostienen un trabajo que debería ser responsabilidad de las administraciones.
Pero el acuerdo también interpela a Lleida. Nos compromete a ejercer una capitalidad compartida con la Franja: a abrir espacios estables de cooperación con municipios, centros educativos, medios, la Universidad y las entidades culturales; a hacer intercambios, actividades literarias, proyectos para jóvenes y estudios sobre la situación de la lengua. No es un gesto de cortesía. Es hacer política útil allí donde la realidad ya nos ha hecho comunidad.
Una lengua no se mantiene solo porque todavía se hable en casa. Necesita escuela, libros, música, pantallas, administración, comercio y espacios de prestigio. Necesita que los jóvenes la perciban como una lengua útil, viva y capaz de explicar el futuro. La Franja no necesita condescendencia: necesita reconocimiento, recursos y alianzas.
Defender el catalán en la Franja es defender la dignidad de sus hablantes. Es impedir que una frontera administrativa se convierta en una frontera cultural. Y es asumir, como dice Francesc Serés, que “hace falta una voluntad política para articular culturalmente la Franja”. La Paeria ya ha expresado una. Ahora hay que convertirla en hechos.