Cataluña es hoy el resultado del trabajo y el esfuerzo de muchas generaciones durante siglos, pero su transformación se ha acelerado en las últimas décadas. Por ejemplo, hemos cambiado y mucho respecto a la demografía. Si a mediados de los años ochenta el país apenas superaba los 6 millones de habitantes, hoy ya somos más de 8 millones. ¿De qué manera se ha distribuido este crecimiento de la población?
La mayoría de la gente se ha concentrado entre la AP-2 y la AP-7, es decir, en el área metropolitana de Barcelona. Hoy, más del 70% de los catalanes viven en este entorno. Mientras tanto, en el interior del país y en el Pirineo la realidad es la contraria. Aquí el problema es que la gente envejece sin relevo y se agrava el círculo vicioso según el cual, como no hay servicios y oportunidades, la gente se marcha. Y como la gente se marcha, las administraciones no apuestan por estas zonas del país.
Esta realidad es conocida por los catalanes y las catalanas. Durante el franquismo, especialmente entre los años 50 y 70, Cataluña vivió una fuerte ola migratoria y una industrialización concentrada que consolidó un modelo territorial desequilibrado. No solo no hemos conseguido revertir la dinámica, sino que parece haberse acentuado sin remedio.
Pero no nos engañemos, esta no es solo una cuestión catalana. En Europa y en el Estado estamos viendo cómo el poder se concentra en grandes capitales que lo absorben todo. Se ha hablado mucho de Madrid DF. Una auténtica aspiradora, que atrapa inversiones y oportunidades, mientras vacía todo lo que tiene alrededor.
Cataluña corre el riesgo de consolidar su propia versión de este modelo fallido. Un área metropolitana que crece sin límites y unos territorios que se sienten abandonados con sus consecuencias económicas.
Y esto sería un fracaso colectivo que representaría dos caras de la misma moneda. Por un lado, en las grandes ciudades, la vida se hace cada vez más difícil. Las viviendas no cuadran con los sueldos. La movilidad no funciona. La gente ve cómo los servicios públicos se van degradando. Y por otro, en el resto del país, nuestras ciudades y pueblos son un espejismo de lo que fueron.
Desde ERC creemos que la política en mayúsculas está para servir a la ciudadanía y al país, y una de nuestras misiones es hacer realidad un modelo de país equilibrado. Más aún cuando la gente sabe que es un problema y todos ganarían arreglándolo. La cohesión territorial es una condición imprescindible para garantizar igualdad y democracia. Sin ella, abrimos la puerta a la política del resentimiento y el odio que solo se alimenta del dolor y las insatisfacciones de nuestro pueblo.
Por todo ello, defendemos la necesidad de un cambio de rumbo. No nos sirve un crecimiento sin dirección a cambio de un modelo de país de escaparate, que importa salarios bajos y expulsa talento. Es necesario garantizar servicios públicos de calidad en todo el país: sanidad, educación, movilidad y acceso a la cultura no pueden depender del lugar donde vives. Es necesario también una apuesta decidida por un modelo económico diversificado, que genere oportunidades más allá del área metropolitana, vinculando desarrollo y territorio.
Para conseguirlo, hay que hablar también de poder. Los municipios deben disponer de más recursos y más capacidad de decisión. Nos hace falta un nuevo modelo municipal que, sin perder soberanía, permita más flexibilidad y más capacidad de acción. Sin un verdadero fortalecimiento del mundo local, no habrá equilibrio territorial posible.
Al mismo tiempo, hay que abordar los grandes retos del futuro con esta mirada. La transición ecológica no puede convertir determinados territorios en zonas de sacrificio. Y la crisis de la vivienda, especialmente grave en las grandes ciudades, no se resolverá con lo que ya empieza a perfilarse como un nuevo chabolismo vertical, sino con una mirada de país: con servicios, conectividad y oportunidades en todas partes.
Todo este cambio no es posible sin el liderazgo de Barcelona. Ahora bien, debe comprender su papel como capital de país y ejercerlo. Barcelona puede y debe sumar y multiplicar. Por eso hablamos de Cataluña-ciudad. Lejos de la bestialidad de un Madrid DF que ahoga al resto y acabará por devorarse a sí mismo, necesitamos una red de capitales, de pueblos y de ciudades medianas que cooperan y se refuerzan mutuamente. Una Cataluña que no replica un modelo caduco, sino que innova y apuesta por el equilibrio, la redistribución de la riqueza y las oportunidades.
Porque, en el fondo, ¿de qué estamos hablando? De algo muy sencillo: que vivir en cualquier municipio de Cataluña no sea una heroicidad, sino una opción real y digna.
Hablamos de un nuevo proyecto de país. Porque otra Lleida y otra Barcelona son urgentes y necesarias. Porque una relación diferente entre las ciudades y el país es imprescindible para una nueva Cataluña. Una Cataluña que tenga lo mejor de las ciudades, y unas ciudades que se impliquen con Cataluña.
