De esta base nace y crece la sociedad y sus derechos y servicios básicos, incluso los más vitales como la sanidad pública. Y los fundamentos y pilares donde se cimienta esta base son las profesoras, profesores y maestros, y los hemos abandonado y se están estropeando.
Con la crisis de 2008 los servicios públicos, los que usamos la gente normal, sufrieron recortes. Desde entonces, los docentes, las personas que forman y educan a nuestros hijos, están perdiendo poder adquisitivo. Casi veinte años precarizando el colectivo.
Si añadimos la desorbitada ratio de alumnos por aula y los escasísimos recursos para afrontar la diversidad, pobreza o salud mental de los alumnos o, por ejemplo, las entradas a mitad de curso de alumnos que casi no entienden el idioma o con unas bases académicas muy escasas debido a su origen (familiar, social o procedencia) y otros imprevistos; y los ahogamos con una burocracia bestial que le resta tiempo y energía para poder ejercer con plenitud.
Si a la suma de todo esto, además, les hacemos cada vez más difícil conciliar mínimamente la vida laboral y familiar, que por cierto, para los que dicen que tienen demasiadas vacaciones, les recordaría que es uno de los colectivos que más trabajo se llevan a casa fuera de su horario laboral o lectivo entre correcciones, entrevistas con padres, etc.
Todo junto hace un caldo hirviendo en una olla a presión que lleva taponada demasiado tiempo, demasiados años. Y esta olla a presión donde se está cocinando, y quemando, el caldo está a punto de estallar.
Así que los educadores han salido a la calle, antes de que la olla estalle. A ver si alguien siente el olor a quemado, desatasca la olla y libera la presión que tienen los pilares de nuestra sociedad, todavía democrática y libre.
