La cultura no es un lujo, ni una partida ornamental del presupuesto. La cultura es ciudad, es identidad, es talento, es economía y, sobre todo, es futuro. Pero para que la cultura sea realmente una política pública útil, el Ayuntamiento de Lleida debe dejar de mirarla solo desde el despacho y empezar a escuchar y dar oportunidades a quienes la hacen posible cada día: los artistas, creadores, autónomos, entidades y jóvenes leridanos.
El gobierno socialista de la Paeria habla mucho de cultura, pero demasiado a menudo su política cultural queda atrapada en la burocracia, en las convocatorias y en una manera de repartir recursos que no siempre prioriza ni el talento ni el impacto de los proyectos.
Uno de los problemas más evidentes es el tratamiento que reciben los autónomos. Muchos creadores locales tienen enormes dificultades para acceder a subvenciones porque los criterios administrativos no se adaptan a su realidad. Y aquí aparece una paradoja incomprensible: un artista puede crear, producir y ejecutar un proyecto, pero tiene problemas para justificar su propio trabajo porque no puede “autosubvencionarse” sus honorarios.
Cuando para conceder una ayuda se valora más una factura que el producto, el servicio, el talento o el trabajo del autor, algo no funciona. ¿Qué manera de promover la cultura es esta? ¿Una cultura a peso?
No podemos confundir justificación administrativa con valor cultural. Un proyecto no es mejor porque acumule más facturas. Lo que debemos valorar es qué aporta, qué genera, a quién llega y qué retorno tiene para Lleida.
Y aquí hay otra pregunta que el gobierno socialista debería responder: una vez otorgada una subvención, ¿qué seguimiento se hace de ella? Después de dar el dinero, ¿se comprueba realmente qué se ha ejecutado? ¿Qué impacto ha tenido? ¿Qué retorno social ha generado? ¿Cuántas personas han participado? ¿Qué repercusión ha tenido en la ciudad?
Desde la oposición proponemos una política cultural basada en responsabilidad, transparencia y resultados. Todo proyecto subvencionado debe ir acompañado de una memoria de ejecución obligatoria, que explique qué se ha hecho y qué retorno social ha generado. La justificación no puede limitarse a presentar papeles: debe estar vinculada también al impacto público del proyecto.
Por eso proponemos que una parte de la subvención quede condicionada al resultado final, de acuerdo con unos indicadores de impacto previamente establecidos. Porque no olvidemos algo esencial: quien valida y da credibilidad a un proyecto cultural es el público.
También hace falta una cláusula clara de reintegro y penalización. Si un proyecto recibe dinero público y no se ejecuta, excepto en casos de fuerza mayor, el dinero debe devolverse. Y quien incumpla no puede acceder inmediatamente a nuevas subvenciones. Los recursos públicos deben gestionarse con rigor.
Esto no significa poner más trabas a los artistas. Todo lo contrario. Significa menos burocracia y más facilidades para crear. Los artistas deben poder ganarse la vida. Un creador que trabaja, factura y paga impuestos no puede ser penalizado porque el sistema administrativo no entiende su realidad profesional.
Y debemos pensar especialmente en los jóvenes. Lleida debe facilitar la formación, el acceso a espacios y las primeras oportunidades. No podemos obligar a nuestros jóvenes creadores a marcharse porque aquí no encuentran lugar donde desarrollar sus proyectos.
Por eso proponemos también que cualquier artista local pueda presentar y desarrollar proyectos en un espacio municipal de creación y exhibición. Lleida necesita un espacio abierto al talento de la ciudad, donde los creadores puedan experimentar, producir, exponer y encontrar público.
La política cultural no puede consistir simplemente en repartir subvenciones. Debe servir para hacer crecer una ciudad culturalmente viva. Y esto exige talento, oportunidades, control y retorno.
Lleida no necesita una cultura a peso. Necesita una cultura con criterio, con ambición y con futuro. Y, sobre todo, necesita un gobierno que confíe más en sus creadores que en su burocracia.
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