Cuando el peligro no está en la carretera, sino en el cajón de los medicamentos

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Cristina Valero
10 de agosto de 2026 a las 11:17h

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Antes de coger el coche, casi todos tenemos interiorizadas algunas preguntas. ¿He bebido alcohol? ¿Estoy demasiado cansado? ¿Duermo lo suficiente? Pero hay una que todavía cuesta mucho incorporar a nuestro "control de seguridad" antes de arrancar el motor: ¿he tomado algún medicamento que pueda afectar mi conducción?

La respuesta es mucho más importante de lo que parece. Los medicamentos forman parte del día a día de millones de personas y, en la inmensa mayoría de los casos, son imprescindibles para tratar enfermedades y mejorar la calidad de vida. Sin embargo, algunos pueden disminuir la capacidad de reacción, alterar los reflejos, provocar somnolencia o afectar la concentración. Y esto, cuando estamos al volante, puede marcar la diferencia entre llegar con seguridad o sufrir un accidente.

Un estudio reciente impulsado por la Fundación MAPFRE, la Fundación Bidafarma, la Dirección General de Tráfico (DGT) y el Consejo General de Colegios Farmacéuticos pone cifras a una realidad preocupante: tres de cada cuatro conductores han tomado algún medicamento que puede afectar la conducción durante los últimos tres años, y uno de cada tres reconoce que ha conducido mientras lo tomaba. Además, se estima que entre un 5% y un 10% de los accidentes de tráfico podrían estar relacionados con los efectos de estos fármacos. 

Lo más sorprendente es que el problema no es tanto la falta de información como la falsa sensación de control. La mayoría de conductores saben que algunos medicamentos pueden ser un riesgo, pero muchos piensan que "a mí no me afectan". Esta confianza excesiva es precisamente uno de los principales peligros.

En la farmacia lo vemos a menudo. Personas que empiezan un tratamiento para la alergia, un relajante muscular por una contractura o un medicamento para dormir y nos explican que al día siguiente tienen que coger el coche para ir a trabajar o llevar a los hijos a la escuela. La pregunta no debería ser si pueden conducir, sino si aquel tratamiento puede modificar, aunque sea levemente, su capacidad de conducción.

Porque no solo hablamos de ansiolíticos o de medicamentos para dormir, que son los que más fácilmente asociamos con este riesgo. También algunos antihistamínicos, antigripales, antitusivos, relajantes musculares, analgésicos opioides o incluso determinados productos naturales utilizados para favorecer el sueño pueden provocar efectos incompatibles con una conducción segura. 

A estos efectos hay que añadir otros factores que a menudo pasan desapercibidos. Los primeros días de un tratamiento, un cambio de dosis, la combinación de varios medicamentos o la mezcla con alcohol pueden multiplicar el riesgo. También la edad juega un papel importante, ya que muchas personas mayores toman varios medicamentos a la vez y son más sensibles a sus efectos.

Los síntomas pueden ser muy variados: somnolencia, visión borrosa, mareo, disminución de los reflejos, sensación de lentitud o dificultad para mantener la atención. El problema es que no siempre somos conscientes de que los estamos sufriendo. De hecho, el estudio muestra que casi la mitad de los conductores que han conducido mientras tomaban medicación reconocen haber experimentado alguno de estos efectos, pero la mayoría no dejaron de conducir; simplemente redujeron la velocidad o intentaron extremar las precauciones. 

Conducir más despacio es una buena práctica, pero no siempre es suficiente si nuestra capacidad de reacción está alterada. Ante un imprevisto, unas décimas de segundo pueden resultar decisivas.

Por eso es tan importante leer el prospecto y fijarse en el pictograma que aparece en el envase de algunos medicamentos: el símbolo de un coche dentro de un triángulo rojo. Este distintivo no significa necesariamente que esté prohibido conducir, sino que hay que informarse porque aquel medicamento puede afectar la capacidad para hacerlo con seguridad. A pesar de que este pictograma está presente en los envases desde hace años, todavía hay muchas personas que no lo conocen o no saben interpretarlo correctamente. 

Es aquí donde la farmacia comunitaria tiene un papel fundamental.

Cuando dispensamos un medicamento no solo entregamos una caja. También explicamos cómo tomarlo, qué efectos adversos pueden aparecer, qué interacciones hay que evitar y, si es necesario, advertimos sobre la conducción. Esta conversación, que a menudo dura solo unos minutos, puede prevenir situaciones de riesgo muy importantes.

De hecho, el estudio confirma que los farmacéuticos somos, junto con los médicos, una de las fuentes de información que generan más confianza entre la población. También demuestra que el mejor momento para recibir este mensaje es antes de empezar el tratamiento, cuando todavía se pueden tomar decisiones seguras sobre la movilidad. 

Por eso, ante cualquier duda, vale la pena preguntar. ¿Hay alternativas terapéuticas? ¿Es mejor tomar el medicamento a otra hora? ¿Durante cuántos días es recomendable evitar conducir? ¿Se puede combinar con otros tratamientos? Son preguntas sencillas que pueden tener un gran impacto sobre nuestra seguridad.

Hay que recordar, también, que nunca se debe abandonar un tratamiento por iniciativa propia porque se conduce. La solución no es dejar de tomar el medicamento, sino adaptar la conducción o buscar alternativas con la ayuda del médico o del farmacéutico.

La seguridad vial es responsabilidad de todos. Igual que nadie discutiría hoy que conducir después de consumir alcohol es una conducta de riesgo, debemos conseguir incorporar una nueva pregunta a nuestro hábito antes de arrancar el vehículo: ¿la medicación que estoy tomando me permite conducir con seguridad?

La próxima vez que recoja un medicamento en la farmacia, aproveche para preguntarlo. Es una conversación breve, gratuita y basada en la evidencia científica. Y, a veces, una simple pregunta puede evitar un accidente. Los farmacéuticos estamos precisamente para eso: para que los medicamentos mejoren la salud, sin comprometer su seguridad ni la del resto de personas que comparten la carretera.

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