Entre 1979 y 1983 el PSC; del 1983 al 1987 el PSC; del 1987 al 1989 CiU; del 1989 al 1991 el PSC; del 1991 al 1995 el PSC; del 1995 al 1999 el PSC; del 1999 al 2003 el PSC; del 2003 al 2007 el PSC; del 2007 al 2011 el PSC; del 2011 al 2015 el PSC; del 2015 al 2019 el PSC; del 2019 al 2023 ERC; y del 2023 hasta hoy, otra vez el PSC. El 2027 todavía es una incógnita. Estos son los periodos y estos son los partidos que han ejercido la alcaldía en la Paeria en los últimos 46 años. Datos fríos, objetivos e incontestables. Y, sin embargo, cargados de significado político y social.
Todas las personas de Lleida menores de 46 años solo han conocido cinco alcaldes de estos partidos. Atención: de los 46 años hasta ahora, cuatro décadas bajo gobierno del PSC. Es probable que algunos lectores se hayan detenido en estas primeras líneas y las hayan releído, no por duda, sino por reflexión. Para analizar, con una mirada serena, quién ha gobernado y gestionado la ciudad durante casi cinco décadas. Y, inevitablemente, para preguntarse si el punto en el que estamos hoy es fruto de aciertos, de desaciertos o de una combinación de ambos. Que cada uno haga su valoración. Yo tengo una clara.
Creo sinceramente que a Lleida le hace falta un cambio. Un giro de cordura, de dignidad, de orden y de identidad. No como consigna vacía, sino como necesidad palpable. La ciudad muestra síntomas evidentes de cansancio: en la calle, en los barrios, en l'Horta, en Raimat, en Sucs. No son percepciones aisladas ni discursos interesados. Son conversaciones cotidianas y una sensación compartida de que algo no acaba de funcionar.
Ahora bien, también quiero advertir que este camino no es fácil. A quienes estamos cansados de la situación y alzamos la voz, de manera legítima, para protestar y expresar una opinión libre y democrática, se nos señala rápidamente. Se nos etiqueta, se nos caricaturiza, se nos intenta deslegitimar. Esto ocurre cuando un sistema cae en el peligro del encorsetamiento: cuando gobiernan los de siempre con el objetivo, consciente o inconsciente, de no cambiar nada. Y el resultado final es el empobrecimiento de una sociedad, no solo en términos económicos, sino también cívicos, culturales y morales.
Alguien podría decir que ya ha habido oportunidades para que gobernaran otras opciones. Y es cierto. Pero también es cierto que algunos de estos experimentos han sido tan negativos que han acabado desdibujados, hasta el punto de quedar por detrás del PP en Lleida. Estas experiencias no pueden servir de excusa eterna para perpetuar el mismo esquema. Aprender de los errores también forma parte de la madurez democrática.
Llegados a este punto, lo diré claramente: irán a buscar a quienes queremos cambiar el rumbo de la ciudad. Lo harán porque no quieren perder el estatus, porque el cambio genera incertidumbre en aquellos que llevan décadas mandando
Este giro que proponemos no va en contra de nadie. Es, simplemente, la defensa de unas ideas diferentes de las que, durante décadas, nos han llevado a una situación de colapso que muchos ciudadanos percibimos como evidente. Defender ideas no es odiar; discrepar no es destruir; proponer alternativas no es crispar
Cada vez que se nos señala, que se nos intenta hacer callar con gritos o con etiquetas, se pone de manifiesto una debilidad: el miedo a perder el poder y la hegemonía. Todo aquello que hacen “los de siempre”, aquí o en cualquier lugar, y todos los pactos que establecen (lo vemos cada semana en Barcelona o en Madrid), se nos venden como inevitables, como positivos, como buenos por definición. Pero en Lleida se extiende un sentimiento creciente: estamos hartos. Hartos de la inercia, del discurso autocomplaciente, de la falta de ambición colectiva. Queremos un giro.
Y este cambio que se aproxima no es, en Lleida, una cuestión estrictamente ideológica ni de siglas. Es una cuestión de necesidad extrema. De futuro. De respeto por una ciudad que merece mucho más. Los que gritan y señalan quedarán atrás. El resto continuaremos hablando, dialogando y avanzando. Por Lleida.
Y sí, en ningún sitio está escrito que Lérida no pueda tener un alcalde del PP, como Xavier García Albiol en Badalona. Tanto que me comparan con él: obtuvo 18 de los 27 concejales en las últimas elecciones municipales.