Cuando los hogares eran de piedra y la luz dependía del sol

La experiencia de vida en las cuevas de Sant Oleguer: una lucha por la dignidad que ha dejado una huella histórica del chabolismo en Sabadell

Arnau Muñoz Launes
17 de julio de 2026 a las 17:03h

Hubo un tiempo en que Sabadell olía a lana, carbón y aceite de los telares, un tiempo en que la ciudad prosperaba. La clase obrera se transformó y creció durante la posguerra, especialmente en las décadas de 1950 y 1960. En aquellos tiempos se vivió un movimiento migratorio hacia los polos industriales de varias comunidades de todo el territorio español y, de la misma manera, hacia las potencias industriales de la época en Cataluña. 

Sabadell, como otras ciudades, fue una oportunidad de crecer económicamente para cientos de migrantes que venían de los puntos rurales del estado, especialmente de Andalucía y Murcia. A diferencia de otros territorios, los bombardeos de la Guerra Civil no derrumbaron la infraestructura productiva local, hecho que convirtió Sabadell en un territorio de esperanza y de prosperidad industrial. Sin embargo, las condiciones de vivienda no eran las óptimas a causa de la poca planificación que había sobre el terreno urbanístico. Así, cientos de migrantes se vieron empujados a buscar refugio en la periferia de la ciudad. 

El cauce del río Ripoll se convirtió en el escenario de un tejido residencial excavado directamente en la roca de los taludes. El fenómeno se extendió por puntos como la Llanera, Can Puiggener, el Taulí y la Cobertera, pero encontró su núcleo principal en la zona de Sant Oleguer, al sureste del municipio. 

Coves de Sant Oleguer de Sabadell

Según los datos aportados por Joan Comasòlivas, director del Archivo Histórico de Sabadell y Museo de Historia de Sabadell, a partir de los registros de los censos parciales que custodia la institución, en el año 1946 ya había 119 cuevas habitadas en Sant Oleguer de un total de 186 en toda la orilla del río, donde residían unas 900 personas. El pico de máxima ocupación se alcanzó en el año 1952, con 201 cuevas activas y 901 habitantes registrados. Los derechos de ocupación se compraban y se vendían por unas 3.000 pesetas, estimándose que unas 2.000 pasaron por estos espacios a lo largo de su historia. 

Las cuevas carecían de agua corriente, electricidad o alcantarillado. A pesar de las condiciones de inhabitabilidad, la mayoría de los residentes eran trabajadores en las fábricas de la zona. Los mismos habitantes, cuando terminaban la jornada, aprovechaban para hacer de albañiles de sus viviendas para maquillar el entorno y disfrazarlo lo mejor posible de hogar acogedor. El caso registrado de, aparentemente, más tiempo viviendo en las cuevas es el de una familia de doce miembros que vivió dos años en una de las cuevas. 

La actuación del municipio fue notablemente lenta y la asistencia sanitaria y el mantenimiento de las viviendas corrió a cargo del vecindario y de sectores de base de la Iglesia católica. 

Ante una administración local cuya reacción fue notablemente lenta y limitada al registro demográfico, la asistencia recayó en el tejido civil y religioso. Médicos como los doctores Pareja, Argení, Vilaplana y Mondéjar prestaban servicios voluntarios, con el apoyo de figuras abnegadas como Aureli Carnisser, conocido como “el padre de los pobres de las cuevas” mantuvo un apoyo constante, día y noche. 

La acción de jesuitas como Josep Maria Borri y de civiles como Simón Saura o Feliu Moix permitió vertebrar una vida social interna que incluía ligas de fútbol por categorías —con partidos de solteros contra casados— y belenes vivientes por Navidad. Posteriormente, profesionales como Montserrat Obradors aportaron una visión técnica de asistencia social y actuaron como interlocutores con el Ayuntamiento. 

El cambio de rumbo definitivo llegó a raíz de la tragedia. Aunque en el año 1950 la visita del obispo Modrego y del alcalde Marcet evidenció la urgencia de viviendas —impulsando la construcción, en el año 1950 de los primeros 135 pisos en Campoamor (las casas de Nuestra Señora de Fátima)—, el traslado definitivo se precipitó a causa de los accidentes mortales por derrumbe de los años 1953, causando la muerte de los hermanos Egea, y 1958, la de los menores Amador y Trinidad Olmos

Tras estos hechos, la administración clausuró y tapiò las cavidades. A través de la solidaridad vecinal, la autoconstrucción y la edificación de los grandes polígonos públicos posteriores, la población se reubicó progresivamente en los barrios de los Merinals, Ca n'Oriac, Torre Romeu o Espronceda, fijando los cimientos urbanos del Sabadell contemporáneo. 

Hoy en día, las cuevas de Sant Oleguer han pasado de ser un símbolo incómodo de la precariedad de la posguerra a convertirse en un espacio de memoria gestionado en colaboración con el Museo de Historia y el Memorial Democrático, recordando el capítulo donde la ciudadanía, partiendo de las condiciones más adversas, edificó los cimientos de la comunidad actual. 

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Arnau Muñoz Launes
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