OPINIÓN| Un país hecho de libros

Artículo de opinión de Joan Talarn i Gilabert, presidente de la Diputación de Lleida

Joan Talarn i Gilabert
26 de abril de 2026 a las 19:46h

El escritor y filósofo norteamericano Henry David Thoreau, decía en su famoso libro Walden, o la vida en los bosques, publicado en 1854, que “los libros son la riqueza atesorada del mundo y la herencia idónea de generaciones y naciones”. Sin el conocimiento que podemos encontrar en los libros que explican la historia de nuestro territorio, de nuestro pequeño país, no dispondríamos de toda la herencia cultural que tenemos hoy en día y, seguramente, no seríamos quienes somos hoy en día.

Cada 23 de abril, Cataluña y los catalanes de todo el mundo celebramos la Diada de Sant Jordi, un día para celebrar y reivindicar toda esta herencia literaria que llevamos a cuestas y para brindar por toda la que viene. Por Sant Jordi, con una rosa en la mano y un libro en la otra, hacemos un gesto antiguo y a la vez radicalmente moderno: afirmar que una comunidad no se construye solo con infraestructuras, sino también con palabras.

Pero sin recursos económicos para sostener estas empresas de las palabras -que son, obviamente, las librerías, las editoriales, los escritores y las escritoras y las entidades que trabajan por la promoción literaria- nuestro legado literario se acabaría muy pronto.

Por eso, esta semana hemos anunciado, a través del Institut d’Estudis Ilerdencs, una subvención de 330.000€ entre 2025 y 2026 para promocionar las publicaciones en catalán y occitano en nuestro territorio. No es una cifra fría: es una declaración de intenciones. Significa reforzar el tejido cultural y editorial local; dar apoyo a autores, editoriales y entidades que sostienen el pulso creativo; contribuir a la preservación y la proyección del catalán y el occitano; y, en definitiva, garantizar que la cultura llegue a toda la ciudadanía, viva donde viva. Y significa, también, entender que el equilibrio territorial no se alcanza solo llevando servicios: se alcanza, también, asegurando derechos culturales. La cultura no puede quedar confinada a las capitales; debe ser tan presente en el Pirineo y en el Arán como en la llanura, tan viva en un pueblo pequeño como en una ciudad.

La cultura crece cuando se comparte. Y esta acción tiene el nombre de las librerías independientes y de proximidad, que hacen de prescriptores, de anfitriones, de resistentes. Son espacios donde el libro no es mercancía de paso, sino conversación y complicidad. En un tiempo de prisas y pantallas, estas librerías son una pausa valiosa: el lugar donde todavía podemos entrar y salir un poco mejores, un poco más libres.

Y tiene también el nombre de las editoriales de la demarcación que, con ambición y arraigo, impulsan cultura desde aquí. Ellas demuestran que el mapa literario del país no se acaba en el área metropolitana, que la creatividad no es patrimonio de un único centro, y que la calidad —como la verdad— acostumbra a nacer cuando no se renuncia a la propia voz.

A veces, sin embargo, conviene recordar la evidencia. En plena antesala de la Diada, hemos oído voces que querrían rebajar Sant Jordi a un simple “Día del Libro”, como si el nombre fuera un detalle prescindible, como si el símbolo fuera un estorbo, como si la tradición fuera un accidente. Y es que Sant Jordi no es una etiqueta: es un relato colectivo. Y un país sin relato es un país más fácil de domesticar.

San Jorge es la prueba anual de que la cultura puede ser multitudinaria sin ser banal, de que puede ser fiesta sin dejar de ser compromiso. Es el día que nuestro nacionalismo —cívico, democrático, inclusivo— se hace tangible: defendemos la lengua, el libro, la creación y la libertad de ser quienes somos. Y lo hacemos con la sonrisa de la gente en la calle, que es la mejor respuesta a cualquier desprecio.