Las agresiones dirigidas contra las personas trans no son incidentes puntuales, sino indicios de una transfobia mucho más generalizada que a menudo no se percibe con suficiente intensidad. Así lo pone de manifiesto un nuevo estudio elaborado por un equipo del Departamento de Psicología de la Universidad Rovira i Virgili (URV), que ha cambiado el foco habitual poniéndose a la altura de los perfiles de quienes discriminan y atacan. El objetivo es claro: profundizar en las causas que alimentan este odio para poder prevenirlo con más eficacia.
Datos destacados sobre el perfil del discriminador
Según esta investigación publicada en la revista Psychological Reports, los niveles más elevados de transfobia se detectan principalmente en hombres y en personas heterosexuales. En cambio, variables como la edad o la ideología política juegan un papel mucho menos relevante de lo que muchas veces se cree en los debates públicos. Dos elementos específicos toman especial protagonismo: el grado de religiosidad y los niveles de agresividad física.
Contexto europeo y estatal: una problemática creciente
El estudio se enmarca en una realidad preocupante donde, a pesar de los avances legales, las personas LGBTIQ siguen sufriendo altas tasas de violencia y discriminación en Europa. Un informe reciente publicado por la Agencia Europea de Derechos Fundamentales (2024) señala que un 64% de mujeres trans y un 63% de hombres trans han experimentado actos violentos motivados por odio, cifra que ha crecido desde el último informe de 2019.
En el Estado español, después de un incremento notable en 2022, los datos oficiales del Ministerio del Interior indican que durante 2023 se registraron hasta 522 delitos de odio vinculados con orientación sexual o identidad de género. Esta categoría se mantiene como el segundo motivo más frecuente dentro de los delitos de odio en el país. A pesar de una ligera disminución global de los casos durante 2024, los incidentes relacionados con LGTBIfobia continúan representando una parte muy importante del total. Además, Cataluña figura entre las comunidades autónomas con mayor número de incidencias registradas.
El estudio alerta que estos datos probablemente subestiman la magnitud real del problema, ya que denunciar resulta especialmente complejo para muchas personas trans, obligadas a menudo a volver a exponerse en entornos potencialmente hostiles.
Análisis detallado basado en 333 respuestas en Cataluña
El equipo investigador recogió información mediante cuestionarios online aplicados a un total de 333 adultos residentes en Tarragona, Barcelona y Lleida con edades comprendidas entre los 18 y los 65 años; sin embargo, más del 75% tenían entre 18 y 26 años. En cuanto al género, un 69,1% se identificaba como mujeres; un 25,5%, como hombres; mientras que un 5,4% se autodefinía como no binario. El 4,8% de los participantes se definían como transgénero; casi todo el resto eran cisgénero.
Sobre la orientación sexual, 66,4% se identificaban como heterosexuales; un 10,5%, como gais o lesbianas; y un 23,1%, como bisexuales. La mayoría residía en áreas urbanas (82%). Por el lado ideológico predominaban posturas “liberales” o “socialistas”, aunque una proporción significativa se situaba en otras categorías políticas.
Métodos utilizados para medir actitudes transfóbicas
Todos completaron varios cuestionarios online diseñados para cuantificar niveles tanto de transfobia como de agresiones hacia aquellos individuos fuera de los estereotipos tradicionales sobre género. También se evaluaron estilos decisorios personales, así como medidas relacionadas con religiosidad, reacción empática y diferentes tipos de agresividad —incluyendo física y verbal— así como ira u hostilidad.
Niveles superiores entre hombres y heterosexuales
El análisis muestra resultados contundentes: los hombres presentan niveles significativamente mayores tanto en actitudes transfóbicas como en comportamientos agresivos respecto a las mujeres. La diferencia es especialmente remarcable en cuanto a los prejuicios hacia el colectivo transgénero. Además, estos hombres puntúan más alto también tanto en agresividad física como verbal, y tienen menor empatía afectiva —la capacidad de experimentar emociones compartidas con otros— aspecto esencial según el estudio.
Por otro lado, la orientación sexual también marca distancias evidentes. Este trabajo indica claramente que las personas heterosexuales muestran niveles superiores de transfobia comparadas con bisexual todo ello sin observar diferencias estadísticamente relevantes en cuanto a los ataques directos según orientación. El factor edad no aparece asociado significativamente ni tampoco muestra grandes influencias claras la ideología política, que presenta variaciones sin patrones definidos.
Efecto determinante de la religiosidad combinada con agresividad física
Donde sí que el estudio encuentra patrones claros es en la combinación de religiosidad, agresividad y empatía. Las personas con más religiosidad —medida por el grado de creencia, la frecuencia de culto y de oración y la importancia de Dios en la propia vida— presentan niveles significativamente más altos de transfobia y actitudes de acoso hacia personas trans o con expresiones de género no normativas. En los modelos utilizados en este estudio, la religiosidad aparece como el predictor más fuerte de estas actitudes.
La agresividad física y verbal también juegan un papel relevante. Valores más altos en agresividad física y verbal se asocian con más transfobia y la violencia física, además, es una de las variables que mejor anticipan las agresiones directas. De hecho, el modelo estadístico más completo muestra que la transfobia y la agresividad física explican cerca del 28% de la variabilidad en las agresiones contra personas trans, con la transfobia como predictor principal.
La empatía actúa en sentido contrario: tanto la cognitiva (entender qué siente la otra persona) como, sobre todo, la afectiva (compartir este sentimiento) se relacionan con niveles más bajos de transfobia y agresiones. Las personas menos capaces de emocionarse con el sufrimiento ajeno son, según el estudio, más propensas a adoptar actitudes hostiles hacia las personas trans.
Clave para las políticas y la prevención
El estudio concluye que, si se quiere reducir la transfobia y las agresiones contra las personas trans, es necesario actuar sobre dos grandes frentes: la religiosidad y la agresividad, sin olvidar el refuerzo de la empatía. En el terreno religioso, apunta a la importancia de que las confesiones incorporen discursos explícitos contra la discriminación de las personas trans, dada la fuerte asociación entre religiosidad y actitudes transfóbicas. “Los resultados no implican que la fe religiosa genere transfobia, pero sí que señalan la necesidad de que los espacios religiosos se conviertan en entornos explícitamente comprometidos con la dignidad y la inclusión de las personas trans”, explica Jorge Dueñas, investigador del Departamento de Psicología de la URV, que ha participado en la investigación. “La religión, como cualquier ámbito social, puede contribuir a reducir el estigma si promueve discursos claros contra la discriminación”, añade.
En cuanto a la agresividad, los autores insisten en la necesidad de incluir programas de gestión de la ira y de reducción de la violencia, especialmente física, en las estrategias de prevención. Estos programas, combinados con intervenciones educativas que fomenten la empatía afectiva, podrían reducir tanto el rechazo como la probabilidad de que este rechazo desemboque en agresiones.
A pesar de las limitaciones —la muestra está concentrada en tres ciudades catalanas, con poca participación de personas participantes trans y no binarias—, la investigación ofrece un mapa detallado de factores de riesgo y señala direcciones concretas para futuras políticas públicas y campañas de sensibilización.