Hace unos días, rebuscando fotografías antiguas, encontré una que me hizo sonreír. Salimos las tres primas jugando en la calle de la torre con unos palos en las manos. No recuerdo qué juego nos habíamos inventado aquel día. Pero sí que recuerdo perfectamente aquellos veranos.
Recuerdo aquellos años sin muchas vacaciones. Con mis primas en el bancal embalábamos cajas de fruta que apilábamos como si construyéramos un castillo. Cogíamos manzanas cardinal y aprovechábamos los ratos para recoger caracolas. Después venía la pera limonera y en agosto la blanquilla. Más adelante, cuando éramos más mayores, nos tocaba hacer la comida. Quizás por eso me gusta tanto cocinar. Y a la hora de la siesta, a hacer conserva de tomate.
Cuando acabábamos, cualquier excusa era buena para jugar. Con mis primas construíamos casas imaginarias con las cajas de fruta, nos refrescábamos con el agua de la manguera y pasábamos horas por la calle. No teníamos grandes juguetes. Teníamos imaginación, libertad y una calle que también sentíamos nuestra.
Y no era solo en mi casa. Muchos leridanos y leridanas tienen recuerdos parecidos. ¿Quién no tiene unos abuelos, unos tíos o unos primos de la Huerta y recuerda ir a ayudarles en verano? ¿Cuántos jóvenes no se han ganado los primeros ahorros recogiendo fruta?
Recuerdo aquellos veranos con sentimientos contradictorios. La alegría de recoger el trabajo de todo un año y, a la vez, un cansancio infinito. También mirar el cielo con preocupación por si una granizada lo estropeaba todo. Aquella manera de vivir nos enseñó muchas cosas. El valor del esfuerzo, el compromiso con las tareas de casa y disfrutar de las pequeñas cosas.
No explico todo esto porque piense que antes todo era mejor. No es verdad. Ahora tenemos más alternativas y más oportunidades. La sociedad ha cambiado, las familias también. Hay estancias, casales de verano, muchas entidades y esplai que ofrecen actividades que ayudan a muchas familias a conciliar. Y es una gran noticia.
Pero, no todo el mundo tiene las mismas oportunidades. No todos los niños y niñas pueden ir. Y cuando estas actividades se acaban, muchas familias se encuentran que la ciudad no siempre ofrece alternativas. Con este calor, muchas plazas son impracticables durante buena parte del día. Faltan árboles, sombra, fuentes y espacios pensados para que los niños y niñas puedan jugar y para que la gente mayor pueda salir a pasear o sentarse un rato sin tener que refugiarse en casa.
Los veranos ya no son como antes. Hace más calor, hay más tráfico, más gente en las calles y una presión creciente sobre el espacio público. También hay nuevas necesidades y nuevos retos. Por eso las políticas municipales deben evolucionar. Adaptar Lleida a los veranos que estamos viviendo ya no es una opción, es una necesidad. Al igual que lo es cuidar el espacio público y hacer respetar las normas de convivencia para que siga siendo un espacio de todos. Durante demasiado tiempo hemos pensado la ciudad desde el cemento y demasiado poco desde la vida que hacemos en ella. Y esto también es salud pública. También es bienestar. Y también es calidad de vida.
Cuando miro esta fotografía no siento nostalgia. Siento responsabilidad. Porque cada generación deja una ciudad a la siguiente. Y me gustaría que los niños y niñas que hoy crecen en Lleida también pudieran recordar, dentro de cincuenta años, unos veranos llenos de juegos, de amigos y de calles donde valiera la pena pasar las tardes.
Las ciudades son lugares para vivir, pero también deben crear espacios para convivir. Lleida ha cambiado mucho en pocos años. Y cuando una ciudad cambia tan rápido, aparecen inquietudes. La mejor respuesta no es resignarse ni dejar que cada uno viva de espaldas a los demás. La mejor respuesta es construir una ciudad donde sea fácil encontrarnos. Cuando los niños y niñas juegan juntos, cuando las familias comparten los parques, cuando la gente mayor sale a la calle y las plazas vuelven a llenarse de vida, dejamos de ver desconocidos y empezamos a ver vecinos y vecinas. Y una ciudad con más vecinos es siempre una ciudad más segura, más cohesionada y más humana.
