Hace unos meses, en el Barris Nord, cuando el Força Lleida se jugaba la permanencia en la ACB, sonó la bocina final y miré más las gradas que la pista. Había gente abrazándose sin conocerse. Abuelos, padres, hijos. Personas que seguramente al día siguiente volverían a discutir de política, de fútbol o de cualquier otra cosa. Pero aquella tarde todos sonreían. No celebraban solo una victoria. Celebraban que Lleida continuaría jugando al más alto nivel.
He sentido la misma emoción con el Lleida Llista levantando una nueva Copa de Europa o con el Vila-sana haciendo historia en el hockey femenino. Cuando un equipo de casa triunfa, no gana solo un club. Gana una ciudad. Gana un pueblo.
Este Mundial también nos ha dejado una imagen que invita a la reflexión. Ocho jugadores formados en la Masia del Barça han defendido la selección española. Una nueva demostración de que Cataluña sigue siendo una de las grandes escuelas de fútbol del mundo. Al acabar el partido, algunos jugadores quisieron mostrar sus raíces con toda naturalidad. Algunos con la senyera. Porque, incluso cuando se representa a una selección, cada uno sigue llevando dentro el país, la tierra o la ciudad que le ha visto crecer.
¿Y por qué esta normalidad no la puede tener Cataluña? ¿Cuál es el motivo? ¿Es deportivo? Cuesta de creerlo. Cataluña lleva décadas formando deportistas de élite y cuenta con clubes, federaciones y una estructura deportiva de primer nivel. ¿Es jurídico? Tampoco parece un argumento definitivo cuando el mismo deporte internacional demuestra que hay realidades nacionales diversas que compiten oficialmente sin que esto ponga en cuestión la existencia de los estados de los que forman parte. El Reino Unido es un ejemplo bien conocido. Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte tienen selecciones propias en diferentes deportes. ¿O es, sencillamente, una decisión política?
No pretendo convencer a nadie de que sienta lo que yo siento. Hay muchos catalanes que se sienten representados por la selección española, y eso es tan legítimo como cualquier otro sentimiento. Pero también los hay muchos que no. Y esta es la diferencia. Los primeros pueden disfrutar de la selección con la que se sienten identificados. Los segundos no tenemos la posibilidad. No podemos escoger. No se trata de quitarle nada a nadie. Se trata de que los catalanes podamos emocionarnos con nuestra selección.
El deporte hace visibles las identidades. Cataluña es una nación milenaria con una lengua, una cultura y una historia propias. También es una nación deportiva. Lo demuestran sus clubes, sus federaciones, sus miles de voluntarios y los deportistas que, desde hace décadas, compiten al máximo nivel en todo el mundo. Detrás de cada victoria hay familias, entrenadores y miles de niños y niñas que entran cada tarde en un pabellón o salen a un campo con una ilusión inmensa.
Cuando un niño se pone por primera vez una camiseta no piensa en política. Sueña. Sueña jugar una final. Sueña llegar tan lejos como pueda. Y muchos también soñarían poder representar oficialmente a su país. Ningún niño catalán debería renunciar a este sueño. No porque quiera ser más que nadie ni porque quiera ganar a nadie. Simplemente porque ama a su país.
Representar a un país es mucho más que disputar un partido. Es sentir que tus colores también pueden ser los colores de un equipo. Es poder emocionarte cuando suena un himno que sientes tuyo. Es poder explicar al mundo, con orgullo y con normalidad, quién eres.
Los pueblos también se explican al mundo a través del deporte. Y estoy convencida de que llegará el día en que Cataluña también podrá hacerlo con su selección.
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