OPINIÓN | Orden y sentido común

Artículo de opinión de la portavoz del Grupo Municipal de Junts en la Paeria, Violant Cervera

Violant Cervera
22 de enero de 2026 a las 09:34h
Actualizado: 23 de enero de 2026 a las 10:25h

El orden y el sentido común no son conceptos antiguos ni autoritarios. Son las bases mínimas para que una ciudad funcione, para que sea justa, habitable y cohesionada. Sin orden no hay convivencia, y sin convivencia la ciudad se va desdibujando hasta que deja de ser un espacio compartido. Hablar de orden es hablar de respeto, de normas claras y del compromiso colectivo de cumplirlas.

El orden es lo que permite garantizar la seguridad, el civismo, la limpieza, una circulación ordenada y una administración justa. No es una cuestión ideológica, es una cuestión de sentido común. Las normas existen porque la libertad de uno no invada la del otro. Y solo son legítimas si se aplican a todo el mundo, sin excepciones ni excusas.

En Lleida, esta reflexión no es nada abstracta. Tiene un nombre propio y una realidad incontestable: el Centro Histórico. Durante más de cuarenta años, la falta de políticas valientes y una permisividad sostenida han empujado este barrio hacia una degradación extrema. No ha sido un proceso inevitable, sino la consecuencia de haber tolerado demasiado tiempo situaciones que nunca se deberían haber normalizado.

Viviendas concentradas en manos de muy pocos propietarios que han especulado durante décadas con la vulnerabilidad de las personas, edificios enteros abandonados sin ningún mantenimiento, dejadez institucional y gobiernos locales que han mirado hacia otro lado. Este cóctel ha ido expulsando a los vecinos de toda la vida y ha dejado a los que aún resisten conviviendo con una realidad insostenible: calles sucias, hasta una treintena de espacios convertidos en urinarios públicos, y edificios enteros dedicados a la prostitución y a la venta de drogas.

Hay que decirlo claro: no se trata de cuestionar la existencia de los servicios sociales, que son necesarios e imprescindibles. Se trata de recordar que los gobiernos también tienen el deber de garantizar la convivencia y la dignidad de los vecinos que cumplen las normas. De todos los vecinos. El orden no puede ser selectivo ni tímido

Cuando advertimos que los presupuestos presentados no mejorarían la vida de los ciudadanos, no lo decíamos por hacer oposición fácil. Lo decíamos porque la realidad es terca. Muchos ciudadanos tienen la sensación de que hoy no viven mejor en Lleida que hace tres, cuatro o cinco años. Hay anuncios, planes y titulares, pero el día a día no cambia. Y cuando lo que se promete no se ejecuta, se genera desconexión, frustración y una desafección política creciente.

Lo que la gente pide es mucho más sencillo de lo que a menudo se quiere hacer ver: una ciudad ordenada, segura y cuidada. Que el espacio público se respete, que las normas se cumplan y que el Ayuntamiento se centre en lo esencial. Menos promesas grandilocuentes y más gestión del día a día. Menos discursos y más hechos.

Durante años, en Lleida se ha repetido aquella frase resignada de “para Lleida ya está bien”. No era una expresión de orgullo, sino el reflejo de una ambición limitada. El problema es que hoy ya ni siquiera se dice. No porque hayamos avanzado, sino porque muchos leridanos se sienten desmotivados y alejados de la rumbo que perciben.

Recuperar el orgullo leridano es posible. Pero no vendrá de grandes anuncios ni de proyectos que no se materializan. Vendrá de recuperar el orden y el sentido común, de exigir el cumplimiento de las normas, de poner la convivencia en el centro y de demostrar, con hechos, que gobernar sirve para mejorar la vida de la gente. Lérida tiene potencial, tiene gente comprometida y tiene futuro. Solo hace falta volver a poner las bases para que este futuro sea compartido, digno y esperanzador.

 

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