OPINIÓN | Más Mujica, menos Trump

Artículo de opinión de Jordina Freixanet, portavoz del grupo municipal de Esquerra Republicana de Catalunya en el Ayuntamiento de Lleida

Jordina Freixanet
16 de mayo de 2026 a las 08:00h

Esta semana se cumple un año de la muerte de una de las figuras políticas más humanas que hemos conocido, Pepe Mujica. En un mundo lleno de liderazgos construidos desde el ego, el miedo y la imposición, Mujica representaba exactamente lo contrario: la sencillez, la escucha, la coherencia. Hablaba poco de poder y mucho de dignidad. No necesitaba levantar la voz porque su autoridad nacía de vivir como pensaba.

Y es curioso porque hoy el mundo parece caminar justo en dirección opuesta. Triunfan los liderazgos que necesitan enemigos, los que convierten la provocación en una forma de gobierno, los que simplifican problemas complejos a golpe de eslogan y alimentan la indignación permanente. Cuando el buenismo se utiliza como un insulto, cuando la compasión se ridiculiza y cuando la mano dura se vende como sinónimo de eficacia, defender la humanidad se convierte casi en un acto revolucionario.

También pasa a pequeña escala. También pasa en Lleida.

Aquí hace tiempo que una determinada manera de hacer política vive instalada en una torre de marfil. Una política que prefiere el relato al diagnóstico, la apariencia a la solución. Lo hemos visto demasiadas veces: ante problemas sociales profundos, la respuesta no es entender qué pasa sino buscar a alguien a quien culpar. Es más fácil señalar a ocho personas por su vestimenta que afrontar las causas que hay detrás de los conflictos de convivencia. Es más sencillo criminalizar la pobreza que combatirla. Multar a quien se manifiesta en lugar de escucharlo.

Y ahora, una vez más, volveremos a oír hablar meses y meses de convivencia y de civismo, de reglamentos y de soluciones mágicas —que misteriosamente acabarán aprobadas a las puertas del 2027, qué casualidad. Pero demasiadas veces este debate nace ya contaminado. En lugar de situar Lleida como un ejemplo de cohesión y convivencia, parece que la competición política consiste en ver quién endurece más el discurso. Atestarse en una carrera por ver quién la dice más gorda y quién hace la propuesta más populista.

Mientras tanto, se abre todo un espacio para aquellos que todavía creemos en una política útil, valiente y transformadora. Una política que piense en cómo construimos una ciudad más cohesionada, cómo combatimos las desigualdades y cómo garantizamos oportunidades y convivencia real para la mayoría de los vecinos y vecinas. Una política dispuesta a liderar desde la humildad, pero también desde la convicción.

Y así, palabras que deberían servir para coser la ciudad acaban convertidas en armas arrojadizas. La palabra “civismo”, por ejemplo, ha perdido toda su esencia. El civismo debía ser respeto mutuo, corresponsabilidad, comunidad. Ahora demasiado a menudo se utiliza solo para hablar de sanciones, prohibiciones y expulsiones. Como si convivir fuera simplemente obedecer. Como si la ciudad solo fuera para aquellos que no cuestionan absolutamente nada.

Mientras tanto, hay barrios enteros que continúan esperando respuestas. Barrios donde las desigualdades no se resuelven con discursos institucionales ni con campañas de marketing político. Barrios cansados de sentirse observados solo cuando hay un problema, pero invisibles cuando reclaman oportunidades. Y quizás lo más preocupante es la normalidad con la que se ha instalado esta mirada.

Por eso creo que hoy más que nunca hay que reivindicar otra manera de hacer política. Una política que escuche antes de sentenciar. Que entienda la seguridad como el resultado de una sociedad cohesionada y no como una excusa para dividir. Que no gobierne desde el pedestal ni desde la superioridad moral. Que sepa abrir el pregón a la ciudad. Que pise calle. Que no renuncie a transformar, a educar, a liderar y a construir.

Quizás sí, quizás en estos tiempos defender la empatía parece ingenuo. Pero también decían ingenuo a Mujica. Y precisamente porque el mundo parece premiar a quienes gritan más fuerte, es cuando más necesario es recordar que la política también puede ser -y debe ser- humildad, propuesta y escucha.

Y esto, lejos de ser debilidad, es la única fuerza que vale la pena.