Lo primero que hay que hacer estos días es pararnos y pensar en las víctimas. En las personas que han perdido la vida o han visto su rutina rota de manera irreversible. Ningún debate político, ninguna cifra, ninguna explicación técnica puede pasar nunca por delante del dolor humano. Y es desde este respeto profundo que hay que hablar de lo que está pasando, porque detrás de cada incidencia hay personas, familias y vidas que no son estadísticas.
Dicho esto, lo que estamos viviendo estos días con Rodalies en Cataluña ha hecho aflorar un estado de ánimo colectivo muy concreto: el cansancio. No la rabia puntual, no el enfado de un día malo, sino una fatiga profunda, acumulada, que acaba derivando en resignación. Y esto es, quizás, lo más preocupante.
Un comentario de un usuario, que se ha hecho viral, lo resume mejor que cualquier informe técnico:
“Esto no es ninguna sorpresa. Lo que pasa es que se le da mucho bombo porque ningún tren va bien. Pero es que yo vengo cada día a coger el tren y cada día ningún tren va bien. ¿Tú crees que un país se tiene que parar porque llueva? Esto es un desastre y una vergüenza, esto no es serio. Somos un chiste”.
No hay insultos, no hay gritos. Hay una frase clave: "cada día ningún tren va bien". Cuando esto se normaliza, cuando la ciudadanía da por hecho que un servicio público esencial no funcionará, algo muy profundo se ha roto.
En Lleida, esta sensación también se ha hecho evidente. Retrasos constantes, incertidumbre, falta de información y, paradójicamente, trenes casi vacíos a pesar de los descuentos anunciados. No porque la gente no necesite el tren, sino porque ha dejado de confiar en él. Porque cuando el tren falla, no falla solo un trayecto: falla la organización del día, la conciliación, el trabajo, la salud mental. Es salir de casa antes "por si acaso", es llegar tarde y tener que dar explicaciones, es no saber si llegarás a tiempo a buscar a los hijos o a una visita médica. Esta incertidumbre constante desgasta, y lo hace en silencio.
Ante esto, se nos ofrecen explicaciones fragmentadas: incidencias técnicas, falta de mantenimiento, sistemas obsoletos, mala gestión de las crisis. Todo esto es cierto, pero no es nuevo. Y aquí está el problema: no estamos ante un error puntual, sino ante un problema estructural que se arrastra desde hace décadas.
La mala financiación de Cataluña no es un eslogan, es una realidad tangible. En pocas décadas hemos pasado de 6 a más de 8 millones de habitantes, con más movilidad y más presión sobre los servicios públicos, pero sin los recursos necesarios. Cada año, más de 22.000 millones de euros generados aquí no vuelven en forma de mejores infraestructuras o servicios. En el caso de Cercanías, la lista de promesas incumplidas es larga, desde la disposición adicional tercera del Estatuto hasta las reiteradas “lluvias de millones” anunciadas por gobiernos del PP y del PSOE que nunca han llegado.
En Lleida, la situación es aún más injusta. Nuestras “cercanías” son el AVE y el AVANT: billetes caros, pocas frecuencias, trenes llenos, material envejecido y retrasos habituales. Y cuando aparecen vibraciones o incidencias graves, la preocupación es lógica: viajar en tren no debería generar ni miedo ni angustia. Y, sin embargo, sabemos que las cosas pueden funcionar. Porque cuando la gestión es propia, la financiación adecuada y la voluntad política clara, el resultado es otro. Ferrocarrils de la Generalitat de Catalunya, gestionados al 100% desde el país, funcionan bien. Lo vemos también en las comarcas de Lleida con el tren Lleida – La Pobla: un servicio fiable, cuidado, en mejora constante y que gana usuarios año tras año. No es ningún milagro. Es gestión, inversión y responsabilidad.
Por eso, antes de hablar de grandes proyectos, hace falta algo mucho más básico: que lo que ya tenemos funcione. Dejar de vivir de anuncios, priorizar el mantenimiento, garantizar el servicio y hacer un traspaso completo de Cercanías con la financiación correspondiente. Y, sobre todo, poder decidir desde el país cómo y en qué se destinan los recursos que generamos. Y a eso se le llama Estado propio o, en cuestión de recursos, Concierto Económico. Porque cuando un país no puede garantizar que sus trenes funcionen, el problema no es la lluvia. Es la dependencia.
