La vivencia de un eclipse provoca una respuesta emocional intensa. Un ejemplo es la retransmisión que la periodista Lídia Heredia hizo mientras observaba el eclipse total del 8 de abril de 2024 en Pennsilvània.
A pesar de su experiencia ante cámaras, durante los poco más de tres minutos de totalidad mostró un comportamiento poco habitual: se quedó embelesada, con gestos de sorpresa, ante la perplejidad de Toni Cruanyes, que la entrevistaba.
Después explicó que se había sentido muy pequeña y a la vez parte de algo muy grande. Sin saberlo, Lídia Hereida había experimentado lo que en psicología se denomina emoción de admiración profunda. El detonante fue el fenómeno más impactante del eclipse: a las 15:21h se hizo de noche de manera súbita.
¿Por qué se hace de noche durante un eclipse solar?
Que se haga de noche durante un eclipse puede parecer sorprendente, pero la noche es una experiencia cotidiana. La diferencia es que la noche habitualmente llega de forma gradual. Durante el día el cielo es azul porque la luz del Sol, al entrar en la atmósfera, se dispersa al chocar con moléculas de nitrógeno, oxígeno y pequeñas partículas. Este proceso se llama dispersión de Rayleigh y favorece especialmente la luz azul, de modo que percibimos el cielo de color azul.
Cuando el Sol se pone detrás del horizonte un día cualquiera, deja de iluminar progresivamente toda la atmósfera que tenemos sobre nosotros y solo quedan iluminadas las capas más altas. Como la cantidad de atmósfera iluminada disminuye, también disminuye la luz dispersada.
El azul del cielo se va apagando a medida que la luz solar ya no ilumina la atmósfera situada sobre nosotros. En este momento el azul desaparece y la noche es completa, con las estrellas visibles. Este proceso gradual dura aproximadamente entre 70 y 90 minutos. Durante un eclipse total, sin embargo, la noche llega de una manera muy diferente. En este caso es la sombra de la Luna la que provoca la oscuridad.
Cómo apagar y encender el cielo con un ‘interruptor’
Imaginemos una persona situada justo al límite de la zona de sombra. Si pudiéramos congelar el tiempo, vería el cielo azul sobre ella y la sombra delante de los pies. Si diera un paso adelante y entrara en la sombra, el cielo se volvería negro inmediatamente y aparecerían las estrellas; si diera un paso atrás, el cielo volvería a ser azul. Sería como si alguien apagara y encendiera el cielo con un interruptor.
En la realidad, sin embargo, el tiempo no se detiene. La sombra de la Luna se desplaza sobre la Tierra a unos 1 300 kilómetros por hora y nos cubre de golpe. El resultado es que el cielo azul se apaga repentinamente y aparece una noche completa. Durante este momento se pueden ver estrellas y la temperatura baja.
En el eclipse del 12 de agosto esta oscuridad durará aproximadamente un minuto y medio. Cuando la sombra pasa, el cielo vuelve a iluminarse también de manera súbita. La sensación es como si alguien hubiera apagado y encendido el cielo con un “interruptor mágico”. Esta experiencia, tan diferente de nuestra experiencia cotidiana, despierta la emoción de admiración profunda.
La emoción de la admiración profunda nos une
La psicología recientemente ha comenzado a estudiar esta emoción. Una emoción es un estado afectivo intenso y pasajero que aparece en respuesta a estímulos relevantes y provoca cambios fisiológicos, cognitivos y conductuales. Ejemplos de ello son el miedo, la ira, la alegría o el enamoramiento.
La admiración profunda produce diversos efectos: sensación de pequeñez personal, alteraciones en la percepción del tiempo (como si se ralentizara), piel de gallina y expresiones faciales o vocalizaciones similares en diferentes culturas. Varios autores explican que esta emoción se define por dos elementos: la percepción de inmensidad y la necesidad de acomodación.
La impresión de inmensidad aparece ante experiencias percibidas como mucho más grandes que las habituales, como paisajes imponentes o fenómenos naturales extraordinarios, y a menudo provoca una sensación de reducción del propio yo. La necesidad de acomodación implica que estas experiencias desafían los esquemas mentales existentes y obligan a replantear la comprensión del mundo.
Otro grupo de expertos propone que esta emoción podría haber sido seleccionada evolutivamente porque aporta ventajas en tres ámbitos. En primer lugar, mejora la cooperación social: experimentar admiración profunda hace que nos sintamos pequeños y sintamos la necesidad de cooperar con las otras personas. Aumenta la generosidad, la humildad y la disposición a ayudar a los demás, en parte porque reduce el egoísmo individual.
En segundo lugar, favorece el procesamiento reflexivo. Las experiencias que generan admiración impulsan a buscar significado, pensar de manera más analítica y explorar nuevas ideas. Esto puede haber contribuido al desarrollo de sistemas de creencias compartidos y también al progreso del conocimiento científico.
Finalmente, puede influir en la selección de pareja. Disfrutar experiencias estéticas o trascendentes puede actuar como una señal de cualidades personales deseables, como la sensibilidad o el bienestar psicológico.
¿Sentirá usted una emoción profunda el próximo 12 de agosto?
Si la siente, el mismo Einstein se sentiría orgulloso de usted. Tal como dijo, la cosa más bella que podemos experimentar es el misterio, la emoción fundamental que se encuentra en el origen del verdadero arte y de la ciencia.
Quien ya no puede maravillarse ni sentir admiración es, según él, como una vela apagada. Esta idea resume el valor de experiencias como la observación de un eclipse, capaces de despertar en nosotros la fascinación ante la inmensidad del universo.
