El Festival Internacional de Música Popular i Tradicional de Vilanova i la Geltrú ha cerrado este domingo una 45ª edición que consolida el FIMPT como una de las grandes citas de la música de raíz del país. Durante cuatro días, la ciudad ha vuelto a ser un punto de encuentro entre culturas, generaciones y maneras diferentes de entender la tradición musical.
La edición de este año ha estado marcada por una elevada participación y por la recuperación del cartel del sábado que el año pasado no se pudo celebrar por la meteorología. Una programación muy esperada que finalmente se ha podido desplegar con una plaza del Port llena hasta la bandera, en una de las noches más multitudinarias que se recuerdan en el festival.
La voz, hilo conductor de la edición
La inauguración, en la plaza de l'Assumpció, ya marcó el tono del FIMPT de este año con la voz como elemento central de las músicas de raíz. Mapes abrió el festival con armonías delicadas y una gran profundidad expresiva, mientras que Terrae mostró cómo las melodías tradicionales pueden dialogar con la electrónica sin perder autenticidad.
Esta idea de tradición viva, capaz de evolucionar y generar nuevos lenguajes, ha atravesado buena parte de la programación. La primera gran noche en la plaza del Port combinó propuestas de proximidad, como Vontade Trio e Imma Ortiz en el escenario FIMPTeca, con una mirada internacional que llevó hasta Vilanova la música popular chilena de La Quinta de los Núñez, la propuesta vocal de Tarta Relena y la energía de The Zawose Queens. El Col·lectiu Tonyina puso el punto final festivo a la noche.
Una plaza del Port llena para recuperar el sábado pendiente
El sábado fue una de las jornadas más esperadas del festival. Por la mañana, el protagonismo fue para el talento emergente de los alumnos de la Escola Conservatori Municipal de Música Mestre Montserrat. Por la tarde, la cultura popular salió a la calle con el Firasac y la cercavila dels Ossos del Pirineu, reforzando el vínculo del FIMPT con las expresiones festivas del territorio.
Por la noche, la plaza del Port se convirtió en un gran espacio de celebración compartida. El fado de Sara Correia, la renovación del repertorio tradicional d’Alosa, la rumba de Sabor de Gràcia, la fuerza festiva de Balkan Paradise Orchestra y la personalidad escénica de Glòria Ribera mostraron la capacidad del festival para reunir propuestas muy diversas bajo un mismo hilo: las músicas de raíz entendidas desde el presente.
Una clausura marcada por la emoción
La jornada final mantuvo esta pluralidad con las actuaciones de Vilafolk, La Baula y Sorguen, que convirtieron la plaza del Puerto en un espacio de danza y participación colectiva. La clausura llegó con Magalí Sare y el Cor Bruckner Barcelona, en una actuación de una gran intensidad artística.
El silencio con el que el público siguió el concierto final se convirtió en una de las imágenes más emocionantes de esta edición y en una muestra de la conexión que el FIMPT es capaz de generar entre artistas y espectadores.
“Cuatro días de éxito total”
La concejala de Cultura y Lengua, Eva Bolaño, ha hecho un balance muy positivo del festival. “Solo puedo hablar de cuatro días de éxito total. Desde la inauguración en la plaza de la Asunción hasta la clausura, hemos visto un público muy fiel, entregado a todas las propuestas y con personas de todas las edades llenando los diferentes espacios del festival”, ha afirmado.
Bolaño también ha destacado la importancia de haber podido recuperar el cartel íntegro del sábado, suspendido el año pasado por la tormenta. Según la concejala, la respuesta del público confirma la solidez de un proyecto que, después de 45 años, continúa atrayendo a espectadores de todas partes.
“Es un festival que sabe preservar la tradición y, al mismo tiempo, abrirla a las nuevas generaciones y a las nuevas formas de crear música de raíz. Esta es, probablemente, su gran fortaleza”, ha remarcado.
Con esta edición, el FIMPT ha vuelto a reivindicar que las músicas tradicionales no son solo patrimonio del pasado, sino una expresión artística plenamente contemporánea. Cuarenta y cinco años después, Vilanova i la Geltrú mantiene vivo un festival que evoluciona sin renunciar a su esencia.
