El Informe Fènix llega en un momento oportuno. Cataluña necesita hablar de economía con más profundidad. Y una de las aportaciones más valiosas del documento es precisamente esta: atreverse a poner sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria. ¿Por qué el crecimiento económico del país no se traduce suficientemente en más bienestar, mejores salarios y más cohesión?
El informe hace un ejercicio riguroso de diagnóstico por sectores económicos o productivos. Analiza productividad, mercado laboral, servicios, industria o turismo y no solo se queda en el diagnóstico, sino que se atreve a plantear medidas para repensar el modelo económico catalán. Y esto es relevante, porque demasiado a menudo somos unos expertos diagnosticadores pero nos cuesta ser valientes en la propuesta y a menudo nos quedamos con la imagen de que crecimiento es sinónimo de prosperidad, y los datos y las proyecciones dicen más bien lo contrario.
Pero leído y releído, desde una mirada leridana, me atrevo a poner otro eje, más allá del de los sectores y que ha de ir estrictamente ligado con el primero: ¿puede Cataluña afrontar sus desequilibrios económicos solo con una mirada sectorial?
Porque los sectores no existen en abstracto. Tienen geografía, contexto e impactos diferentes según el territorio donde se arraigan.
Las mismas políticas pueden generar efectos muy diferentes según dónde se apliquen. Lo que puede responder a una problemática metropolitana no necesariamente da respuesta a realidades económicas, sociales y demográficas diversas.
El ejemplo del turismo ayuda a entenderlo.
El Informe Fènix plantea medidas fiscales para corregir externalidades y ordenar un sector que, en la mayor parte del país, genera presión sobre la vivienda, el espacio público o los servicios. Es un debate legítimo y necesario. Pero también hay que preguntarse si una misma receta tiene el mismo sentido en todas partes.
¿Qué impacto tendría, por ejemplo, en territorios que justamente están construyendo un modelo turístico diferente? ¿En comarcas que apuestan por un turismo familiar, sostenible, vinculado al patrimonio natural, cultural o deportivo, lejos de dinámicas de masificación? La política que resuelve un problema en un lugar puede limitar oportunidades en otro si no incorpora una mirada territorial.
Y esto no afecta solo al turismo.
También pasa con la industria, la logística, la energía o el sector agroalimentario. Cataluña es una economía diversa porque es un país territorialmente diverso. Y esta diversidad no es un inconveniente a corregir, sino un activo a entender y a gobernarla mejor.
Por eso quizás la gran aportación que ahora podemos hacer al debate que abre el Informe Fénix es añadirle esta capa territorial.
No se trata de oponer sectores y territorio, ni de cuestionar diagnósticos solventes. Al contrario. Se trata de asumir que las transformaciones económicas solo serán eficaces y socialmente justas si tienen en cuenta las realidades concretas del país.
Durante demasiado tiempo hemos tendido a pensar Cataluña desde una cierta homogeneidad económica que no existe. Pero la Cataluña metropolitana, la de Ponent, el Pirineo, el Ebro, el Camp o la Cataluña Central no afrontan exactamente los mismos retos ni parten de las mismas fortalezas. Es más, la principal consecuencia de la despoblación rural, del monocultivo económico en diversas zonas y de la dependencia del sector público ha sido precisamente tener solo una mirada de país sin reconocerle ni las realidades ni las complejidades del país entero.
Los informes económicos son imprescindibles. Pero si no incorporan mirada territorial, difícilmente resolverán los desequilibrios que quieren corregir. Más bien pueden agravarlos.
Cataluña necesita una economía más productiva, más innovadora y más cohesionada. Pero también necesita una nueva manera de pensar las políticas públicas: menos uniforme y más consciente de la pluralidad del país.
Quizás este es el debate que desde el mito del renacimiento del Fénix nos invita, también, a abrir.
El Informe Fénix llega en un momento oportuno. Cataluña necesita hablar de economía con más profundidad. Y una de las aportaciones más valiosas del documento es precisamente esta: atreverse a poner sobre la mesa una pregunta incómoda pero necesaria. ¿Por qué el crecimiento económico del país no se traduce lo suficiente en más bienestar, mejores salarios y más cohesión?
El informe hace un ejercicio riguroso de diagnóstico por sectores económicos o productivos. Analiza productividad, mercado laboral, servicios, industria o turismo y no solo se queda en el diagnóstico sino que se atreve a plantear medidas para repensar el modelo económico catalán. Y esto es relevante, porque demasiado a menudo somos unos expertos diagnosticadores pero nos cuesta ser valientes en la propuesta y a menudo nos quedamos con la imagen de que crecimiento es sinónimo a prosperidad, y los datos y las proyecciones dicen más bien lo contrario.
Pero leído y releído, desde una mirada leridana, me atrevo a poner otro eje, más allá del de los sectores y que ha de ir estrictamente ligado con el primero: ¿puede Cataluña afrontar sus desequilibrios económicos solo con una mirada sectorial?
Porque los sectores no existen en abstracto. Tienen geografía, contexto e impactos diferentes según el territorio donde se arraigan.
Las mismas políticas pueden generar efectos muy diferentes según dónde se apliquen. Lo que puede responder a una problemática metropolitana no necesariamente da respuesta a realidades económicas, sociales y demográficas diversas.
El ejemplo del turismo ayuda a entenderlo.
El Informe Fénix plantea medidas fiscales para corregir externalidades y ordenar un sector que, en la mayoría del país, genera presión sobre la vivienda, el espacio público o los servicios. Es un debate legítimo y necesario. Pero también hay que preguntarse si una misma receta tiene el mismo sentido en todas partes.
¿Qué impacto tendría, por ejemplo, en territorios que justamente están construyendo un modelo turístico diferente? ¿En comarcas que apuestan por un turismo familiar, sostenible, vinculado al patrimonio natural, cultural o deportivo, lejos de dinámicas de masificación? La política que resuelve un problema en un lugar puede limitar oportunidades en otro si no incorpora una mirada territorial.
Y esto no afecta solo al turismo.
También pasa con la industria, la logística, la energía o el sector agroalimentario. Cataluña es una economía diversa porque es un país territorialmente diverso. Y esta diversidad no es un inconveniente a corregir, sino un activo a entender y a gobernarla mejor.
Por eso quizás la gran aportación que ahora podemos hacer al debate que abre el Informe Fénix es añadirle esta capa territorial.
No se trata de oponer sectores y territorio, ni de cuestionar diagnósticos solventes. Al contrario. Se trata de asumir que las transformaciones económicas solo serán eficaces y socialmente justas si tienen en cuenta las realidades concretas del país.
Durante demasiado tiempo hemos tendido a pensar en Cataluña desde una cierta homogeneidad económica que no existe. Pero la Cataluña metropolitana, la de Poniente, el Pirineo, el Ebro, el Camp o la Cataluña Central no afrontan exactamente los mismos retos ni parten de las mismas fortalezas. Es más, la principal consecuencia de la despoblación rural, del monocultivo económico en diversas zonas y de la dependencia del sector público ha sido precisamente tener solo una mirada de país sin reconocerle ni las realidades ni las complejidades del país entero.
Los informes económicos son imprescindibles. Pero si no incorporan mirada territorial, difícilmente resolverán los desequilibrios que quieren corregir. Más bien pueden agravarlos.
Cataluña necesita una economía más productiva, más innovadora y más cohesionada. Pero también necesita una nueva manera de pensar las políticas públicas: menos uniforme y más consciente de la pluralidad del país.
Quizás este es el debate que desde el mito del renacimiento del Fénix nos invita, también, a abrir.