Cuando una casa tiembla cada vez que pasa un tren, lo que está en juego no es solo el confort. Hablamos de seguridad, de salud mental y de dignidad. Hablamos de personas que ven cómo su refugio más íntimo, su hogar, deja de ser un espacio de tranquilidad para convertirse en una fuente constante de angustia.
Es especialmente alarmante que muchos afectados describan su realidad cotidiana como una convivencia con “miniterremotos”. Esta expresión, lejos de ser exagerada, refleja una vivencia persistente de inestabilidad. Vivir con esta sensación continuada puede generar ansiedad, dificultades para descansar y una percepción permanente de riesgo que impacta directamente en la calidad de vida.
No estamos hablando solo de percepciones. Las grietas en las paredes y en las estructuras de viviendas en l'Horta, por el paso de trenes, son una evidencia tangible del problema. Estas lesiones no solo representan un coste económico, sino que también pueden convertirse en una amenaza real para la integridad de los edificios. El hecho de que estas grietas reaparezcan a pesar de las reparaciones evidencia que las medidas adoptadas hasta ahora por las administraciones han sido insuficientes o, directamente, inadecuadas.
Ninguna familia debería vivir con el miedo de que su casa se deteriore progresivamente. Esta situación genera impotencia, frustración y, lo que es más grave, una profunda sensación de abandono institucional.
Este caso pone sobre la mesa un debate imprescindible: ¿cuál es el equilibrio aceptable entre el desarrollo de infraestructuras y el bienestar de la ciudadanía? Nadie discute la importancia del transporte ferroviario para la movilidad y la economía. Estoy a favor de las infraestructuras ferroviarias, es más, son imprescindibles, pero se deben hacer cuidando el entorno y sin afectaciones.
Cuando se genera sufrimiento sostenido a los vecinos, es obligatorio revisar las decisiones tomadas. Es necesario analizar si se han hecho todos los estudios pertinentes, si se han previsto correctamente los impactos y, sobre todo, si se han aplicado las medidas correctoras adecuadas. Y si no es así, hay que asumir responsabilidades.
También es imprescindible hablar de la respuesta institucional. Los afectados no necesitan solo palabras de comprensión o gestos simbólicos. Necesitan soluciones reales. Necesitan actuaciones técnicas eficaces que eliminen o minimicen las vibraciones. Necesitan soluciones inmediatas.
Ignorar el problema o alargar los plazos solo contribuye a incrementar la desconfianza y la decepción. Cada día que pasa sin una respuesta clara es un día más en que estas familias conviven con la incertidumbre. Y esta incertidumbre desgasta emocionalmente y también económicamente.
Hay que entender que detrás de cada grieta hay mucho más que un daño material. Hay personas que ven alterada su estabilidad, que sufren por si el problema empeorará, que no pueden descansar con normalidad. Este desgaste psicológico es difícil de cuantificar, pero es absolutamente real.
Por todo esto, la situación exige una actuación urgente, transparente y rigurosa. Las personas y familias afectadas no pueden quedar atrapadas entre informes contradictorios o procesos administrativos interminables. Los vecinos de l'Horta tienen derecho a que la administración les dé una solución real y verificable al problema de las grietas.
No podemos permitir que esta problemática quede invisibilizada. Escuchar a los afectados, investigar con profundidad las causas de las vibraciones y aplicar soluciones eficaces no es solo una cuestión técnica, sino una obligación moral y política.
La izquierda leridana, históricamente, se ha llenado de mensajes en defensa de la Horta, ahora bien, gobiernan por todas partes, unos y otros. Aquí gobiernan, allí gestionan, más allá pactan, pero el tiempo pasa y el problema se agrava. El silencio no es una opción. La preocupación es legítima. Y la actuación, imprescindible. Las administraciones tienen la obligación de actuar, y de hacerlo ahora. Así lo creemos, defendemos y nos comprometemos desde el PP Lleida.
