Con motivo de la celebración del Día Internacional de las Personas Mayores, conviene detenernos a reflexionar sobre qué papel ocupamos y qué trato recibimos en la sociedad actual. En Cataluña, las personas mayores representamos ya más del 20% de la población: somos más de un millón seiscientas mil personas, una comunidad diversa con una esperanza de vida que aumenta año tras año. Estas cifras no son un simple dato estadístico; demuestran que no somos una minoría testimonial ni una carga, sino una realidad central del presente y del porvenir de nuestro país.
Como sindicalista y mujer jubilada, reitero un mensaje claro y directo: nos jubilamos del trabajo, pero nunca de la vida ni de nuestros derechos. Envejecer no puede ser, bajo ningún concepto, un camino hacia la desigualdad, la invisibilidad, la precariedad o la discriminación por razón de edad (el llamado edadismo). Somos la memoria viva de las luchas sociales y laborales que han construido el estado del bienestar, y seguimos siendo un motor imprescindible de cohesión social y solidaridad intergeneracional.
Los derechos sociales no caducan con la jubilación; son la base de una sociedad justa, democrática y cohesionada que debe protegerse a lo largo de todo el ciclo vital. Por ello, erradicar la pobreza en la vejez debe ser una prioridad política y de estado ineludible. Exigimos la consolidación de un sistema público de pensiones solvente, sostenible y redistributivo, con pensiones mínimas suficientes y mecanismos de actualización justos que impidan la pérdida de poder adquisitivo.
Hay que hacer una llamada de atención especial sobre la situación de las mujeres mayores. Hoy en día, la brecha de género acumulada durante décadas de trabajo no reconocido o precarizado se traduce en pensiones más bajas, menos recursos económicos, un mayor riesgo de soledad no deseada y más exposición a la vulnerabilidad. Reclamamos el reconocimiento social y económico del trabajo de cuidados, la garantía de una vida digna y autónoma, y la protección eficaz para estar libres de cualquier forma de violencia machista.
Envejecer con dignidad significa tener capacidad de decisión real sobre nuestras vidas: decidir cómo vivir, con quién vivir y cómo queremos ser cuidados. Defendemos un modelo de atención centrado en la persona, que respete la diversidad y la autonomía individual. Para hacerlo posible, es necesario fortalecer de manera urgente los servicios públicos: una sanidad universal de calidad, el refuerzo de las redes comunitarias de proximidad y un sistema de atención a la dependencia accesible y con condiciones laborales dignas para las profesionales que lo hacen posible. Asimismo, es necesario combatir la brecha digital, garantizando la información clara y presencial para evitar el aislamiento de las personas mayores.
Queremos ser protagonistas activos de nuestra comunidad. Nuestra experiencia, criterio y talento deben tener un peso específico en los espacios de participación y en la toma de decisiones públicas. Finalmente, reafirmamos nuestro compromiso con la paz, la justicia social y la solidaridad entre generaciones para afrontar juntos los retos climáticos y democráticos que tenemos por delante.
Una sociedad que cuida y respeta a sus mayores es una sociedad que se dignifica y se cuida a sí misma. Construyamos el futuro de todas y todos, con igualdad y con derechos plenamente garantizados.
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