La cultura popular es uno de los elementos que mejor definen Cataluña y, como consecuencia, la fiesta de La Mercè, la patrona de la ciudad condal. Durante los días de fiesta mayor, Barcelona se transforma en un gran escenario donde las calles, las plazas y los barrios acogen castells, pasacalles, correfocs, sardanas, bailes de gigantes y cabezudos, trabucaires y todo tipo de expresiones de la tradición catalana. Son actividades que forman parte de la identidad festiva de la ciudad y que, año tras año, reúnen a miles de personas.
Para muchos barceloneses, La Mercè no se entiende sin estas manifestaciones. Son una oportunidad para salir a la calle, encontrarse con los vecinos y mantener vivas las tradiciones que han pasado de generación en generación. Pero, al mismo tiempo, algunos vecinos consideran que esta cultura popular está perdiendo parte de su significado y que, en algunos casos, se ha convertido más en un espectáculo para los visitantes que en una celebración propia de la ciudadanía. “Es una de las cosas que más me gusta de La Mercè. Cuando veo los gigantes o los castellers me acuerdo de cuando era pequeña y venía con mis padres”, explica Maria Rocamora, quien vive en la plaza Sant Jaume. Para ella, estas actividades continúan teniendo un valor especial porque permiten “ver que la ciudad conserva una parte de su historia”.
La percepción, sin embargo, no es compartida por todos. Algunos vecinos creen que la manera como se vive actualmente la fiesta ha cambiado y que la cultura popular ha perdido protagonismo ante otras actividades más multitudinarias. “Me gusta mucho La Mercè, pero creo que antes había más sentimiento de fiesta de barrio. No sé ni cómo explicarlo. Antes, durante los días de La Mercè parecía que Barcelona era un pueblo y no una ciudad. En cambio, ahora hay mucha gente que viene a ver qué pasa, hace cuatro fotos y se va”, señala Jordi Roca, que vive en el Poble Sec desde hace décadas.
La cuestión de la participación es uno de los aspectos que más preocupan a los defensores de la cultura popular. Detrás de cada pasacalle, cada colla castellera o cada actuación hay entidades y personas que trabajan durante todo el año para preparar las actividades. No se trata solo de un espectáculo que aparece durante unos días, sino de un tejido asociativo que mantiene viva una parte del patrimonio inmaterial de la ciudad.
Una fiesta que también es comunidad
Las entidades de cultura popular tienen un papel fundamental en esta transmisión. Las collas de diablos, los grupos de gigantes, las asociaciones sardanistas y las collas castelleras necesitan nuevos participantes para garantizar la continuidad de sus actividades. En muchos casos, los más pequeños se incorporan a las entidades a través de sus familias y acaban convirtiéndose en protagonistas de las celebraciones. “Si los niños no conocen estas tradiciones, es muy difícil que dentro de veinte o treinta años continúen existiendo”, explica Núria Robledo, otra vecina que ha querido compartir con este medio de comunicación su percepción. “No podemos dar por hecho que la cultura popular se mantendrá sola. Debe enseñarse y debe vivirse.”, remarca.
Precisamente, La Mercè ofrece este contacto entre las nuevas generaciones y las tradiciones. Los niños pueden ver de cerca los gigantes, participar en actividades, descubrir los instrumentos de las collas o asistir a una actuación castellera. Para muchas familias, es una de las formas más accesibles de acercar a los más pequeños a la cultura catalana.
Pero la realidad de una ciudad como Barcelona también ha cambiado. La capital catalana es una ciudad internacional, con una población muy diversa y con millones de visitantes a lo largo del año. Esta realidad también se hace visible durante La Mercè.
Hay quien considera que la presencia de personas de orígenes muy diversos no es un problema, sino una oportunidad para que las tradiciones catalanas sean conocidas por más gente. “A mí me gusta que venga gente de fuera. Si ven a los castellers o a los gigantes y les interesa saber qué son, es una manera de que nuestra cultura se conozca”, defiende Robledo.
Otras personas, en cambio, tienen la percepción de que una parte del público que participa en las actividades no conoce el significado de las tradiciones. “Hay mucha gente de fuera y muchos turistas, y eso no me parece mal. El problema es que a veces parece que nadie les ha explicado qué ven y, por tanto, no la hacen suya”, apunta Pere Mateu, quien reside en Sants. “La cultura popular no debería ser solo una cosa curiosa para fotografiar.”, comenta.
Asimismo, esta diferencia de percepciones pone sobre la mesa uno de los principales retos de la fiesta: conseguir que la cultura popular sea accesible para todos sin perder su significado.
Tradición frente a la masificación
La masificación es otro de los factores que condicionan la manera de vivir la Mercè. Algunas actividades congregan una gran cantidad de personas y esto puede dificultar que el público viva las celebraciones con la misma proximidad que años atrás.
Para algunos vecinos consultados, este crecimiento es positivo porque demuestra que las tradiciones continúan despertando interés. Para otros, sin embargo, el número de personas y la presencia de visitantes hacen que la fiesta pierda parte de su carácter comunitario. “Cuando hay tanta gente, cuesta incluso ver qué está pasando. Vas a un pasacalles y acabas más pendiente de no perderte entre la multitud que de disfrutarla”, explica Roca.
Aun así, la situación también plantea una cuestión de fondo: ¿qué significa preservar una tradición en una ciudad que cambia constantemente? La cultura popular no es un elemento inmóvil. Las fiestas también han evolucionado a lo largo de los años y han incorporado nuevos públicos, nuevas formas de participación y nuevos espacios. Precisamente, algunos expertos y entidades defienden que preservar la tradición no significa cerrarla a la ciudadanía, sino conseguir que las personas que se incorporan entiendan qué hay detrás de cada manifestación. “No me preocupa que haya gente de muchos países. Lo que me preocupa es que los mismos barceloneses dejen de participar”, resume Robledo. “Si nosotros dejamos de vivir nuestra cultura, no podemos esperar que los demás la mantengan.”
Mantener viva la Mercè
La cultura popular continúa siendo uno de los grandes símbolos de la Mercè y una de las expresiones más visibles de la identidad festiva de Barcelona. Gigantes, castellers, diablos, sardanas y pasacalles convierten las calles en espacios de encuentro y recuerdan que la fiesta mayor es también una construcción colectiva.
Ahora, el reto es conseguir que esta tradición no quede reducida a una simple postal de Barcelona. Para hacerlo, las entidades necesitan nuevos miembros, las familias deben continuar transmitiendo las tradiciones y la ciudad debe facilitar que la ciudadanía conozca el significado de las actividades.
La presencia de visitantes y personas de orígenes diversos no tiene que ser necesariamente incompatible con la preservación de la cultura popular. El debate, por lo tanto, no es tanto sobre quién participa en la fiesta como sobre cómo se participa y qué conocimiento hay detrás de esta participación. Así mismo, para muchos vecinos, la respuesta pide recuperar el valor comunitario de la Mercè. “La fiesta es de todos, pero primero la tenemos que sentir nuestra”, afirma Roca. “Si conseguimos esto, la cultura popular continuará viva.”
La Mercè es, en definitiva, mucho más que un calendario de actividades. Es el resultado de una tradición que Barcelona ha ido construyendo durante generaciones y que cada año vuelve a las calles. El futuro de este patrimonio dependerá, en buena parte, de la capacidad de la ciudad para mantener su esencia a la vez que la abre a las nuevas realidades sociales. Porque una tradición solo se conserva cuando continúa siendo vivida.
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