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Un vecino de Sant Feliu de Guíxols (Baix Empordà) ha reanudado los trámites para entrar en el libro Guinness de los récords con una colección de 37.000 sacapuntas, después de un primer intento fallido hace aproximadamente un año y medio. Albert Gironès, que hace casi tres décadas que las recopila, sostiene que su cifra multiplica por cuatro el registro que actualmente figura como referencia, con unas 8.500 piezas.
Una afición nacida “casi por casualidad”
Gironès ha explicado a la ACN que todo empezó “casi por casualidad”, cuando le regalaron unos cuantos sacapuntas que llevaban un número en la parte inferior. Después de comprobar que formaban parte de Playme, una colección española de los años setenta integrada por unos sesenta modelos, decidió buscar las piezas que le faltaban. “Me lié”, ha reconocido, riendo.
Con el paso de los años, ha ido ampliando el fondo a través de intercambios con coleccionistas de todo el mundo y también adquiriendo colecciones a personas que se querían deshacer de ellas. Según ha detallado, una buena parte de las piezas llegaban de los Estados Unidos o de China, aunque actualmente los gastos de envío son “muy caros”. También hacía intercambios a través de un club establecido en los Países Bajos.
Del comercio de pueblo a las vitrinas del garaje
Cuando trabajaba de pastelero, aprovechaba los lunes festivos para recorrer pueblos y librerías en busca de nuevas piezas, y en alguna ocasión volvía a casa “con unos 200 sacapuntas nuevos”. Ahora explica que es más difícil encontrar personas con la misma afición, porque muchos coleccionistas han dejado esta práctica por la edad, y porque, según sostiene, ya no se fabrican sacapuntas tan variados como durante las décadas de los 70, 80 y 90, en un contexto en el que su uso se ha ido reduciendo.
La colección incluye piezas de metal, plástico, madera, cerámica y goma, con formas y marcas muy diversas. Entre las más antiguas hay las de manivela, habituales en escuelas y oficinas, mientras que el coleccionista también destaca las de metal y cerámica “por los detalles y los acabados”.
Figuras, objetos y logotipos en miniatura
Entre las piezas reunidas hay figuras de Los Pitufos, de Shin-chan o de Papá Noel, así como objetos como un váter, un árbol, una avioneta o un coche, y hasta logotipos de marcas como Coca-cola o Hello Kitty. Gironès explica que algunas maquinillas han sido fáciles y relativamente baratas de conseguir, mientras que otras se han convertido en piezas difíciles de encontrar porque ya no se fabrican y hay pocas unidades.
Es el caso de un souvenir de hierro procedente de una antigua colección española que reproduce la Illa de Tenerife. En este caso, el precio puede dispararse de manera notable: “Mientras una maquinilla puede costar 8, 12 o 15 euros en mercados de brocanters, por esta puedes llegar a pagar 200”, ha afirmado.
Un museo visitable con cita previa
Durante la pandemia, Gironès aprovechó para instalar vitrinas y cajones en el garaje de su casa y convertir el espacio en el “Museo de la Maquinilla”, un recinto con las piezas expuestas que se puede visitar gratuitamente, siempre que se concierten el horario previamente.
En cuanto al récord Guinness, el coleccionista ya probó de obtenerlo hace aproximadamente un año y medio, pero no lo consiguió. Según ha relatado, el procedimiento es “complicado” e implica trámites burocráticos. Ahora, sin embargo, ha vuelto a activar el proceso con el objetivo de acreditar su colección como la más grande del mundo, después de constatar que la referencia actual queda muy por debajo de las 37.000 maquinillas que conserva.