OPINIÓN | Ante la resignación: esperanza, trabajo y futuro

Artículo de opinión de Jordina Freixanet, portavoz del grupo municipal de Esquerra Republicana de Catalunya en el Ayuntamiento de Lleida

Jordina Freixanet
20 de junio de 2026 a las 09:00h

Esta semana hemos celebrado el debate sobre el estado de la ciudad. Es uno de los momentos políticos más importantes del año porque nos permite hacer balance, pero sobre todo porque nos permite reflexionar sobre qué futuro queremos para Lleida.

Después de tres años de mandato, es evidente que el gobierno de Fèlix Larrosa ha perdido el impulso con el que llegó a la alcaldía. No está de más recordar que lo hizo después de una campaña construida alrededor de una idea muy simple: que Lleida estaba en decadencia y que solo él era capaz de enderezarla. Convirtió el lema «el experimento ha fracasado» en una manera de hacer oposición —alimentando la confrontación, utilizando el ataque personal, la falsedad o incendiando barrios para conseguir su objetivo— y en una promesa de cambio inmediato. Pero tres años después, las grandes promesas de transformación han dado paso a una realidad marcada por anuncios repetidos, proyectos encallados y problemas cotidianos que continúan sin respuesta. Aquello que se presentó como el retorno a la buena gestión se ha convertido demasiado a menudo en una política más pendiente del relato que de los resultados. Es legítimo preguntarse si quien realmente ha fracasado no es precisamente aquel proyecto político que prometía liderazgo, solvencia y transformación y que solo nos ha devuelto unas formas que muchos pensábamos superadas.

Mientras tanto, la ciudad continúa esperando. Espera soluciones en vivienda, en transporte público, en limpieza —que se paga más cara que nunca—, en mantenimiento urbano y en la revitalización de los barrios. Espera una administración que escuche más y anuncie menos. Espera que la capitalidad de Lleida se traduzca en mejoras tangibles para la ciudadanía y no solo en titulares.

Porque una ciudad no se mide por los proyectos que se anuncian. Se mide por la calidad de vida de su gente. Por si los jóvenes pueden imaginar su futuro aquí sin tener que marcharse. Por la capacidad de una familia de encontrar una vivienda asequible. Por si una persona mayor puede caminar con seguridad por su barrio. Por si los servicios públicos funcionan y los espacios comunes están cuidados.

En este sentido, el modelo que hoy defiende el gobierno municipal genera muchos interrogantes. Se plantea una Lleida que crece y crece sin límite, que aspira a sumar decenas de miles de habitantes y que proyecta grandes equipamientos y nuevas expansiones urbanísticas. Pero la pregunta es inevitable: ¿de qué sirve prometer una ciudad de 220.000 habitantes si no somos capaces de garantizar una ciudad mejor para quienes ya vivimos en ella?

Lleida no necesita crecer por crecer. Necesita crecer con sentido. Necesita consolidar un modelo de ciudad que ponga a las personas en el centro y que entienda que la ambición no consiste en competir en grandeza y grandilocuencia, sino en ofrecer más calidad de vida.

Las ciudades medianas como la nuestra tienen un enorme potencial. Pueden ofrecer proximidad, barrios con identidad propia, servicios accesibles y una relación más directa entre las instituciones y la ciudadanía. Esta es una fortaleza que hay que preservar y potenciar, no diluir en una carrera hacia un modelo de ciudad que a menudo beneficia a unos pocos y deja atrás las necesidades de la mayoría. Por eso defendemos otra manera de entender Lleida.

La diferencia es clara. Algunos apuestan por expandir primero y resolver después. Nosotros creemos que primero hay que cuidar lo que tenemos y después crecer con responsabilidad. Algunos ven la ciudad desde los grandes proyectos. Nosotros la vemos desde la vida cotidiana de su gente.

Lleida tiene talento, energía y potencial. Tiene barrios vivos, entidades comprometidas, comerciantes, agricultores, profesionales y familias que cada día hacen ciudad. Lo que necesita es un gobierno que esté a la altura de esta fuerza colectiva.

Por eso cada vez más personas entendemos que la alternativa no es cambiar unas siglas por otras manteniendo el mismo modelo. La alternativa es una nueva manera de gobernar: más cercana, más honesta, más rigurosa y más participativa.

Lleida no debe perder su alma ni su identidad intentando parecer otra ciudad. Su fuerza es precisamente ser aquello que es. Su grandeza no dependerá de ser más grande, sino de hacer posible una vida mejor para la mayoría. De garantizar que cada persona que vive allí pueda desarrollar su proyecto de vida con dignidad, oportunidades y esperanza.

Este es el futuro que vale la pena construir. Ante la resignación: esperanza, trabajo y futuro. Entre todos y todas, abrimos una nueva etapa para Lleida.