OPINIÓN | La deshumanización de las personas migradas

Artículo de opinión de Abigail Garrido, senadora del PSC

Abigail Garrido
Abigail Garrido
19 de febrero de 2026 a las 20:26h

Hace días que pienso en escribir para ayudarme a mí misma en este estado de inquietud que, a la vez, me revuelve a raíz de una imagen que me ha conmovido mucho. Hablo de la fotografía que ha recorrido el mundo y ha llenado las redes: la del pequeño Liam Conejo, de cinco años, detenido por la policía de los EUA (ICE) en Minneapolis. Un niño que mira aterrado, con la mochila colgada en la espalda —preparado para ir a la escuela—, mientras su padre corre y huye —también aterrado— para no ser detenido por la policía que el presidente Trump ha puesto en marcha y que ha recibido órdenes muy claras para perseguir, detener y sembrar el terror entre las personas migradas. No importa de dónde sean, no importa quiénes sean, no importa nada… Solo hay que tener una piel, un rostro y unos apellidos diferentes de los tipificados como “originarios y auténticos” de los Estados Unidos para estar en peligro.

Creo que muchas personas se sintieron golpeadas por esta imagen, e incluso aquellas que aclaman las proclamas xenófobas y racistas de partidos políticos que, al igual que Trump, persiguen señalar al diferente como el culpable de todos los males, creando escenarios de miedo y de inseguridad —aunque tengan que ser inventados— para, acto seguido, poder blanquear cualquier actuación dirigida a “salvar” a la población de los inmigrantes, presentados como peligrosos para el país.

Y aunque parezca una situación nueva, no lo es en absoluto.

Recordamos cómo el régimen nazi en Alemania comparaba a judíos, eslavos y gitanos con animales, culpables de plagas, enfermedades o delincuencia, o se les acusaba de la decadencia moral del país. En la Italia fascista, los africanos eran considerados inferiores e incapaces de convivir “civilizadamente”. En la URSS de Stalin, las minorías deportadas eran números y perdían el nombre. En la España franquista, el inmigrante era alguien fuera de la ley y se les internaba en campos sin ningún derecho a juicio. Todo un proceso para crear primero el odio hacia el diferente, apelando al miedo de la ciudadanía, para después actuar en contra: justificar la violencia destinada a alguien que no es humano, que es de una raza inferior, que es culpable de la decadencia de los valores del país y que hay que destruir, normalizando los abusos y la violencia como instrumentos de defensa “justificada”.

Y entonces las personas migradas dejan de ser personas: pasan a ser una amenaza que hay que erradicar. Ya no se ven rostros ni nombres; mujeres, hombres, niños y niñas dejan de ser humanos y, en consecuencia, quedan deshumanizados y desprovistos de los derechos básicos y esenciales que nos diferencian como personas de cualquier otro ser vivo.

Vivimos actualmente la deshumanización de las personas inmigradas, atizada por formaciones políticas como VOX y Aliança Catalana —como garantes de Trump en nuestro país— y, por cierto, con la peligrosa connivencia del Partido Popular, que se suma a sus postulados, y de otras fuerzas políticas que callan, así como de una parte de la ciudadanía que se apunta o guarda silencio ante las barbaridades que se dicen y se perpetran.

Y entonces llega esta foto, de un niño sobre el cual cae todo el odio gestado. Estoy segura, como decía antes, que nos golpea a todos y todas, pero pronto se pasa página porque cualquier otra noticia acapara nuestra atención; y esta también es una manera de deshumanizar. Aquel niño y su terror dejan de tener nuestra atención y, muy pronto, hay personas que han justificado la acción y pasan a culpar a su padre, que corre, también aterrado, como hizo el vicepresidente de Trump, J. D. Van.

Humanizar es reconocer a las personas migradas con nombres y apellidos; saber que tienen derechos y deberes como cualquiera de nosotros, y que tienen sueños y anhelos para ellas y para sus hijos.

Podemos escoger dónde estamos y en qué parte de la historia nos situamos, sin perder de vista que mañana podemos ser nosotros o nuestros hijos. Nadie te garantiza que el mismo odio que se gesta, un día, no se vuelva hacia nosotros o hacia los nuestros. Ni tampoco a quienes callan, por si acaso. Como decía Martin Niemöller sobre la pasividad ante el totalitarismo nazi:

“Primero vinieron a buscar a los comunistas, y yo no dije nada porque no era comunista.

Después vinieron a buscar a los socialistas, y yo no dije nada porque no era uno de ellos.

Después vinieron a buscar a los judíos, y yo no dije nada porque no era uno de ellos.

Después ya vinieron a buscarme a mí, y ya no quedaba nadie que pudiera hablar por mí.”

Escoger el lugar de la historia donde queremos estar es urgente, y decirlo en voz alta, también.

En un mundo donde la globalización y el individualismo no nos invitan ni a una cosa ni a la otra, hay que luchar desde cada espacio por la democracia, porque en realidad va de eso.