Lucha, coraje y amor. Tres palabras sencillas que explican una leyenda... y también un país. La Diada de Sant Jordi es mucho más que una tradición: es una manera de ser, de convivir y de explicarnos. Y también una oportunidad para compartir con todo el mundo, también con quien acaba de llegar, cuál es nuestra lengua, nuestra cultura y el país que queremos construir.
En Cataluña tenemos muchas fechas que nos explican y nos diferencian. Tradiciones nacidas de nuestra historia, a menudo vinculadas a la Europa medieval del Imperio Carolingio, cuando la población vivía dispersa y las distancias condicionaban el reencuentro familiar. San Esteban, como segundo día de Navidad y el día de la Mona ligado a los padrinos y al final de la Cuaresma, o el 11 de septiembre como la Diada donde conmemoramos la victoria de la resiliencia. Pero si hay un día que nos singulariza de verdad, es el 23 de abril.
Aunque Sant Jordi es un santo europeo, en ningún otro lugar la fiesta ha evolucionado como aquí. La leyenda explica que un dragón atemorizaba a un pueblo hasta que un caballero se enfrentó a él para salvar a una princesa. Al vencerlo, de la sangre nació una rosa. Una historia sencilla, pero llena de significado: lucha, coraje y amor.
Con el tiempo, esta simbología ha arraigado. Ya en la Edad Media, Barcelona celebraba la Feria de los Enamorados, donde se regalaban rosas. Y en el siglo XX, con el impulso del librero Vicent Clavel Andrés, el libro se añadió de manera natural. El resultado es lo que hoy vivimos: una celebración única, cívica y cultural, probablemente sin equivalente en el mundo.
Sant Jordi es el día que el país sale a la calle. El día donde los libros encuentran su gran escaparate. Donde la cultura se vuelve popular y cercana y donde el amor se vive con la máxima intensidad.
Y Sant Jordi, cada año nos interpela. Lo ha hecho en la oscuridad del pasado y lo hace todavía ahora. Porque el dragón no ha desaparecido. Quizás es diferente pero, ahí está. Las amenazas a nuestra lengua e identidad; la asimilación por parte de otras culturas; nuestra propia facilidad para renunciar a nuestra lengua... amenazas que a veces no hacen ruido pero que van calando y se van arraigando.
Y la lucha continúa. Y no puede ser épica, tiene que ser diaria. Elegir un libro en catalán y hablarlo con normalidad. No cambiar de lengua por inercia, no atemorizarnos cuando nuestros derechos lingüísticos son vulnerados... Son pequeños gestos que, sumados, nos ayudan en esta inmensa lucha.
Y después, regalar una rosa. Amor en mayúsculas, amar en sentido amplio, voluntad de ayudar y de convivir. Y, con la espiga, símbolo de fertilidad y de arraigo a la tierra, de vida que crece y se proyecta. Es también esto: aquello que queremos preservar y hacer crecer. La lengua, la cultura, la identidad.
Sant Jordi es también una herramienta potentísima de integración. Porque explica quiénes somos y cómo somos. Salir a la calle, regalar un libro, ofrecer una rosa... y hacerlo en catalán es una manera de compartir país y de construir comunidad.
Este es el gran acierto de la Diada. El día de la lucha, del coraje y del amor. El día que nos explica y nos une. El día que nos arraiga a una tierra y que decimos que amamos Lleida, y la amamos en catalán.
